Estela Garrido / @StelaGarrido3_0
Cinco de la mañana en la Central de Abasto de la Ciudad de México. Manuel conduce su carretilla por el pasillo I, flanqueado de frutas y verduras, junto con su hermana. Es un trabajo titánico para sus delgados cuerpos: transportan de un punto a otro decenas de kilos apilados, acomodan la carretilla, bajan pedidos, atienden a los clientes, cargan más cajas de verdura y reabastecen el puesto.
Lo observaré por horas hacer lo mismo: caminar rápido, casi corriendo, recorriendo los interminables pasillos de la central. Manuel no se distrae mientras maneja con habilidad el “diablito”, que carga durante el día hasta 300 kilogramos. Él sigue su rutina mecánicamente: carga, reabastece, lleva, suda, corre, se limpia el sudor y vuelve por más carga. Y apenas es medio día.
“Nos gusta trabajar aquí, llegamos hace un año de Puebla y vivimos con mis tías”, explica tímido, en un momento de breve descanso, mientras evade las miradas de los comerciantes.
Su jornada es como la de cualquier adulto que se gana el sustento antes del amanecer: empieza antes del amanecer y termina a las cuatro o cinco de la tarde, por lo cual él y su hermana reciben diariamente 200 a 250 pesos. “Es una feria, nos va muy bien”, dice con un atisbo de orgullo, sudoroso.
Apenas puede subir la ‘joroba’ que divide el pasillo I del H, pero cada día lo intenta. Tensa las piernas y la mirada: Manuel, a sus 14 años, es experto en jalar la carretilla con un pedido que llena el diablito. Su hermana, de 16 años, se esconde entre las lechugas, las espinacas y los apios del local.
Son los niños detrás del “diablito”, la estampa de realidad del trabajo infantil en la capital de México.
La Central de Abasto de la Ciudad de México (CEDA) es el más grande centro de distribución de abarrotes, frutas, aves, verduras, cárnicos y mariscos de América Latina. El flujo de dinero y operaciones que se realizan en CEDA es de aproximadamente 4 mil 300 millones de dólares al año, una cifra sólo superada por la Bolsa Mexicana de Valores.
Con 350 mil visitantes en promedio diario y 7 mil trabajadores directos, las oportunidades para ganar dinero, en los largos y poco iluminados pasillos, abundan. Más para aquellas poblaciones migrantes del interior de la República que no tienen ninguna opción para subsistir en su lugar de origen.
De acuerdo con la información del Centro de Apoyo al Menor Trabajador de la Central de Abasto (CAMT), la mayoría de los trabajadores provienen de cinco estados: Michoacán, Puebla, Chiapas, Oaxaca y Estado de México.
La CEDA ocupa 347 hectáreas en la delegación Iztapalapa, en las que se comercializa un promedio de 15 mil a 20 mil toneladas diarias de mercancía. La vastedad de terreno, puestos, comerciantes y carretillas proporciona alrededor de 12 mil trabajos indirectos.
Y entre esos trabajos, se cuelan los niños, una fuerza de trabajo barata que no exige vacaciones, seguro médico, aguinaldo o cualquier otra prestación.
Los niños que abandonan las escuelas para trabajar por pesos a voluntad de la gente de la CEDA.
Alejandro, de 16 años, es pollero. A pesar de tener sólo 3 meses en el puesto, maneja con destreza las grandes y filosas tijeras, características del oficio. Descuartiza un pollo con rapidez, lo pesa, y atiende al siguiente cliente sonriendo de vez en vez.
“Aquí ganó un promedio de mil, mil 200 por semana. De donde soy, es mucho. No hay nada”, dice. Alex nació en Oaxaca, pero vive en la Ciudad de México desde hace tres meses, los mismos que tiene trabajando en la central.
“Y ¿qué lugares has visitado en la ciudad?, ¿te gusta vivir aquí?”, le pregunto mientras una cliente mal encarada le da dos pechugas para que las pese.
