Por: Rodrigo Rojo / @eneas
A la Penitenciaría Estatal de Luisiana, en Estados Unidos, le llaman “Angola” y podría decirse que se encuentra apartada del mundo: el pueblo más cercano está a 30 kilómetros y está rodeada por el Río Mississippi. Cuando alguien pregunta el origen del apodo, basta recordar que el trato que reciben sus internos es parecido a lo que recibían los esclavos de aquel país africano en los campos de pisca de algodón.
Son 73 kilómetros cuadrados vigilados por centenares de guardias penitenciarios, apoyados por un gran despliegue tecnológico. De acuerdo con información la propia “Angola”, en los hechos aún una granja que usa a los presos para producir algodón y distintos tipos de granos, además de cuidar 2 mil cabezas de ganado. Es la prisión más grande de Estados Unidos y una de las más implacables del mundo.
Ahí empezó, hace 40 años, el aislamiento total de los presos políticos Albert Woodfox y Herman Wallace, quienes sufren encierros de 23 horas al día en celdas de seis metros cuadrados por, aseguran, ser miembros activos de “Las Panteras Negras”, un grupo civil que entre 1966 y 1982 luchó por los derechos civiles de la población negra, bajo el asedio de las autoridades policiacas de Estados Unidos.
Los “Black Panters” (su nombre en inglés) estaban influidos por el pensamiento del activista Malcolm X y el psiquiatra Frantz Fannon y reivindicaban una postura de izquierda a favor del nacionalismo negro; debido a que algunos de sus miembros simpatizaban con la desobediencia civil y solían defenderse con armas de fuego, el entonces director del FBI, Edgar Hoover, los consideró enemigos públicos número 1 y “la amenaza más grande a la seguridad nacional”.
Hicieron trabajo político en escuelas, centros comunitarios, iglesias y hasta en la prisión “Angola” para convertir su movimiento en un partido político formal llamado el Partido Panteras Negras. Albert, Herman y otro reo, Robert King, cumplían distintas condenas en esa prisión y hartos del maltrato acentuado por su color de piel, se sumaron al trabajo de sus “hermanos” para terminar con la segregación racial en la cárcel, violencia física y sexual contra internos de color e igualdad de condiciones para blancos y negros.
Organizaron a más internos y crearon una fuerza considerable para presionar con huelgas y mítines dentro de la prisión para exigir respeto a sus derechos humanos… hasta que en 1972, los tres fueron acusados por autoridades penitenciarias de asesinar al guardia Brent Miller, de 23 años.
La acusación fue señalada por el trío — conocido como “Los 3 de Angola” — como una venganza por su trabajo político tras las rejas, pero eso no impidió que se les persiguiera en juicios separados. En 1973, un jurado compuesto exclusivamente por personas de raza blanca, los encontraron culpables.
El caso se fundamentó en mayor parte en el testimonio de un preso, Hezekiah Brown, quien declaró haber visto cómo los hombres cometían el crimen. Sin embargo, Amnistía Internacional ha denunciado que, con el paso de los años, nueva evidencia pone en duda el tesminonio de Hezekiah, quien habría sido “comprado” por los oficiales.
“Lo premiaron con raciones semanales de cigarros, vivienda en una cabaña dentro de los terrenos de la prisión”, acusaron varios interno, según documentos de la organización no gubernamental.
A pesar de eso, y de la falta de evidencia física que vincule a los hombres con el crimen y que otros testigos se han retractado, Albert y Herman siguen presos. Robert King, el tercero del grupo, fue liberado en 2001 después de 29 años de estar encarcelado… pues autoridades de “Angola”, que no pudieron acreditar su participación en el homicidio.
Desde su condena, los dos restantes de “Los 3 de Ángooa”, viven en condiciones infrahumanas. Si el clima es propicio, les permiten salir de sus diminutas celdas sin ventanas solo 3 veces a la semana, durante una hora, a una jaula al aire libre que mide 1.8 x 4.5 metros. Durante 4 horas a la semana los dejan salir de sus celdas para bañarse o caminar por el corredor, en absoluta soledad, según denuncias de Amnistía Internacional.
En 2009, Herman Wallace fue transferido a otro centro correccional y, un año después, Albert Woodfox fue movido a otra institución a 400 kilómetros de su compañero, pero sus condiciones de encarcelamiento no han cambiado: el aislamiento total continúa, las condiciones de enjaulamiento persisten y la crueldad se ha agravado, pues ambos hombres presentan problemas fisiológicos y psicológicos producto de las malas condiciones en las que son mantenidos.
Albert sufre de claustrofobia, hipertensión, afecciones cardiacas, insuficiencia renal, diabetes, ansiedad e insomnio; Herman fue transferido a un piso junto a personas con problemas mentales y ha declarado que los gritos de los presos dificulta mucho su sueño.
Pese a los señalamientos de distintas organizaciones a favor de los derechos humanos, la fiscalía que lleva su caso en Estados Unidos aún considera que el aislamiento debe mantenerse, pues los cree peligrosos para ellos mismos o para otros presos. Los registros, sin embargo, muestran que por más de 20 años no han cometido ninguna infracción disciplinaria.
Desde su liberación, Robert King se ha dedicado incansablemente a denunciar los abusos que tienen sometidos sus compañeros. Por años, ha denunciado que las condiciones en las que se encuentran violan los tratados de derechos humanos que Estados Unidos ha firmado y ratificado.
El maltrato contra Albert y Herman es histórico, según John Conyers, presidente de la Comisión de Asuntos Judiciales del Congreso Estadounidense: “ellos han soportado el periodo más largo en aislamiento que cualquier otro preso en la historia de Estados Unidos”, afirmó.
Por si fuese poco, la sentencia de Albert ha sido revocada tres veces — la más reciente en Febrero del 2013 — debido a que se encontraron elementos de discriminación racial en la selección de su jurado. Anteriormente, diferentes jueces han citado discriminación racial, mala conducta del fiscal, defensa inadecuada y supresión de las pruebas de descargo.
Antes, en 2006, un comisionado Judicial del Estado de Louisiana recomendó que se diera marcha atrás a la condena de Herman, ya que existe evidencia de mala conducta del fiscal. Mientras las apelaciones y las revocaciones se suman, el caso se encuentra congelado en la corte federal.
Para que vuelvan a ser libres, los “exangolenses” deberán superar al fiscal general de Louisiana, James Caldwell, quien ha declarado recientemente que apelará la decisión que en febrero anuló la sentencia de Albert.
A favor de los afroamericanos están Amnistía Internacional, que a hecho un llamado al Fiscal para que permita la apelación se mantenga y así Albert pueda ser juzgado de nuevo o sea puesto en libertad.
Lo mismo espera Herman: poder encontrarse con sus dos compañeros en libertad y ser, de nuevo y fuera de una celda, “Los 3 de Ángola”.


