(19 de octubre, 2015, Revolución TRESPUNTOCERO).- Ella tiene 17 años, cuatro hijos que no están con ella y trabaja recolectando basura. Un número 18 cubre todo su rostro, sus cejas también están tatuadas con letras cursivas, ese es uno de los principales motivos por los cuales nunca podrá acceder a un trabajo formal.
“Yo creo que es ese maldito nombre el que me trajo mala suerte, seguramente fue lo que le provoqué a mi madre ‘dolores’; tuve mi primer hijo a los 13, me violaron yo digo que sí porque fue a la fuerza, un vecino, por eso dejé de ir a la escuela y mi madre me encerró en mi casa, pero me escapé y como a ella le cobraban una cuota para que pudiera seguir con su negocio de comida, me uní a la 18, tendríamos protección y de paso respeto”, narra la menor a Revolución TRESPUNTOCERO.
La chica cuenta que dejó su casa cuando su primer hijo tenía seis meses, se unió a varios jóvenes salvadoreños que vivían en las calles y eran miembros también del barrio18, lo hizo durante algunos años, tiempo en que procreó a dos niños y una niña, después le propusieron ir “a los Estados Unidos”, pero solamente llegaron a Ciudad Hidalgo, Chiapas, “lograr escapar fue difícil, yo ya traía algunos problemas y tener que cargar con este tatuaje y que no te maten si los enemigos te encuentran en el camino es más difícil, pero a veces es más fácil si ofreces tu cuerpo a cambio que te dejen ir”, afirma.
Se quedó en Chiapas porque “ahí todo es más fácil”, sigue escondiéndose, usa un sombrero que le cubre la frente y un paliacate que esconde la mitad de su cuerpo, “aunque la gente algunas veces te trata mal, o le das miedo, se puede vivir un poco más en paz, en algunas partes, aquí también están divididas las colonias, yo vivo donde está la 18, ellos hacen algunas cosas distintas a las que hacen en El Salvador, pero igual aquí matan a los mexicanos, pero principalmente a los migrantes, a mí no me han obligado a nada, pero a veces me dan ganas de volver, se come y vive más fácil, aunque digan que no te puedes salir más que muerto, yo lo logré, aunque creo que en el fondo sigo ahí, los ayudo, los escondo, los cubro, somos banda aún, pero ya no hago mucho de lo que antes hacía”, afirma la chica.
Ella comenta que poco a poco han ido reclutando mayor número de niños, adolescentes y jóvenes la MS-18, quienes asegura son más violentos que la Mara Salvatrucha 13, “el barrio 18 tiene más poder siempre y aquí en México porque trabajan para los Zetas, ellos les ayudan a extorsionar a los migrantes, “las armas las proporciona el narco y ellos los golpes, los muertos o los secuestrados que luego sirven para muchas cosas, a las chavitas las llevan a los prostíbulos, algunas veces las estrenan ellos primero, aunque ya no valen igual”.
El sociólogo Raphael Theodoro, investigador especialista en criminalística, asegura a este medio que “la cultura de la violencia, de las bandas delincuenciales como muchas otras cosas sobrepasa fronteras, modificándose, pero de alguna manera con bases similares siempre, El Salvador, Honduras, Guatemala y México han sido tierra fértil para las Maras Salvatruchas, en los primeros tres países en todo su territorio y en el nuestro solamente una franja de su frontera sur se ha visto gravemente lacerada, a causa del mal gobierno que la ha dejado en el abandono, no para detener y torturar migrantes o bandas, sino para ejercer un control y en cierto momento una erradicación con políticas pensadas sin violencia y/o muerte.
Se trata de unificar eslabones y reconstruir el tejido social, aunque siendo los cuatro países ejemplos de extrema violencia ya sea perpetrada por sus gobernantes o los grupos delincuenciales, más la indiferencia que el Estado otorga, lejos de prevenir y detener el aumento, han colaborado nuevamente con su expansión”.
Theodoro asegura que México vuelve a convertirse en una zona de alto riesgo con respecto a las bandas de Maras Salvatruchas, “el panorama es desalentador, para los cuatro países, porque todos son caminos de migrantes, todos padecen violencia a causa de delincuentes y gobierno y todos ellos son pueblo que es usado por el gobierno como carne de cañón. El panorama no es muy alentador. Porque si ya el narcotráfico ha causado un daño incalculable e irreparable, nuevamente la llegada de dichas bandas terminará con lo poco que no se ha roto del tejido social mexicano”.
