Txus/ Ciudadsomnolienta.org
Este día han cambiado radicalmente las cosas desde que salí de casa hacia Taksim, cerca de las seis de la tarde, a ahora que regreso, cerca de las dos de la mañana. Y aunque no lo esperaba, tampoco me sorprende.
Después del discurso que dio Erdogan la mañana de ayer, en donde llamaba a los manifestantes “terroristas” y afirmaba que no iba a dar marcha atrás al proyecto urbanístico de Gezi ni a reunirse con nadie, todo mundo esperaba lo peor; incluso había alguna gente que utilizaba la palabra “guerra civil” para describir lo que se avecinaba: decir que los choques de verdad con la policía apenas iban a comenzar era sonar positivo. Pero parece que nada de eso será verdad, a desilusión de varios enmascarados que cantaban hoy por la noche en las colinas cercanas al estadio del Beşiktaş esperando a una policía que, ahora parece, nunca va a llegar.
De las consignas de los partidarios del AKP anoche en el aeropuerto a la llegada de Erdogan (“Alá es grande” “Aplastaremos a Taksim”) hoy el primer ministro turco ha dicho que escuchará a las demandas democráticas de los indignados de Taksim, haciendo que la bolsa de Estambul subiera casi lo mismo que cayó por la mañana de ayer, cuando dijo lo contrario.
Ahora y desde el martes, Taksim y Gezi están hechos una romería. Las últimas imágenes con las que me quedo de ellos son unas parecidas a las que hace Alfonso Cuarón en esa tierra de indocumentados en la película Children of Men; una especie de anarquía posmoderna en la ciudad de Blade Runner (sin que ésta sea Los Ángeles): todo mundo tomando, gente grafiteando muros en frente de todos, venta de piratería sobre Istiklal sin prisa ni temor a la policía, grupos de jóvenes enmascarados haciendo ruido, cantando y golpeando paredes por donde pasan y, lo que más se ve en Taksim y sus alrededores (Gezi y barricadas) una especie de turismo revolucionario en donde la gente se hace fotos junto a los camiones destrozados, encima de los carros quemados, frente a las barricadas, al lado de los nuevos árboles recién plantados. Llama la atención ver a turistas siendo turistas en este contexto.
Escribo, tal vez, como si no estuviera de parte de los manifestantes o como si quisiera que no se llegara a un consenso con el gobierno, a una paz; como si deseara que el conflicto siguiera indefinidamente para seguir emocionándonos noche tras noche por la posibilidad de combates nuevos. Nada más lejano a la verdad, y sin embargo, precisamente por ello, porque parece ser que ya no habra combates y por el anuncio de tregua provisional, una parte importante del movimiento de ocupación de Gezi se ha escapado del parque.
En cuatro días, es mi parecer, la ocupación de Taksim y Gezi ha pasado de ser totalmente legítima a ser una duda en medio del cuarto, como ese elefante que nadie quiere ver. Entre la disneilandia revolucionaria y el constante festival en el campamento, si Erdogan lleva a su terreno político este episodio, no solo lo ganará por ser bastante hábil en ese campo (según dicen The Economist, Foreign Affairs, NY Times, entre otros), sino que saldrá reforzado en su imagen de negociador y político. Será cierto que tiene oposición dentro de su partido, pero si promete investigar los abusos policiales y llevarlos a juicio, la comunidad diplomática internacional (entiéndase la Unión Europea y Estados Unidos) lo felicitarán por su labor y seguirán colaborando con él, pues Turquía es punto clave geo-políticamente, de toda la vida.
Y vaya que parecía extraño, políticamente hablando, la respuesta de Erdogan: cómo echar por la borda diez años de trabajo y otros tantos de posibilidades (si se mantiene como primer ministro) por un episodio tan, en principio, insignificante como la toma de un parque por manifestantes ambientalistas.
Ahora la siguiente jugada la tiene la gente de Taksim—y por otro lado los opositores políticos de Erdogan—, que tienen que ponerse de acuerdo con sus demandas y sus razonamientos para llegar a ellas, pues si no las llevan a cabo de manera correcta bien pueden perderlas todas, y “democráticamente”.
Esta noche se esperaban muchos ataques policiales, pero otra vez parece que no van a suceder. Me tocó estar poco más de una hora cerca de un grupo de jóvenes que parecían emocionados con la posibilidad de volver a tirarle piedras a la policía. Mucha gente también estaba nerviosa, pues pensaba que lo mismo iba a suceder. Pero hasta ahora que escribo, las tres y media de la mañana, no ha habido violencia.
Por otro lado, en las últimas noticias que proporciona Twitter, alguna gente de Taksim dice que es demasiado tarde para hablar. Pero tampoco proponen soluciones ni rutas de acción. ¿Qué piensan hacer: ocupar la plaza indefinidamente? No me parecería extraño que más pronto que tarde los comercios de la zona (los hoteles, los taxistas inclusive, a pesar de su gran labor y apoyo al movimiento durante el primer fin de semana) empezarán a ver a los ocupas con mala cara, especialmente si no parecen irse a ningún otro lado con sus demandas, sean las que sean. Esto también es causa de una izquierda totalmente fragmentada, sin cabeza, líder ni visión clara de las cosas. No hay nadie que pueda organizar a tanta gente con tantas opiniones y razones diferentes para odiar o ser antagonistas a Erdogan, y supongo que hasta que eso pase no serán fuerza suficiente contra la maquinaria que ha formado el AKP en los últimos diez años (casi toda la vida del partido, cabe mencionar: el AKP fue fundado en 2002 por Erdogan y Gül, primer ministro y presidente, respectivamente).
No obstante lo arriba mencionado, rescato un pedazo de conversación con un amigo curador de arte de la ciudad: Es curioso, me dice, todo mundo está esperando lo que diga una persona (esto lo dijo antes de que Erdogan dijera que iba a recibir a los manifestantes); eso lo hace parecido a una dictadura, ¿que no?