“Pues no conozco mucho, apenitas llegamos”, ríe, mientras atiende con esa sonrisa amplia.
Su historia es familiar para los empleados del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), quienes conocieron a través de sus encuestas de 2010 que en México hay 3,6 millones de niños trabajadores entre los 5 y los 17 años, de los cuales el 31 por ciento son menores de 14 años.
Según José Luis Gutiérrez Ramírez, director del CAMT, el número de menores que laboran en la central ronda los mil, entre carretilleros, pepenadores, pela nopales y cebollas.
“Es imposible determinar un número exacto por muchos factores. Primero, algunos de los chavos que vienen no se quedan mucho tiempo, vienen con sus familias tres, seis meses y se regresan a su pueblo. Luego regresan.
“Además el trabajo ahí adentro (en CEDA) se diversifica en muchas ocupaciones: carretilleros, peladores, boleros, bodegueros, pepenadores, los que están en cocina o reparten comida…”, explica Gutiérrez.
Para Luis, de 13 años –y el único originario de la Ciudad de México entre los entrevistados– la Central de Abasto es un mundo completamente desconocido. Apenas tiene tres días trabajando para un local de fruta y aún se pierde entre los pasillos y bodegas.
“Pus es difícil, la verdá. Más, si no sabes cargar. Pero pus aquí hay trabajo, nomás es que uno quiera trabajar”, explica mientras trata de limpiarse las pequeñas manos en sus pantalones de mezclilla.
A pesar de los horarios laborales, Luis sigue estudiando secundaria y asegura que en el CEDA, “hay lugar y chamba para todos”.
Por eso, no le extraña ver a los pepenadores que rondan enormes contenedores buscando cartón… desde los cinco años.
“Lo más importante de nuestra labor es que la siguiente generación de chavos que atendemos y apoyamos, o sea los hijos, ya no sean trabajadores infantiles”, dice José Luis.
El CAMT atiende a un promedio de 900 niños anualmente. Desde su fundación, hace 20 años, el centro ofrece servicios básicos para los menores trabajadores de la Central: uso de regaderas y lavaderos, alfabetización, primaria, secundaria, servicio médico y actividades de esparcimiento.
Para el director, el trabajo más arduo fue al inicio de la asociación civil –la cual se mantiene de donativos– hace 20 años, cuando era imperioso dar a conocer su labor y ganarse la confianza de los propios comerciantes.
“Ahora podemos hacer trabajo de campo sin problemas. Lo difícil es jalar a los chavos, convencerlos de que sigan estudiando. Tenemos a ocho chicos que estamos preparando para que entren a nivel preparatoria ahora en junio”, explica.
José Luis se acerca a uno de los niños que sale de clases y le pide que me diga una frase en mazateco. Le habla con una rodilla en el piso, viéndolo a la cara y tomándolo del brazo con cariño. El pequeño de ocho años sonríe avergonzado y musita con voz tierna algunas palabras.
“Son niños”, me dice José Luis mientras me acompaña a la puerta, “tuvieron que salir a trabajar porque no hay oportunidades en sus lugares de origen”.

Son las cinco de la tarde en la Central de Abasto. La lluvia de finales de abril obligó a algunos compradores a esperar en sus autos o cerrar las puertas de sus camiones. Manuel, de 14 años, aún con mandil y carretilla en las manos, continúa parado afuera del local de verdura.
Ya casi es hora de la salida. Le hablo del CAMT, sus beneficios y sus derechos. “No sabía que había un centro”, afirma mientras acomoda el –quizá– último pedido del día.
Es lógico: en la Central de Abastos, es el más grande centro de distribución de comida en América Latina, los niños no son vistos como sujetos de derechos.
Aquí, sólo se les ve con los ojos del comercio: llevar, sudar, correr, limpiarse el sudor y volver por más carga.
Niños detrás del “diablito”. Niños hormigas. Niños que no son niños.





