Gibrán Ramírez Reyes / @gibranrr
Cuando existen acontecimientos que despiertan la pasión futbolera de una gran parte del pueblo de México, tiene lugar una reacción que siempre se repite: la descalificación del juego como forma legítima de entretenimiento y la equiparación de los aficionados con enajenados y, por ende, desinteresados de los asuntos públicos: idiotas.
Cuando hay mundial o cuando se juega una liguilla, quienes enarbolan este discurso se hacen más visibles. Igual que la izquierda antiinstitucional en épocas electorales, contribuyen con su acción a la centralidad de lo que tanto critican. Quizá no es casualidad que muchos de ellos sean también apasionados del repudio al balompié. Hay muchos que no le ven utilidad ni gracia al juego y que no se conforman con decir que no les gusta. Incluso se ha hecho un lugar común decir que el fútbol se trata del nuevo opio del pueblo. Hay algunas realidades que muchos de los antifútbol ignoran, aunque acusen de ignorantes a los futboleros.
Argumentos han ido y venido desde la psicología del deporte para explicar los beneficios que el deporte más popular del planeta, el más visto y jugado en nuestro país, puede traer a los aficionados. No abundaremos en ellos. Nos basta con decir que, por ejemplo, no hay nada inofensivo que genere más resistencia a la frustración que irle al Atlas o al Atlante, ni nada que haga soportar ser siempre el segundón hasta que te llegue la hora del triunfo que irle al Cruz Azul. El fútbol es, además, el menos elitista de los deportes y donde aparece el talento en las envolturas más diversas. Por eso su magia es tan general. No discrimina. Igual un gordo bajito que sólo maneja una pierna puede ser un fuera de serie como Maradona (o por lo menos un talentoso como en México el pastor Lozano), que un alemán con garbo, parsimonioso, alto y fuerte puede tener la valía de Beckenbauer; dijo alguna vez Menotti. El argentino nos hizo notar también que eran pocos los juegos donde esto puede pasar. Alguien que midiera 1.70 y pesara menos de 60 kg difícilmente podría ser exitoso en el fútbol americano o en el basquetbol. En México triunfa igual Sinha que algunos gigantones.
Igual que entre ricos y pobres, el fútbol despierta pasiones por igual entre masas sin educación que entre intelectuales. Samuel Becket, Albert Camus, Rafael Alberti o —entre algunos más cercanos— Juan Villoro, José Woldenberg y Eduardo Galeano han dedicado reflexiones y obras literarias a la defensa y apología del juego, sin demérito de sus conocimientos ni su compromiso político, independientemente de su posición. Como se ve, el juego de las masas no es sinónimo de enajenación ni de falta de humanismo.
Sin embargo, el fútbol es más interesante por sus efectos fuera del alcance de la ciencia, los menos objetivos. Más allá de las metáforas de la vida que encarna cualquier deporte colectivo y justamente por su carácter marcadamente masivo, el fútbol es un receso de todo lo demás con una mística particular. En un estadio, dice Canetti en Masa y Poder, la masa se ve a sí misma y se hace consciente de su subjetividad colectiva. Puede descargar sus emociones positivas y negativas en sus límites, dando la espalda a la ciudad entera, en algo parecido a una complicidad entre rivales. Esta mística se extiende al que mira por televisión. En palabras de Villoro, el partido de “nuestros once” de cada ocho días es el espacio de infancia que uno se reserva a la semana.
Los antifutbol no son solamente esos que con pretendida superioridad intelectual o moral condenan al juego. Ellos son solamente los intolerantes que ven en sus preferencias los gustos a seguir por los demás y seguramente no los convenceremos de dejar de ser como son. Ni modo. Hay otros contra quienes deberíamos apuntar los aficionados. Los antifutbol son también los directores técnicos defensivos y esclavos de los resultados, como Luis Fernando Tena; los políticos que se meten en las decisiones que no les competen —como Felipe Calderón llamando a Javier Aguirre para salvar una clasificación al mundial—; los promotores que pagan para que sus jugadores sean titulares y los técnicos que deciden alinear a troncos como Guillermo Franco por esos mismos negocios (Javier Aguirre otra vez). Los antifutbol son también los empresarios que hacen que los juegos entren al esquema de pago por evento; y los fanáticos violentos —en su forma estereotípica el hooligan y en México algunos integrantes de barras como La Rebel o el Ritual del Kaos — y racistas (que en algunos lugares del mundo han alimentado grupos neofascistas). Y son todos estos los más peligrosos.
En México el principal antifutbol es, por mucho y paradójicamente, su principal promotor. Todo empezó en 1959 cuando Emilio Azcárraga Milmo compró a los entonces canarios del América (que no cambiarían su apodo por Águilas en ardid propagandístico sino hasta 1981). Entonces declaró que “Compramos al América porque nuestra meta es conseguir la sede para México del Mundial de 1970. Si no estamos dentro del futbol no podremos hacerlo. Yo no sé nada de futbol, pero me han dicho que el mejor directivo es Guillermo Cañedo, que el mejor técnico es Ignacio Trelles y que los mejores jugadores son argentinos y brasileños. Sobre esa base voy a construir al América del futuro”.
Desde entonces Televisa ha desnaturalizado a toda la liga: hizo que el equipo de los electricistas, el Necaxa, se redujera a hermano menor del América, comprándolo, igual que sucedió con el Atlante (que antes —dato curioso— fue identificado con el cardenismo y lo popular en oposición al América, identificado primero con el callismo y después con los “millonetas” empresarios alemanistas). Entre los agravios de Televisa se cuenta también, para citar otro ejemplo, la desaparición del tradicional Zacatepec para convertirlo en el club “Socio Águila”. Actualmente Televisa está metida incluso en el equipo de la UNAM, donde la dirección deportiva es detentada por el excomentarista Alberto García Aspe. En México, como en ningún país, los equipos han cambiado de colores, de sede y hasta de nombre. Todo por culpa de Televisa y de quienes han seguido su ejemplo.
Además de que debe promoverse mayor competencia y eliminar la multipropiedad de clubes, encubierta o no, en el mercado futbolístico, hay modelos de propiedad colectiva que pueden brindar salidas al horror de la liga desanturalizada de nuestros días(como el del nuevo Zacatepec). Para empezar, equipos grandes con posibilidades de hacerlo deberían independizarse. Los Pumas de la Universidad Nacional podrían poner el ejemplo, correr a García Aspe y volver al seno de la Máxima Casa de Estudios. Pero nadie quiere pelear con Televisa.


