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“Nuestra escuela es de lucha, en Ayotzinapa desperté, vi la realidad”: José, normalista

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Ilsutración: Pe Aguilar

(14 de enero, 2015).- “No te vamos a dar nada, siempre estás en contra”, esa fue la explicación que José recibió del director del Colegio de Bachilleres de Guerrero cuando solicitó su kardex para poder ingresar a la Normal Rural de Ayotzinapa.

La cuota semestral por alumno era de 200 pesos; sin embargo, la mayoría de los estudiantes no contaban con los recursos para realizar el pago. “Yo decía: ‘ni madres, vamos a dar 100 pesos’. Lo juntaba y se los dábamos al director: ‘esto es lo único que podemos pagar’ ”.

La organización estudiantil liderada por José y su ausencia en un concurso de escoltas generó tanto enojo entre los directivos de la escuela que le negaron su certificado.

“En ese entonces era yo loco, organizaba a los chavos pero no sabía de lucha. Cuando llegué a Ayotzinapa desperté, vi la realidad. Regresaba a mi casa y me preguntaba por qué éramos pobres”.

La comunidad donde vive la familia Solano pertenece a la región Montaña, ahí no hay pavimentación y sólo algunas casas cuentan con instalación eléctrica. La mayoría de los habitantes viven del campo, como el padre de José, que se dedica a sembrar frijol y maíz.

José es el noveno de 11 hijos, seis de sus hermanos viven en Estados Unidos porque no encontraron trabajo. El más pequeño de la casa, Andrés, ingresó el año pasado a la Normal Rural Raúl Isidro Burgos.

“No es por culpa de Dios que somos pobres, es porque hay una bolita de corruptos que se están clavando todo el dinero”.

Ayotzinapa, la escuela de los pobres

Un año después de haber salido de la preparatoria, José decidió acompañar a uno de sus paisanos a la semana de labor comunitaria que todo aspirante a normalista debe realizar para obtener su ingreso a Ayotzinapa.

Durante su visita a la normal los estudiantes se dedican al cuidado de los animales, la siembra y la limpieza de las instalaciones. “Llegas y tienes que trabajar. Comes frijol, tortillas, salsa. No te dan pollo ni nada de eso”.

La Normal Rural Raúl Isidro Burgos es un internado, a su llegada cada alumno recibe un colchón o colchoneta, una cobija y el uniforme.

“Mucha gente cuando la llevan a chaponar, a quitar el pasto, no aguanta, porque no sirven sus manos, les salen ámpulas. Ven que les dan de comer frijol y agarran sus cosas, se van.”

La Secretaría de Educación Pública del Estado de Guerrero otorga 50 pesos diarios para que cada alumno realice sus tres comidas. “Eso no alcanza para almorzar, comer y cenar fuera de la escuela. Es muy preocupante si ese dinero se llega a perder porque de dónde vamos a comer”.

Entre risas José reconoce que en Ayotzinapa aprendió a valorar a su familia. “Cuando mi mamá me daba un taco siempre le pedía que le echara un huevo o algo, acá aprendí a agradecer. Tienes que trabajar para que te den la comida.”.

“Todo lo hemos ganado a madrazos”

Las normales rurales del país se caracterizan por cuatro ejes: módulos de producción, académico, cultural y deportivo. El primero de ellos integra todas las actividades vinculadas al campo, mientras que la academia se refiere a las clases impartidas de las 8 de la mañana a las 2 de la tarde.

El aspecto cultural y deportivo es organizado por los alumnos. Si alguien tiene habilidades para el baile o algún deporte se convierte en el entrenador.

La Normal Rural de Ayotzinapa cuenta con banda de guerra, club de rondalla, taller de danza, así como entrenamientos de fútbol, básquet, atletismo y natación. “Todos tenemos la obligación de pertenecer a un club, un maestro rural debe saber de todo un poco”.

Además de las clases, los futuros maestros deben realizar observaciones de campo y prácticas, para lo cual han solicitado un aumento de presupuesto y un autobús. Ninguna de las dos peticiones ha sido escuchada por las autoridades educativas.

Cada año ingresan a la normal 140 varones. El total de alumnos existentes es de 522, por lo que al inicio de cada ciclo escolar se envía a la Secretaría de Educación un pliego petitorio. La queja es siempre la misma: el dinero no alcanza.

El costo aproximado de una semana de prácticas es de 1000 pesos, mismos que consiguen a través del boteo en las comunidades aledañas. “Si salimos a botear es porque tenemos necesidad, si salimos a tomar un autobús es porque en nuestro pliego petitorio especificamos que es necesario para nuestras prácticas docentes”.

