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Los encapuchados, protagonistas del inicio del sexenio

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Óscar Balderas / @oscarbalmen

 

(7 de mayo, 2013).- Lo único visible, detrás de la tela gruesa que le cubre el rostro, son sus ojos. Son pequeños cuando escucha, pero se abren hasta casi salir de sus cuencas cada vez que explica, con mucho orgullo, por qué usa esa capucha cuando sale a una manifestación.

“Es para que el Estado no me reconozca, carnal. A todos mis amigos ya los han torcido una vez, los han torturado y no voy a correr ese riesgo”, cuenta Carlos, sentado bajo un árbol. Ha rehusado dar su nombre real, edad, ser fotografiado o dar algún dato que sirva para que “los espías de gobierno” lo encuentren.

Lo conocí el primer día de diciembre, cuando cientos de manifestantes protestaron contra la toma de protesta de Enrique Peña Nieto; aquel día, los activistas del movimiento #YoSoy132 fueron rebasados por un grupo de encapuchados, quienes  mostraron su inconformidad con el PRI a través de pintas, destrozos y actos vandálicos contra locales comerciales en el Centro Histórico; en respuesta, el Gobierno del Distrito Federal no arrestó a los culpables y, en cambio, detuvo y agredió a más de 100 personas, quienes resultaron inocentes. Curiosamente, la policía capitalina había dejado desprotegidos todos los comercios de Avenida Juárez, cuyas aceras son colmadas de granaderos cada que se realiza una manifestación en esas calles.

Aquella mañana, Carlos cometió el acto que más orgullo le produce en su carrera como “activista social”: con la primera bomba molotov que aprendió a hacer, le abrió la cabeza a un policía que disparaba balas de goma a los manifestantes que protestaban afuera la Cámara de Diputados, donde se inauguraba el nuevo sexenio.

“Pinche Peña, ahora resulta que no podemos protestar. Los violentos son ellos y cuando los tocas, se ponen de víctimas. Estaba bien encabronado, nomás veía cómo los compas iban cayendo a balazos. Uno tras otro. Que me prendo y le dije a un compa ‘¿cómo hago una bomba?’”, cuenta Carlos, emocionado.

Tomó la lección con el rostro descubierto, exhibiendo su rabia. Aprendió a meter gasolina en una botella de vidrio, meter un pedazo de tela, correr con la bomba en la mano derecha y echar el cuerpo para adelante al momento de aventar el explosivo para que hiciera una parábola perfecta contra su objetivo.

“La aventé a los puercos ¡Bum! Me dijeron que le rompí la cabeza a uno. Me felicitaron de a madres, hasta me abrazó el güey que me enseñó”, dice, mientras imita ese abrazo de camaradería, casi cariñoso.

Por su tino, un grupo de jóvenes con el rostro cubierto que estaba al lado lo arropó durante el resto de la batalla campal contra los policías. Le palmearon la espalda y lo cuidaron como si fuera del grupo; y él, que iba solo, no se les despegó durante toda la jornada.

“Me dijeron: ya te chingaste a un puerco, ahora te van a buscar y te van a torcer. Ponte esto y síguele luchando”, narra Carlos, quien por su voz no debe ser mayor a los 25 años.

“Esto” era una playera de tela negra, gruesa, que se enredó en la cabeza para tapar su cara de las cámaras de seguridad del Distrito Federal. Por la abertura de cuello, despejó sus ojos café oscuro. No se descubrió durante el resto del día, pintando fachadas, rompiendo cristales, usando mobiliario urbano como proyectiles, gritando consignas contra Enrique Peña Nieto.

Hasta que regresó a casa entendió lo que significaba esa playera anudada por las mangas: se había inaugurado como miembro de “Los incorregibles”, uno de tantos grupos que durante los primeros cinco meses del sexenio, sin descubrirse la cara, ha mantenido en jaque a las autoridades.

 

***

 

Desde que comenzó el sexenio de Enrique Peña Nieto, un grupo de personas sin rostro ha marcado gran parte de la agenda nacional. En los medios de comunicación les llaman “encapuchados”, aunque lo cierto es que casi nunca usan capuchas; la mayoría de las veces emplean pasamontañas, playeras dobladas y paliacates que les cubren el rostro.

