De tanto lavarle la cara a Petróleos Mexicanos, se han quedado negros. Viven con miedo a que un día les ronde el fantasma del cáncer por tanto tragar crudo. Son el último eslabón de Pemex, la cara más sucia de los hidrocarburos en México.
Valentina Pérez Botero / @vpbotero3_0
(15 de agosto, 2013).- Son negros. El petróleo que se pega a su piel –recubre sus poros y eleva la temperatura corporal– sólo se quita con un segundo hidrocarburo: diesel. Y su vida transcurre entre el vaivén de lo negro en la piel y la carencia de condiciones mínimas de trabajo y remuneración.
Les llaman “chaperos” y su trabajo es lavarle el rostro a la más grande paraestatal del país: improvisadamente limpian los derrames de Petróleos Mexicanos (Pemex) en aguas que deberían permanecer intocables. Viven de los accidentes ambientales en Veracruz, Campeche y Tabasco, y hacen de eso sus actividades diarias, aunque en el fondo sepan que esos derrames significan una tragedia climática para los lugares donde viven.
Sin uniforme, con palos y baldes, como lo pudo documentar Greenpeace México en el derrame de 2012 en Coatzacoalcos, Veracruz, los chaperos se sumergen en ríos y humedales rebasados en crudo, primero por un instinto primario de proteger sus fuentes de agua y alimentación, y después por una remuneración que no supera los 15 dólares diarios.
Es un trabajo maldito: ese crudo podría provocarles cáncer en la lengua, esófago, pulmones, estómago o piel.
“Aunque no se ha podido establecer un vínculo directo con el cáncer, los hidrocarburos tienen elementos como el benceno que sí son tóxicos” afirma Beatriz Olivera, directora de la campaña de energéticos de Greenpeace, al hablar sobre lo que cataloga como “un trabajo precario” en entrevista con REVOLUCIÓN TRESPUNTOCERO.
La piel, el primer órgano que tiene contacto con el crudo, empieza con el tiempo a mostrar signos de desgaste: dermatitis, ampollas, hongos; todo lo que califica Hugo Ireta, miembro de Oil-Watch México con base en Tabasco, como “la prevalencia de los intereses económicos sobre el interés social” al producir pueblos con una mayor prevalencia de cáncer y enfermedades tanto dérmicas como respiratorias.
La negrura periódica de la piel, pues el ritmo de aparición lo marca la negligencia en el mantenimiento de los oleoductos, repercute en la calidad de vida: el petróleo se inhala, se toma y se introduce en la cadena alimenticia de los trabajadores formando, lo afirma Olivera, “una secuencia de toxicidad”.
Para los pobladores cercanos a la infraestructura de Pemex que supura hidrocarburos, el contacto directo y desprotegido con crudo afecta especialmente a los menores de edad y a los viejos que encuentran en la contratación informal espacio para sus cuerpos menudos y endebles que en un trabajo convencional serían desplazados.
Así quedó documentado desde junio de 1997 por la revista EstePaís en la antología “Historias de petróleo II: México”:
“En este recorrido se observó además, tanto en La Venta como en el Campo San Ramón, la presencia de varias cuadrillas de chaperos. Estos trabajadores, entre ellos varios menores de edad, se dedican a retirar el petróleo de los pantanos y suelos contaminados, en condiciones laborales inhumanas. Sin ninguna protección, casi desnudos, se sumergen durante varias horas en el hidrocarburo y, al terminar sus labores, se tienen que bañar literalmente con diesel para quitarse el petróleo del cuerpo”, se lee en la página 75 del documento.
Los chaperos heredan su nombre del lugar que intervienen, chapo o derrame, al ser los encargados de retirar artesanalmente lo que las máquinas y tecnologías de las empresas de biorremediación que los subcontratan son incapaces.
Aunque el petróleo por definición constitucional aún le pertenece a la empresa nacional Petróleos Mexicanos, ésta delega la administración de los derrames a compañías como Saint Martin que son quienes contratan informalmente a los chaperos para que maquillen de verde los pasivos ambientales.
La triangulación en los contratos provoca que aunque el negro de la piel que portan los trabajadores sea responsabilidad del Estado y la sangre que alimenta el sistema económico del país, la miseria que provoca en las poblaciones circundantes no se le pueda achacar.
A pesar de esto Hugo Ireta ha podido documentar la creación de varias agrupaciones de chaperos e incluso sindicatos que han reclamado mejores condiciones de trabajo y remuneración en las zonas más afectadas de Tabasco: en la Venta y villa Benito Juárez los chaperos siguen sin contar con un piso mínimo de condiciones.
Lo negro que limpian –gasolina, petróleo– no sólo recubre su piel sino que acaba con la capa de grasa de aves y animales que terminan por morir de hipotermia, contaminan el río y la tierra: acaban con los medios de subsistencia.
Los pobladores de Veracruz, Tabasco y Campeche comparten las cadenas de la esclavitud a través de la precariedad que trae el petróleo a sus tierras.
Son negros de tanto limpiar el oro negro que exuda Pemex hacia las aguas de sus tierras.