Sobre el tema el antropólogo sociocultal Juan Martínez D’aubuisson, quien se introdujo en el mundo de las Maras Salvatruchas como parte de una investigación social, comenta a Revolución TRESPUNTOCERO que “este mundo es bastante violento, los barrios pobres de América Latina son lugares de mucho conflicto, las condiciones a las que está sometida una buena parte de la población del continente, que viven en esos sitios padecen ambientes especialmente agrestes.
No es que ambas bandas hayan traspasado fronteras teniendo una estructura vertical, la realidad es que estos grupos son una especie de franquicias, adoptadas en distintos puntos geográficos, con una especie de cuestión cultural similar entre bandas de El Salvador, las de Honduras, de Guatemala y México, si bien es cierto algunos códigos y ciertas acciones podrían encontrar afinidad entre sí, un miembro de una de las bandas mexicana puede realizar acciones parecidas a otro de Guatemala, pero no por ello es una estructura transnacional”.
El también escritor de Ver, oír y callar (temática sobre las Maras Salvatruchas) explica que no ha existido voluntad política para erradicar el fenómeno, tampoco ha habido acuerdos de países para erradicarlo, lo cual se puede visualizar porque nunca el tratamiento a estas bandas o a la violencia general, estado asentado en una base científica, sino en una política.
“No existen investigaciones serias y un diagnóstico que nos permita tratar científicamente la enfermedad, simplemente ha habido programas como ‘cero tolerancia’, ‘mano dura’ o ‘Mano súper dura’, los cuales solamente son creados como objetivo mediático, para que deriven en votos y simpatía, lo cual únicamente provoca que La problemática se agrave, detonantes que vuelve a estas bandas un aún más poderosos”, comenta D’aubuisson.
A esto agrega que si los gobiernos nunca los han podido detener es porque jamás han atacado las causas que provocan la resistencia de esos grupos. Explica que los Estados nunca se han planteado ‘apagar el fuego’; las pandillas, entre otros distintos motivos tienen en su base la exclusión y la pobreza, mientras esas cuestiones no se tocan de manera seria de parte de los gobiernos y de las sociedades, el fenómeno nunca se va a detener, por el contrario, mientras se sigan agravando e incrementando la desigualdad y la pobreza, además de la marginación, un gran sector de la población va a seguir pareciendo bandas o pandillas, llámele Mara Salvatrucha o Barrio 18.
“Efectivamente en Chiapas existen grupos de la Mara Salvatrucha y del barrio 18, principalmente en la primera parte de la ruta de los migrantes, algunos son pandilleros centroamericanos que realidad están huyendo y se han quedado en ese país, porque han encontrado que ahí existe una forma de subsistencia a través del delito.
Es así como Por primera vez y esto nunca lo hemos visto en América Latina y posiblemente en el mundo, vemos a una pandilla atacando al Estado de manera intensa, ataques en contra de policía, pero también de funcionarios, sin embargo los gobiernos siguen sin tener un plan, sino que van actuando según va la contingencia, por ejemplo en El Salvador en uno de estos ataques al Estado utilizaron bombas, la respuesta del gobierno fue catalogarlos como grupo terrorista, tal vez técnicamente podrían entrar en la categoría del terror, sin embargo es una medida muy desatinada de parte del gobierno, en este caso el salvadoreño, porque ha provocado que las pandillas se vuelva mas violentas”, explica D’aubuisson.
El antropólogo salvadoreño asegura que pese a que las policías cada vez más han adquirido impunidad, no se ha llegado a los niveles que tiene México, porque aun cuando han existido actos violentos y ha generado masacres de pandilleros y después sembrado armas inculpándolos de un enfrentamiento, “en El Salvador nuestra policía no se compara con la de México, porque aquella mantiene una relación con los carteles y la nuestra no.
Los pasos concretos deberían ser, por mencionar algunos “reformas profundas que ataque todo aquello que exclusión y genera pobreza, tienen que moderarse grandemente las políticas neoliberales y todas estas situaciones que generan este tipo de condiciones deterioro económico, tal vez se necesite una represión, pero controlada, sistemática y focalizada en los barrios, así también entre Estados debe haber un acuerdo social que esté causado por un sentimiento de empatía con los barrios y por último debe haber voluntad tanto por parte del Estado, como por parte de la sociedad para detener a las pandillas”.
Pese a lo anterior D’aubuisson asegura que no las pandillas no se van a detener jamás porque hay intereses que no se van a permitir, los cuales vienen de las cúpulas de poder, “hacer todo esto implicaría despojar de poder a ciertas personas. Que se desechen estas bandas es algo que no se permitiría históricamente tenemos un registro del comportamiento de las élites en América Latina y si esto no pasa jamás es porque el poder generalmente no se cede, éste se arrebata”, sentencia D’aubuisson.


