¿Qué tiene que decirnos Juan Rulfo a aquellos lectores de la generación 0 que hemos nacido, crecido y que, viéndolo de una forma pesimista, seguramente nos reproduciremos y moriremos inmersos en la crisis? ¿Qué tiene que decir Juan Rulfo a aquellos a quienes la retórica política del país ha tenido a bien en llamar los dos veces negados, ninguneados, ni-ni? ¿Verdaderamente no tiene nada más que decirnos o, en su caso, no tenemos derecho de réplica, sino el silencio? Ya en su momento se apuntó que la narrativa de Juan Rulfo rompió con el paradigma de las novelas post-revolucionarias que agotaron el discurso del supuesto cambio nacional.
Así, Juan Rulfo, al plantear una difuminación del narrador omnisciente, rompe con la linealidad de estas novelas y alcanza niveles antes inexplorados de certeza narrativa. Por otra parte, a pesar de que los temas rulfianos tiendan “a darle voz” a los oprimidos, en ningún momento se puede leer subrepticiamente una intención moralizante, ni mucho menos de denuncia en su obra: “yo no pretendo guiar, de ninguna manera, a nadie”. Es aquí en donde empieza nuestro diálogo con Rulfo y “Luvina”. ¿Con qué autoridad nos piden que dejemos de pensar en Rulfo como “la quintaesencia” de lo mexicano –cito a un escritor joven mexicano (pero universal), recientemente nombrado director del Festival Cervantino– si algunos rincones del país siguen siendo “la imagen del desconsuelo” por la violencia corrosiva y la pobreza que sólo llena el estómago de hambre? ¿Cómo extraviar a Rulfo si nos sigue preguntando en qué país estamos porque, en realidad, podemos estar en cualquier lugar en donde la prosperidad se impone como una idea que se mira desde lejos y, ante esto, como única solución queda rezar en donde ya no hay a quién rezarle? Es esta la realidad que tenemos, Luvina es una metáfora de México, quizá, de un México que poco a poco se convierte en un lugar en donde “se anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere, puede ver esa sonrisa a la hora que quiera”.
Es imposible no leer el cuento desde esta actualidad. Y es también imposible no traer a la mente aquellos pueblos en las periferias, en el apartamiento, que irremediablemente lucen en el abandono “porque en Luvina sólo viven los puros viejos, y los que todavía no han nacido, como quien dice… Y mujeres sin fuerzas, casi trabadas de tan flacas. Los niños que han nacido allí se han ido… Apenas les clarea el alba y ya son hombres. Como quien dice, pegan el brinco en el pecho de la madre al azadón y desaparecen de Luvina. Así es allí la cosa”. Así es en algunos estados del país, en el norte, en el occidente, en donde el único sueño al que uno puede aspirar es al americano, porque el sueño mexicano se desvaneció o simplemente nunca existió; por mucho que hablen de cruzadas contra el hambre. ¿Acaso no podríamos poner en boca de cualquier inmigrante ilegal las siguientes palabras: “Allá viví. Allá dejé la vida… fui a ese lugar con mis ilusiones cabales y volví viejo y acabado”? ¿Y Los que se quedan, recordando el título de la última película de Juan Carlos Rulfo, por qué se quedan sino es por sus muertos?
En esto nos hemos convertido. En un país en donde el gobierno ni siquiera es un hijo de la chingada, sino que no tiene madre. En un país traicionado que absorbe la fuerza vital de quienes intentan reconstruirlo en el día a día y ven sus esfuerzos estériles porque aquí ninguna idea germina, porque la tierra es yerma y las noches nos cobijan en el frío, porque cualquier experimento se deshace y se diluye en nuestras manos.
Ante esta desolación, la única respuesta que tenemos es volver a Rulfo quien, a pesar de algunos, nos sigue dando respuestas, y también consuelo en este ya no en ya más que nunca se extingue.
“Luvina” de Juan Rulfo está contenido en El llano en llamas, publicado por diversas editoriales.


