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Los 50 millones de barriles venezolanos que promete Trump nunca llegarán a tiempo

Detrás de la pirotecnia verbal y la arrogancia imperial de Trump, se esconde una realidad operativa que choca de frente con las leyes de la física y las geofinanzas. Chevron apenas proyecta 200 mil barriles diarios para 2026.

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En el escenario más absurdo de la geopolítica estadounidense contemporánea, Donald Trump ha vuelto a sacar su varita mágica de “reality show” para prometer lo imposible: 50 millones de barriles de crudo venezolano listos para usarse en Estados Unidos, todo gracias a un secuestro. Pero detrás de la pirotecnia verbal y la arrogancia imperial, se esconde una realidad operativa que choca de frente con las leyes de la física y las geofinanzas. Lo que Washington vende como una victoria de mercado no es más que una fantasía logística montada sobre un acto de piratería internacional.

Aquí es donde la retórica de campaña se estrella contra la pared de la ingeniería petroquímica. La industria petrolera venezolana, golpeada por tantos años de sanciones y la desinversión creciente, opera apenas al 30% de su capacidad histórica, produciendo unos 900.000 barriles diarios. Pero el problema no es solo de volumen, es de calidad molecular.

El crudo más cotizado de Venezuela se encuentra en lo profundo de la Faja del Orinoco, pero no es el “light sweet” que fluye en Texas. En Venezuela el crudo cotizado por Trump es un caldo extrapesado, viscoso como el betún, cargado de azufre y metales pesados. Para que ese lodo negro llegue a los tanques de un refinería en Florida requiere un proceso de mejoramiento con diluyentes que Venezuela, hoy por hoy, no puede realizar en la escala que Trump alucina con 50 millones de barriles inmediatos para usar en su tierra.

Incluso los capitanes de la propia industria estadounidense miran con escepticismo este particular y desesperado delirio de la Casa Blanca. Darren Woods, el CEO de ExxonMobil, lo dijo claramente, y a la cara de Trump, en el Despacho Oval: Venezuela es, hoy por hoy, “ininvertible”. La desconfianza es total. Las refinerías del Golfo de México, diseñadas para crudos pesados, temen la contaminación de sus plantas con un producto que no cumple los estándares. Trump pide 100,000 millones de dólares en inversión, pero los ejecutivos petroleros, que entienden de balances y no de mítines, saben que esa cifra es una trampa jugosa en un país desestabilizado por el propio gobierno que hoy les promete el paraíso.

Mover todo eso es imposible hoy mismo.

Mover 50 millones de barriles de golpe requeriría una flota de 25 superpetroleros VLCC (Very Large Crude Carriers). La infraestructura portuaria venezolana, deteriorada y sin tecnología suficiente, colapsaría ante tal demanda. Es una imposibilidad física, ciertamente. Chevron, el único actor estadounidense con botas en el terreno, apenas proyecta llegar a 200,000 barriles diarios para 2026, una gota en el océano comparado con el tsunami de crudo que promete el magnate neoyorquino, hoy sentado en la Casa Blanca.

Para que ese lodo negro llegue a un refinería en Florida requiere un proceso que Venezuela no puede realizar en la escala que Trump alucina.

A esto se suma la crisis del capital humano. El 70% de los ingenieros venezolanos más capacitados ha emigrado, y los que quedan operan bajo la órbita de las alianzas energéticas que tiene Venezuela con Rusia, China e Irán. La pretensión de Trump de expulsar a las potencias euroasiáticas del hemisferio es un absurdo geopolítico: la infraestructura técnica de Venezuela hoy habla mandarín y ruso, no inglés. Solucionar esto llevaría al menos una generación completa de nuevos ingenieros venezolanos capaces de limpiar y producir su propio crudo a niveles internacionales, o al menos unos 7 años para atraer a Venezuela a técnicos extranjeros capaces. El gran número de barriles prometidos por Trump no puede ser manejado por los mandos actuales en las refinerías de Venezuela.

La administración estadounidense exige que Venezuela regrese a sus números gloriosos antes de 1998, cuando figuraba entre los top de la OPEP. Ahora mismo, 27 años después, analistas de Rystad Energy estiman que recuperar la producción venezolana costaría hasta 9.000 millones de dólares anuales. Y esto sería posible hasta 2040. Pero el tiempo de la política no es el tiempo de la geología, por lo que el gran golpe que dio Estados Unidos en Venezuela pareciera más mediático y propagandístico que anclado a las posibilidades de la materia.

Que los grandes magnates petroleros no firmaran ningún gran acuerdo con la administración de Donald Trump deja ver un gran hueco en su futuro político. Ahora mismo, pocos querrán negociar con un Estados Unidos feroz que soluciona las cosas a misiles y secuestros, mientras que los venezolanos no entienden qué sucedió hace unos días, cuando les secuestraron al presidente pero les dejaron la industria petrolera prácticamente igual.

La forma en la que secuestraron a Maduro es un copy-paste cínico de la trama de Ocean’s Eleven (2001), aquella cinta donde Danny Ocean construye una réplica exacta de la bóveda del Bellagio para engañar al dueño, el millonario Terry Benedict. Pues bien, Washington hizo exactamente lo mismo, recreando en algún lugar secreto cada puerta, ventana y pasillo de la residencia de Maduro para ensayar la coreografía del asalto. Al más puro estilo cinematográfico, un equipo mínimo de agentes expertos entró, abrió fuego, asesinó, secuestró y huyó. Todo en menos de dos horas. Un golpe de Estado diseñado con ritmo de blockbuster, pero condenado también a terminar abruptamente, como un buen filme taquillero estadounidense.

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