Estela Garrido / @StelaGarrido3_0
(07 de junio, 2013).- Óscar Martínez sobrevivió a un enemigo silente, tan peligroso como un sicario con un AK-47, como un militar con armas de alto calibre o como un funcionario con el poder de desaparecer a un periodista incómodo: un editor que lo mandó a un matadero por un texto.
Durante meses, este periodista salvadoreño de apenas 30 años se sumergió en una misión que parecía suicida: andar ocho veces un camino cimentado en los cadáveres de aquellos que -desde Centroamérica- cruzan la frontera sur de México para llegar a Estados Unidos.
Se subió al lomo del tren asesino “La Bestia”, viajó con Los Zetas, se codeó con maras, paseó con militares enfrentados a balazos con “la mafia” y sobrevivió para contarlo en su libro “Los migrantes que no importan”. Su clave, aseguró, fue un editor que no lo mató.
Él trabaja para El Faro, un portal de internet que abandera el nuevo periodismo latinoamericano en El Salvador. A salvo, sentado en un sillón beige del lobby de un hotel en la ciudad de México, responde a una pregunta que lo desazona- “¿a qué atribuyes entonces las muertes de los periodistas?”.
Paciente, escucha y, sin intervenir, dispara la respuesta que en cada enunciado lanza pólvora que recubre su creencia: los medios, aunque no lo quieran o sepan, ponen en peligro a sus reporteros.
“Los riesgos de la cobertura son más en el terreno y por eso es importante que los medios de comunicación le den a su reportero un tiempo decente para preparar su incursión, porque con esa prisa no son ellos [los medios] quien los matan, pero si son los que los ponen en el riesgo de muerte. Porque son quienes los paran en el borde de un barranco y luego llega cualquiera que con un soplido los empuja”, dice Óscar.
“Si [como medio] no estás dispuesto a costearlo [la espera de un texto] porque tu lógica empresarial se impuso sobre tu lógica informativa, tenés que desaparecer como medio de comunicación y convertirte en un almacén de ropa”.
El periodista que fue al paredón y no murió
Uno de los personajes de una de las crónicas de Óscar Martínez fue degollado por el tren, otro murió al intentar cruzar la frontera entre México y Estados Unidos, uno más fue asesinado por el crimen organizado por andar el camino sin pagar la cuota. De no haber sido porque él pudo hablar con ellos y contar su historia nadie los habría conocido.
Para Martínez, el valor periodístico reside en desenterrar los temas que se barren por debajo de la agenda oficial mediática y enunciarlos. De ese tamaño es el riesgo de aventurarse en ocho ocasiones por la ruta migrante, en la que desde 2006 han desaparecido 24 mil centroamericanos.
Desaparecen secuestrados, forzados a trabajar en algún campo de cultivo de droga, obligados a ser sicarios, disueltos en ácido, enterrados en alguna narcofosa, aventados a un barranco, donde pueden compartir espacio con algún periodista que, apresurado por la entrega de un texto, hizo un movimiento en falso y no volvió.
“Este será mi octavo viaje, pero acostumbrarse a este momento me ha resultado imposible. Es un vaivén de siluetas que corren y gritan; de fondo, el sonido metálico de la Bestia lo inunda todo, y no hay mucho tiempo para pensar…”, describe Óscar en su crónica titulada “La Bestia”, una de quince que están en su libro.
Página a página, narra cómo escaló con habilidad las escaleras del tren para abordarlo como un indocumentado y viajar en el lomo de acero sosteniéndose con fuerza, cómo abordar el tren en marcha, cómo escapar de las ruedas de acero que mutilan con la menor distracción, y cómo logró escapar de un enemigo más feroz que el tren y su vaivén asesino: Los Zetas.
En la crónica “Vivir entre Coyotes”, Óscar cuenta la manera en que logró escapar de un vagón que iba a ser asaltado por cinco miembros del grupo de criminales que domina el Golfo de México: informado por Wilber, uno de los “guías” del viaje, apenas logró saltar de un tren con sicarios armados. Saltó. Se salvó.
“Pasás todo tiempo pensando en encontrarte de cara con los asaltos, con los secuestros masivos de los Zetas en los terrenos que dominan, pero continúas. El miedo como reportero tienes que sobrepasarlo. El miedo es algo que el periodista no puede describir, es algo intrínseco y el plan de trabajo de un periodista es dejarle las menores posibilidades al miedo”, asegura Martínez quien no niega que había ocasiones en las que no quería ni salir de la habitación del hotel.
Sin embargo, para este hombre con corte de cabello tipo mohicana, lidiar con la muerte era una cuestión profesional.
“Yo veía la muerte como un fracaso, como un obstáculo que yo no supe sortear. Si me matan me ganaron, porque me dieron herramientas para ganarles. Esto no lo aplico a los reporteros mexicanos que han muerto, lo aplico a mí que me daban tiempo y recursos, que llevaba todas esas municiones”.
No ha faltado quien le pregunte por qué sigue escribiendo sobre aquello, cuando a cualquier persona un hecho así la paralizaría de miedo. Entonces respondió el periodista: “Yo creo que cuando vos apagas la grabadora y te bajás del tren y te subís al carro y te vas a tu casa después de reportear vas con profundo compromiso ético. Esa gente no te contó su historia para perder el tiempo, te la contaron y vos tenés un compromiso ético no sólo de publicarla sino de no escupirla en una página, de dedicarle un tiempo decente para contarla”.
El hombre que recorrió la ruta de muertos, mutilados, violaciones, secuestros y asaltos, narra su experiencia como uno de los pocos periodistas que ha profundizado en el fenómeno porque pudo regresar del viaje y describirlo con la paciencia y la dedicación que merece.
Paciencia y dedicación.
El reportero que no entiende el periodismo
“Si el periodismo no se trata de eso: de apasionarse por temas que le pueden ser emocionantes a un montón de gente, sino se trata de apasionarse por temas que han estado ocultos, que son parte del discurso oficial y mediático como el tema de la migración.
Para el colaborador de medios como El País en España, Gatopardo y Proceso en México y El Faro en El Salvador, la herramienta más poderosa para un periodista es la crónica, que obedece a la rabia que lo impulsa a narrar lo que vive: las industrias de explotación sexual, la tortura que sufre un hondureño en una casa de seguridad, la corrupción y complicidad de policías, alcaldes, gobernadores, agentes de migración, militares.
“Este libro nació de la rabia y desde ahí se escribe. De la rabia de ver cómo esto es un goteo constante repetido sistemático ante la mirada de un México que estaba completamente de espaldas. La rabia contenida que provoca la capacidad que tienen los estados para olvidar al producto nacional y decir ‘este grupo poblacional de gente no incide, no denuncia, no vota: no importa’”, sentencia.
Una ira, dice Óscar, que no es pasajera y que se alimenta de la indignación, que obliga a todo aquel que se zambulle en su prosa a no quedarse impávido ante la furia que sacude a los migrantes.
“Uno no puede estar indignado todo el tiempo, tenés que hacer algo con ese emputamiento. Tenés que hacer algo con ese emputamiento, repito.
“Porque si el periodismo no se trata de descubrir de esas cosas… no entendería yo de qué se trata este oficio”, confiesa.