Durante los primeros 30 días del nuevo gobierno, los “encapuchados” acapararon los reflectores: a partir del 1 de diciembre, se les acusó de vandalizar negocios en el Centro Histórico dejando pérdidas de mil 127 millones de pesos, según la Cámara de Comercio, Servicios y Turismo de la Ciudad de México –de los cuales la mayor parte no era por los destrozos, sino por lo que, según los empresarios “dejaron de ganar” por cerrar sus negocios un solo día. En lugar de los culpables, 69 jóvenes fueron encarcelados. De ellos, sólo 14 fueron consignados. Salieron bajo fianza el 27 de diciembre pero siguen bajo proceso.

En enero, otros “encapuchados” saltaron a las planas de los diarios con los primeros grupos de “autodefensa”: muchachos, adultos y hasta ancianos que hartos de la presencia del crimen organizado se armaron con pistolas y rifles   para defenderse de los homicidios, secuestros y extorsiones.

Los primeros aparecieron en la Costa Chica de Guerrero, en el municipio de Ayutla de los Libres; luego, apareció la Unión de los Pueblos Organizados del Estado de Guerrero (UPOEG). Y aquello se multiplicó hasta Michoacán, Oaxaca, Morelos y, al menos, diez entidades más.

Sin mostrar el rostro, capturaron y entregaron a las autoridades varios delincuentes, rezongaron a los narcotraficantes e impusieron una paz armada en sus calles, que dividió a la clase política entre quieres estaban a su favor y quienes los veían como potenciales criminales.

En febrero, estudiantes normalistas “encapuchados” se movilizaron contra la reforma educativa: los contingentes más grandes resaltaron por secuestrar camiones. El 26 de ese mes, activistas secuestraron en Oaxaca 30 camiones para movilizar su protesta a la Ciudad de México; actos similares fueron replicados en Michoacán, Guerrero, Veracruz y Nayarit.

En marzo, el 23, miembros de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación en Guerrero (CETEG), muchos de ellos “encapuchados”, bloquearon por nueve horas la Autopista del Sol, que une la capital con el puerto de Acapulco; lo hicieron como continuación de otro bloqueo durante la Semana Santa, que afectó a miles de turistas. Exigían la derogación de las reformas laboral y educativa; sin mostrar el rostro, encararon a la policía, que finalmente los desalojó.

En abril, el 19, después de una marcha pacífica –su realización incluso fue negociada con las autoridades del Distrito Federal– del Parque Hundido a la Rectoría de la UNAM, un grupo de “enchapuchados” que dijeron estudiar en el CCH Naucalpan, se desprendió del contingente e ingresó por la fuerza en las instalaciones de Rectoría en protesta porque el rector ignoró durante meses su denuncia de una supuesta privatización de la educación superior en México.

La toma puso en jaque al rector de la UNAM, José Narro, y al secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, quienes luego de proponer un diálogo sin capuchas –no llevado a cabo hasta ahora–, lograron la liberación de la Torre de Rectoría después de 12 días de ocupación.

Y finalmente, en mayo, el primer día, decenas de “encapuchados” realizaron pintas en la fachada del Banco de México y comercios del Centro Histórico en protesta por la política laboral del Gobierno de la República. Los medios impresos desplegaron las fotografías de la protesta y destacaron que no hubo detenidos.

En suma, un inicio de sexenio con mucha intensidad para los que ocultan su rostro.

 

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El protagonismo de los “encapuchados” llegó hasta la Cámara de Diputados el 21 de marzo de este año, cuando el diputado panista Francisco Sotomayor Chávez propuso agregar un artículo 141 Bis al Código Penal Federal que castigue hasta con 20 años de prisión a quien realice “desmanes” con el rostro cubierto.

La propuesta, dijo el panista, fue una respuesta a la modificación legal que hizo la Asamblea Legislativa en el DF para que los arrestados por los actos del 1 de diciembre obtuvieran fianza en lugar de cárcel; ante ello, Sotomayor afirmó que busca castigar con mayor dureza a quienes, haciendo actos vandálicos, impidan con algún objeto que las autoridades policiacas los identifiquen.

