Por: Valentina Pérez Botero
Twitter: @vpbotero3_0
La aceptación está guiada por los trazos de la tradición. En el istmo de Tehuantepec, Oaxaca, los hombres biológicos que se asumen socialmente como mujeres se les reconoce y acepta en la comunidad como muxes, palabra zapoteca que sus pobladores traducen como el tercer sexo.
Los muxes en Juchitán, de acuerdo con Marinella Miano, investigadora de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, suelen “ser considerados por su madre como el mejor de sus hijos” al asumir la custodia de tareas clave del hogar y el rol de asistencia a sus miembros tanto en la niñez como en la vejez.
Estos integrantes de la comunidad suelen ser agentes cohesionadores de la familia al heredar el rol de la madre o abuela cuando éstas mueren. Los muxes
Su persistencia en la estructura social también permite rastrear la homosexualidad en las culturas indígenas en México y descartar la idea, como afirma Fernando Patlán de “que la homosexualidad no existía aquí hasta que la trajeron los españoles, pero eso no es cierto; los muxes existen desde la época prehispánica”.
Aunque el regocijo que produce en el sur de México lo que en la cotidianidad occidental se cataloga como travesti o trans, tiene una tolerancia exclusiva: si una mujer biológica se identificara como hombre, no tendría la misma aprobación. De acuerdo con Astron Rigel, coordinador de UDiversidad, “El matriarcado [en la cultura zapoteca] es matrifocalizado a las labores y cuestiones del hogar, nada más. No tienen decisiones respecto a su propio cuerpo o su sexualidad”, lo que perpetúa la discriminación dentro de la diversidad.


