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Michoacán y CCH Sur, los hilos que conectan la violencia “incel” con el neoliberalismo y las nuevas derechas

Desde hace algunos años, en México y Lationoamerica, los avances en derechos de las mujeres son respondidos con una retórica de confrontación que, en sus casos más extremos, escala hasta la agresión física y el feminicidio.

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El reciente y brutal ataque contra dos maestras en Michoacán no es un brote de violencia aleatoria, es una acción que se inscribe en un contexto de creciente hostilidad a las ideas feministas; especialistas advierten que el movimiento incel y el antifeminismo no son solo una queja cultural, sino un contramovimiento político emergente que se entrelaza con las nuevas derechas populistas y el neoliberalismo autoritario.

La respuesta hostil a la búsqueda de derechos se conoce como reacción patriarcal (backlash), un fenómeno donde, de acuerdo a la antropóloga Marta Cabezas Fernández y la socióloga Cristina Vega Solís, los avances en derechos de las mujeres son respondidos con una retórica de confrontación que, en sus casos más extremos, escala hasta la agresión física y el feminicidio.

Si bien esta respuesta comenzó en Europa, ha ganado fuerza en Latinoamérica y México no es la excepción. En septiembre de 2025, la Universidad Nacional Autónoma de México enfrentó una tragedia similar a la que azota Michoacán, cuando Lex Ashton, un joven de 19 años perpetró un ataque con armas blancas en el CCH Sur, asesinando a un estudiante de 16 años e hiriendo a un trabajador de 65. 

Al igual que Osmer “H”, el adolescente de 15 años que ya fue detenido por el homicidio de dos maestras, Ashton tenía cercanía digital con el movimiento “incel”, acrónimo de “célibe involuntario”. 

Mensajes de odio en redes sociales

Tras analizar las publicaciones de Osmer, las autoridades señalan que los videos y fotos previos a la comisión del crimen incluyeron mensajes de odio, referencias a la comunidad “incel”, imágenes del ataque en Columbine y la imagen del asesino serial Charles Manson. 

“He decidido enviar a las feministas, que siempre han arruinado mi vida, de vuelta con su Creador (…) Odio a las feministas” podía leerse en uno de los reels. 

Los mensajes no son casuales. En los últimos años, en México ha proliferado una narrativa, principalmente en línea, que busca deslegitimar las luchas históricas de las mujeres. Estos discursos suelen articularse bajo tres ejes principales:

  • Victimización masculina: se promueve la idea de que los hombres están “bajo ataque” por leyes de igualdad.
  • Burla y deshumanización: el uso de términos peyorativos para ridiculizar a activistas y profesionales con perspectiva de género.
  • Defensa de la “jerarquía natural”: la insistencia en que cualquier intento de romper los roles tradicionales de género es una amenaza a la estructura social.

Uno de los aportes más lúcidos de las investigaciones de Cabezas Fernández y Vega Solís apuntan a entender el género como un aglutinante simbólico. Esto explica por qué grupos aparentemente distintos, como católicos tradicionalistas, evangélicos, “paleolibertarios” e incels, convergen en un mismo punto.

En la práctica, este fenómeno crea un frente común donde la figura de la mujer autónoma se convierte en el “enemigo interno” necesario para dar cohesión a estos grupos.

Es decir, que los mensajes no se quedan en el vacío digital, sino que operan como una autorización implícita para que individuos violentos sientan que sus acciones están justificadas bajo una supuesta “defensa de valores”.

El caso de Michoacán: cuando la retórica se vuelve ataque 

El ataque contra las docentes en Michoacán, un estado ya golpeado por la violencia estructural, es un recordatorio de que las mujeres que ocupan espacios públicos, lideran comunidades o educan desde la autonomía, son los principales objetivos de esta violencia.

Autoras como Wendy Brown y Éric Fassin señalan que reacciones como estas se dan en un marco de desdemocratización, en donde el neoliberalismo, al deshacer el vínculo social, refuerza el poder securitario y autoritario.

Las académicas apuntan a una transición hacia el neoliberalismo iliberal, donde se castiga la diversidad y se premia un modelo de “familismo rígido”.

En el caso especial de Michoacán, las maestras, figuras de autoridad y agentes de cambio en sus comunidades, representan lo que el discurso antifeminista intenta someter: la independencia intelectual y social de la mujer

Al atacar a una educadora, el mensaje no es solo contra el individuo, sino contra la posibilidad de que las nuevas generaciones aprendan a cuestionar el sistema.

Ataques directos, prueba de un sistema que se resiste a cambiar

Existe una línea clara entre el odio expresado en redes sociales y la violencia en las calles. Este proceso se divide en tres etapas críticas. La primera consta de validación; en línea, esta se manifiesta con memes y comentarios que normalizan el odio; y poco a poco se pierde la empatía hacia la mujer.

En segundo lugar, la creación de cámaras de eco donde se culpa a la “ideología de género” de problemas personales incita a la radicalización. El “otro”, la mujer, se convierte en un enemigo. Finalmente, algunos dan el paso a la acción física como feminicidios y ataques directos como el de Michoacán.

El ataque en Michoacán es la manifestación más cruda de un sistema que se resiste a perder privilegios. Mientras los discursos antifeministas sigan ganando terreno en el debate público sin una respuesta institucional firme, la seguridad de las mujeres, especialmente aquellas en la primera línea de la educación y el activismo, seguirá pendiendo de un hilo.

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