En contraposición, la diputada de Movimiento Ciudadano, Luisa Alcalde, llamó “fascista” a Sotomayor y le exigió retirar su propuesta, pero el blanquiazul se negó y juntó el apoyo de cerca de 200 legisladores de su bancada, PRI, PVEM y Nueva Alianza.

La iniciativa de ley está congelada desde el 23 de abril, por lo que será discutida en el próximo periodo de sesiones.

Mientras tanto,  los “encapuchados” siguen protagonizando el inicio del sexenio.

 

***

 

En el país, dice Carlos, hay decenas de grupos cuya actividad está basada en el no reconocimiento de sus rostros. Sin una capucha, no pueden salir a manifestarse; con ella, son capaces de todo, desde la protesta legal hasta la rebeldía clandestina.

Él ahora pertenece a “Los Incorregibles”, un grupo que se dice identificado con la filosofía anarquista, de extrema izquierda, antineoliberal y de “acciones afirmativas contra el actual sistema”: desde hacer pintas de madrugada hasta apedrear bancos hasta que sus cristales cedan a la dureza de una piedra.

Cuando conoció a “Los Incorregibles” pensó que eran los únicos “encapuchados” organizados, pero a medida que comenzó a asistir a sus reuniones en bares del Centro Histórico de la capital mexicana, como “Las Escaleras” en la calle Donceles, ha conocido más círculos: “Los Renegados”, “Los Indisciplinados”, “Flores Magón 1 de diciembre”, “Bloque Negro” y “Frente por la Liberación Nacional”, entre otros, que viven para organizar su irrupción en marchas y expresar su descontento arremetiendo contra los “íconos del capitalismo” como cajeros automáticos, locales de firmas extranjeras y hasta restaurantes.

Los medios de comunicación engloban en “encapuchados” todo lo que representa un “riesgo” para sus intereses. Para ellos, es más fácil dirigir la opinión pública en contra de quienes se homegeneizan por medio del anonimato que regalar minutos al aire buscándole nombre y causas a cada uno de estos grupos.

“Estamos haciendo lo que nadie se atreve. Desafiando el sistema, poniéndoles en su madre, ¿a poco Zapata y Villa hicieron una revolución sin romper un vidrio?

“Todo es una lucha. Somos los más cabrones, estamos luchando y si mostramos el rostro, pues valemos madre. Nos van a apañar y mis amigos dicen que te tuercen, te torturan y yo no quiero eso”, asegura Carlos, emocionado de nuevo.

Pero detrás de la capucha, en su mirada se percibe el miedo cuando explora la posibilidad de ser detenido. Sus ojos se hacen diminutos, casi felinos, como si estuviera a la espera de huir ante el primer indicio de un uniformado o un policía vestido de civil.

“¿Qué delitos has cometido?”, le pregunto y sólo sonríe. Dice que muchos, pero no quiere enlistarlos “¿Qué tal que eres ‘oreja’ de Gobernación?”, comenta, medio en broma y medio en serio.

Para él, y sus amigos, la capucha no es una prenda, es un estilo de vida y una identidad. Es la seguridad que les da salir a la calle, una especie de mantilla protectora contra los ojos del gobierno, un velo que cubre sus actividades que bordan en lo ilegal y les permite seguir en el anonimato.

“Esto es mi vida”, dice y toca la playera, convertida con nudos en capucha, que cubre su rostro. “Vamos a estar aquí mucho tiempo, luchando, así que más les vale que se acostumbren a vernos”, desafía Carlos.

Lo examino: lo único visible, detrás de la tela gruesa que le cubre el rostro, son sus ojos. Pequeños, pero gigantes cuando habla con orgullo. No le afecta que la opinión pública lo vea como delincuente o vándalo, tampoco que la aparición de sus amigos en una marcha cause expresiones de repudio o miedo.

Hacen lo que hacen, afirma Carlos, porque para construir el país que quieren, primero hay que destruir lo que ahora existe.

 

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