Serio, como si la realidad de la que habla le resultara ajena, José reconoce: “Todo lo hemos ganado a base de madrazos, porque las autoridades no te hacen caso si les mandas sólo un papel… A ver si no me matan sin que haya llegado el autobús”.

“No salgas a apoyar a la gente”

Desde la desaparición de los 43 normalistas, la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos está en paro. Los estudiantes y padres de familia han convocado a manifestaciones para exigir justicia, todo eso sin el apoyo de la planta docente. “Sólo han participado algunos maestros, los conscientes, que son egresados de la normal. A los demás no les interesa lo que pase, siempre se han opuesto a nosotros”.

Al igual que otros normalistas, desde su ingreso en 2010, José ha sido víctima de represión académica por parte de los profesores, quienes aumentan las tareas en fechas donde se tiene programada alguna manifestación.

“No hay buena relación con los maestros porque se han encargado de difamarnos, te dicen ‘tú qué andas haciendo en una marcha, dedícate a la escuela, para qué vas a apoyar a esa gente, ni siquiera tienes algo que ver’ ”.

En contraste con ese pensamiento, para José y sus compañeros los ideales de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez no han muerto. Se trata de “gente de respeto”, son “sus grandes maestros”. Por eso insiste: “Nuestra escuela es de lucha. Nosotros no pensamos que sacando un diez vamos a estar bien, nosotros consideramos que como estudiantes debemos de ser rebeldes, no podemos estar dormidos”.

Los murales, 88 años de injusticia

Al igual que los alumnos, las paredes de la normal no olvidan la represión. Atenco, La Parota, la Guardería ABC y el 12 de diciembre de 2007 son algunos de los episodios recientes que han quedado marcados en Ayotzinapa.

Cada año se lanza una convocatoria para los pintores y muralistas que deseen plasmar las injusticias. “Los murales representan mucho para nosotros, en ellos está plasmada la historia que ha recorrido la normal durante sus 88 años de existencia”.

Entre los posibles temas para este año está la masacre cometida por el Ejército en Tlatlaya, Estado de México, pero la convocatoria, al igual que el proceso de selección para el ciclo escolar 2016, continúa pendiente.

“No hemos metido el pliego petitorio, no nos importa qué digan las autoridades, ni sus amenazas de que se va a perder el semestre. Estamos firmes en encontrar a nuestros compañeros, no los podemos dejar abandonados, estamos luchando por vidas”.

Para los estudiantes de Ayotzinapa la única certeza es que habrá nuevo ingreso, porque no permitirán el cierre de la normal. “Nosotros no provocamos el problema, el Estado es el responsable de esa masacre. Si el gobierno sigue reprimiendo, el pueblo tendrá la última palabra”.

“Busca por ahí”

En su intento por encontrar a los normalistas, lo único que han recibido los padres de familia y los estudiantes son amenazas. “No podemos decir los nombres, pero la narcopolicía y los narcopolíticos nos han intimidado. ¿A quién le pedimos seguridad si todos son los mismo: narcos, policías, presidentes municipales, procuradores y el presidente. Todos son iguales.”

Desesperado, José critica las búsquedas oficiales: “Son de niños. Te suben a la camioneta de la Gendarmería, te llevan a un cerro o una colonia y dicen: ‘busca por ahí’. Esas son las investigaciones que tanto presumen. ¿Qué vamos a encontrar si no hay ningún aparato? ¿Cómo es posible que siendo de la Policía Federal o el Ejército no tengan instrumentos?”

Ante las fallas de las autoridades, el apoyo de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias (CRAC) ha sido fundamental. “Sabemos que no nos van a dejar solos, han visto que las autoridades no han hecho nada, por eso tienen que hacerlo ellos en solidaridad con la normal”.

Sobre el apoyo y las críticas al movimiento, José explica: “en Chilpancingo hay familia de los políticos, de toda esa gente corrupta, son ellos quienes se han encargado de ponernos estigmas con ayuda de periódicos como El Vértice y el Diario de Chilpancingo. ‘Ahí vienen los vándalos’, dicen”.

En diciembre de 2011, tras el asesinato de 2 compañeros en la Autopista del Sol, los estudiantes de la Normal se prometieron que no permitirían otro ataque hacia ninguno de sus miembros. Al recordar el acuerdo la impotencia invade a José: “Mi oportunidad fue estudiar en Ayotzinapa, por eso la he defendido, quiero que la escuela siga abierta.”.

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