La presidencia de la Madrid, se caracterizó por la aplicación de las políticas de ajuste macroeconómico neoliberales apoyadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI), políticas denominadas de “choque ortodoxo” cuyo objetivo fue reducir la demanda agregada, el gasto público y la inversión.
Lamentablemente esto dirigió la crisis de la deuda mexicana de 1982, la cual marcó el fin de todo un periodo histórico de crecimiento y de baja inflación para México, es ahí donde se originó una nueva era de inestabilidad y estancamiento económico.
La crisis de 1982 se prolongo hasta el tercer trimestre de 1983. En 1984 la economía mexicana tuvo una efímera recuperación. El terremoto de 1985 se produjo en una coyuntura económica particularmente difícil, durante el segundo semestre de 1985 la inflación ganó terreno, el producto manufacturero se contrajo. Por último, 1986 fue un año de crisis marcado por la caída de los precios del petróleo, que afecto las exportaciones petroleras en México.
Este episodio de la historia económica de México fue realmente de desgracia ya que dio origen a un periodo prolongado de estancamiento económico, con desempleo masivo y con alta inflación. Sin duda, diversos factores económicos acentuaron sus efectos destructivos sobre la capital del país y su población.
El 27 de septiembre, apenas una semana después del temblor, se realiza la primera movilización de damnificados hacia Los Pinos. Más de 30 mil personas desfilan en silencio con tapabocas y cascos, símbolos de los rescatistas. Demandaban la expropiación de predios, créditos baratos, un programa de reconstrucción popular y la reinstalación de los servicios de agua y luz.
Superada la primera etapa de emergencia, el 24 de octubre, cerca de 40 organizaciones vecinales crean la Coordinadora Unica de Damnificados (CUD). Con la participación de las organizaciones se construyen 45 mil viviendas en el centro en condiciones accesibles a las familias afectadas. También se firma la reconstrucción de Tlatelolco, uno de los emblemas de la tragedia.
“Los priístas eran unos desvergonzados, hacían clientelismo con la desgracia. Había una indignación auténtica contra el Partido porque condicionaba la ayuda y lucraba con el apoyo, en las zonas afectadas, el PRI desapareció. La gente ya no se dejaba manipular. Su coraje contra el gobierno era muy grande. De eso ya no se recuperó”.
El seísmo político de 1988
Tres años después, Cuauhtémoc Cárdenas lanza su candidatura. La ruptura del PRI impacta a la izquierda y a las organizaciones sociales y civiles. La mayoría de ellas se suman al cardenismo y luego al PRD. Muchos dirigentes del movimiento de damnificados aparecen como candidatos a puestos de elección.
El temblor detonó la participación ciudadana y rompió los mecanismos de control oficiales. La participación electoral masiva contra el PRI fue un terremoto político que los sepultó en la ciudad. El impulso democratizador del temblor promovió la creación de la Asamblea Legislativa y del primer gobierno de la ciudad electo por los ciudadanos.
El PRI sintió el peligro en su propio terreno y sus prácticas fraudulentas fueron desde entonces exhibidas y denunciadas hasta llevarnos al extremo de dudar de los procesos electorales, la democracia representativa, la pluralidad y ver en el abstencionismo la fantasía de un desplome.
“No sin nosotros”
Un extracto de su obra “No sin Nosotros” de Carlos Monsiváis: “Después del terremoto”, en donde reflexiona sobre el fenómeno social propiciado por aquel traumático desastre natural y maneja la aparición de un verdadero concepto de “sociedad civil” mexicana.
“El miedo, el terror por lo acontecido a los seres queridos y las propiedades, la pérdida de familias y amigos, los rumores, la desinformación y los sentimientos de impotencia, todo al parecer de manera súbita da paso a la mentalidad que hace creíble (compartible) una idea hasta ese momento distante o desconocida: la sociedad civil, que encabeza, convoca y distribuye la solidaridad.
Ante la ineficacia notable del gobierno de Miguel de la Madrid, paralizado por la tragedia, y ante el miedo de la burocracia, enemiga de las acciones espontáneas, el conjunto de sociedades de la capital se organiza con celeridad, destreza y enjundia multiclasista, y a lo largo de dos semanas un millón de personas (aproximadamente) se afana en la creación de albergues, el aprovisionamiento de víveres y ropa, la colecta de dinero, la localización de personas, el rescate de muertos y de atrapados entre los escombros, la organización del tránsito, la atención psicológica, la prevención de epidemias, el desalojo de las pirámides de cascajo, la demolición de ruinas que representan un peligro
En un acto de ‘teoría confiscatoria’, el presidente Miguel de la Madrid se opone al uso ‘irresponsable’ del término, y añade: ‘La sociedad civil es parte del Estado. Pueden irse a sus casas. Ya los llamaremos si los necesitamos’. ¿A quiénes les envía la rectificación y la orden? No a sus alumnos de la Facultad de Leyes, ni a quienes podrían ver en la televisión el pizarrón del aula, ni a la ciudadanía, sino, francamente, a nadie.
Se reitera el apotegma del presidencialismo: en el país de un solo partido y un solo dirigente no caben los voluntarios, y el PRI y los funcionarios se aprestan a la compra de líderes y el maniobreo con los damnificados. Pero nada impide por una semanas la vitalidad y el compromiso de los obstinados en hacer de la ayuda a los demás el fundamento de la toma de poderes (Aún no se usa el empoderamiento). En última instancia, el concepto de sociedad civil rehabilita masivamente las sensaciones comunitarias y allana el camino para el ‘gobierno’ de la crítica.
Desde el gobierno, y con vehemencia, se resucita el pragmatismo, expresión antes peyorativa. Si el presidente Adolfo López Mateos (1958-1964) exclama: ‘A mi izquierda y a mi derecha está el abismo’, el presidente De la Madrid podría decir: ‘Fuera del Estado sólo hay vacío conceptual y desacato administrativo’”.

