Natalia Antezana Bosques /@Natalia3_0
(13 de septiembre, 2013).- Los rumores corrían a lo largo y ancho de la plancha del zócalo de la Ciudad de México. Se susurraba en los pasillos, que se erigen en medio de las casas de campaña, que habría un desalojo violentó en el transcurso de la noche.
“Aquí estamos firmes”, dijo una maestra de la Sierra Norte de Oaxaca. “Guardamos un par de cosas, por sí acaso, pero no nos iremos. Vamos a seguir aquí”, explicó mientras en el ambiente se respiraba una calma incómoda rociada de desconcierto.
Indico también que algunos maestros fueron a sus comunidades por un par de días, a manera de relevo. Pero que cuando se van unos, llegan otros. Y esta acción se transformó en el rumor mediático de que los maestros se están retirando, lo cual es falso.
Grupos de dos, tres, cuatro profesores se juntaban en diferentes puntos de la plancha a debatir sobre la situación y el posible desalojo, mientras afirmaban que esperarían que sus líderes, que participan en la comisión negociadora, les dieran información sobre las acciones a seguir.
En las redes sociales el desconcierto también se veía latente. Mensajes de apoyo, otros de repudio, retumbaban a manera de tuits, mientras del lado del magisterio, por esta misma vía, se convocaba a la sociedad civil para hacer una cadena humana alrededor del Zócalo capitalino.
Asimismo, en cada ingreso a la inmensa plancha se encontraban las comisiones vigilantes que permanecieron toda la noche en vela resguardando el campamento.
Así transcurrieron las horas y el frío.
En dos diferentes secciones comentaban que la Secretaría de Gobernación se había comprometido a no desalojar la noche pasada al campamento.
Mientras tanto, en la mesa central de prensa se transmitía en vivo la Radio Magisterial, donde se explicaba lo referente a la reforma educativa y las afectaciones que ésta conllevaría.
Dichas referencias iban acompañadas de corridos que hacían alusión a la lucha magisterial, desde el 2006 a la fecha, y de discursos de diversos personajes, como el Sub.
En ese mismo punto se realizaba la planeación logística de la posible valla humana que se formaría alrededor del Zócalo en caso de que los rumores se hicieran realidad e intentaran desalojar el campamento a través de la fuerza.
A las 11 de la noche, los maestros empezaban a desaparecer de los pasillos e incorporarse a sus casas de campaña. Esto provocaba menos rumores y más ronquidos que por un par de horas otorgaron un ambiente de calma al campamento magisterial.
“No se crea, en nuestras comunidades no es como aquí en la ciudad. Los chamacos no tienen qué comer”, señaló un maestro de la frontera entre Veracruz y Oaxaca. Hacía un énfasis especial en que son los maestros quienes con su sueldo tienen que comprar lo útiles escolares y además, en conjunto con los padres de familia, debían dar mantenimiento a las instalación educativas, puesto que el gobierno no lo hacía.
“Yo soy director de una escuela en el Itsmo de Tehuantepec. Los niños no tienen qué comer, las escuelas y los caminos se están cayendo. Pero aquí los maestros estamos luchando para las futuras generaciones, para que no les privaticen la educación, a pesar de que posiblemente tengamos que pagar un alto precio por nuestras movilizaciones”, reiteró.
A la 1 de la mañana, casi todos se encontraban dormidos, excepto en los puntos de vigilia nocturna en los cuáles, en la mayoría de los casos, emanaba un fogón para mantener caliente la olla de café.
La madrugada transcurría y la temperaturas bajaban. Las ansias se hacían visibles entre los maestros que seguían vigilando y esperando que terminarán las plenarias sectoriales, regionales y estatales.
Los puntos de vigilancia en los accesos al Zócalo capitalino por las calles aledañas están fuertemente custodiados por los profesores, para alertar y/o contener en caso del ingreso de la policía o el ejército a su esfera nocturna de batalla.
“Sección 22, la única: no hay 2”, gritaban los maestros que se encontraban resguardando el ingreso de 20 d
e Noviembre, mientras mantenían el puño izquierdo levantado.
Aproximadamente a las 5 y media de la mañana empezaban a acrecentarse los susurros hasta convertirse en conversaciones magisteriales, amables, que invitaban a amanecer de buen humor.
Así también, crecía el número de fogones: con un cerillo prendían fuego a los trozos de madera -obtenidos de huacales viejos- hast que las llamas se apagaran y únicamente quedara la brasa par hervir el café matutino.
“Las condiciones en nuestras comunidades son muy distintas, no es como en la ciudad”, explicaba un maestro de la región de la costa de Oaxaca. “Allá sólo se comen frijoles y, si tiene suerte, un huevo. Algunas familias siembran hierbas y calabazas para hervirlas con sal y hacerlas caldo”.
“A nosotros mismos no nos alcanza”, señalaba el maestro mientras explicaba que el sueldo de un maestro varía entre los 3 mil 800 pesos y los 5 mil pesos quincenales. “Con eso no alcanza. Yo tengo dos hijos; el mayor ya está en la normal bilingüe porque él habla la lengua materna y el español”, contó con orgullo el profesor oaxaqueño muestras que con su mano derecha ahitaba un pedazo de cartón para que el viento pegara a la brisa y se prendiera bien.
Explicó también que en la mayoría de las ocasiones, los maestros deben comprarles de comer a sus alumnos porque sus familias no tienen para darles de comer.
También señaló que, al día, aproximadente gastan 50 pesos por persona en promedio, los cuales les alcanzan para el café, el desayuno, el almuerzo, la comida y la cena.
“Nos cooperamos entre los maestros y compramos el café por ejemplo, que afuera del campamento me cuesta como 20 pesos”, concluyó.
Y fue así como el sol matutino empezó a dar señales que se convirtieron en la hora azul de la madrugada, mientras los maestros salían poco a poco de sus casas de campaña para estar preparados para iniciar otra jornada en pie de lucha.











