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Pena y orgullo

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Los días eran bastante extraños, la combinación entre el clima fuera de temporada y la extraña sensación de inquietud social no dejaba mucho espacio para sentirse pleno. Jorge acostumbraba a salir de su casa a las 09:30 hrs. a inicios de quincena porque podía darse el lujo de pedir un taxi y como consecuencia iba de buen humor. Ese día era aún más especial pues le habían prometido cambiarlo de lugar para ocupar el que estaba al lado de la ventana, nada podía salir mal.

Al subirse al carro Sedán saludó al conductor y comenzaron charla: —¿Gusta que le cambie de estación? — preguntó el chofer, a lo que por cortesía Jorge respondió que no. En la radio había terminado la media hora de música noventera para continuar con un extraño programa que era una especie de noticiero, pero más bien todo estaba centrado en criticar al gobierno; el chofer apagó la radio al primer “el presidente está loco”. Jorge, un poco molesto, increpó al chofer y le preguntó por qué lo había apagado, el conductor sonrió y le pidió una disculpa mientras lo volvía a encender, sin embargo, contestó tajante a su pregunta: —No me gusta oír mentiras—.

La carcajada que Jorge soltó no solo se oía aprendida y estudiada, sino que era una práctica muy consciente de preparación para su acostumbrado discurso de odio. La letanía empezó con el sobrenombre de «El Cacas», seguida del acostumbrado recurso de habla tan lento que duerme a cualquiera que lo escucha. Habló de los niños con Cáncer, de que es lo mismo que los otros y todo para finalizar con el clásico «yo soy apartidista».

El conductor solo se limitó a preguntar si entonces consideraba buen presidente a Peña Nieto, a lo que Jorge contestó: buen presidente no, pero por lo menos tenía clase y si me da a escoger de todos, me quedo con Calderón. —¿Entonces usted es panista? —, preguntó el ahora confundido chofer, a lo que con voz impostada Jorge contestó —¡Jamás! — Justo en ese momento llegaron al destino, momento en el que de forma condescendiente dirigió al chofer un victorioso —Analícelo joven—, mientras bajaba del auto. Sonriente, llegó a su escritorio mientras su supervisor le reclamaba haber llegado 5 minutos tarde, nunca lo cambiaron de espacio durante los más de 10 años que continuó trabajando en el call center.

El aspiracionismo es una extraña pero aparentemente muy común condición humana, suele presentarse en seres que, como diría Piaget, se han construido a sí mismos con base en sus propias experiencias y en este caso, sus experiencias han sido basadas en la repetición de lo que otros dicen, piensan o pretenden imponer, pero nunca en lo que por sí mismos logren entender, investigar o formarse a partir de su propia reflexión.

En el absurdo del mundo que nos rodea podemos encontrar a estos individuos en todos lados, pero siempre habitando en la clase proletaria o bien asalariada, y este tipo de personas se vuelven especialmente peligrosas cuando participan en la formación de otras, como quienes siendo así ejercen la profesión magisterial, pues se convierten en simples aspirantes a puestos sindicales altos, o llegan a esos espacios por nepotismo y amiguismo.

Lamentablemente también en los medios de comunicación hegemónicos se replican estos esquemas, con aspiracionistas que se reconocen fácilmente por ostentar el título de periodistas cuando en realidad estudiaron comunicación, en el mejor de los casos, buscando quedar bien a como dé lugar con sus amos, diciendo lo que ellos quieren decir y acoplándose al mercado textual, visual o radiofónico. Se emocionan por ser nombrados en las mañaneras por sus mentiras, repeticiones o encomiendas que el amo les ordenó hacer y por lo general se creen superiores intelectualmente al resto de los humanos.

Lo que es una realidad innegable es que ellos gozan mentir o generar polémica a cualquier costo porque no les interesa nada más que acercarse a esta aspiración de llegar a ser los amos. En realidad, para ellos ni siquiera existe el bien y el mal, ya no digamos la ética, para ellos solo existe su aspiración sin importar el medio para llegar a ella.

Lo peor de todo es que entre ellos se ubican, se retroalimentan y hasta se constituyen en asociaciones que los enorgullecen, como es el caso de Tridente Ideas, donde vemos muy orgulloso a Alejandro Rosas por aparecer en la bola expuesta por este escándalo, como si fuera un logro. Entiendo que el ego sea su alimento más grande, pero hay una delgada línea de cordura por lo menos para entender que ni siquiera se le nombre más que como parte de un conjunto de mentirosos y manipuladores.

El asunto desquiciante es que su orgullo está basado en jugar a decir que son sin ser y a negar que son siendo. Aman el fascismo, el neoliberalismo, el libertarismo, aman las prácticas de represión al grado de crear entre ellos montajes y simulaciones que parecen más una añoranza a cuando tenían el poder que un intento de engaño, odian el socialismo, pero son capaces de decirse socialistas y niegan categóricamente ser asesinos a pesar de tener las manos manchadas de sangre y, sin embargo, portan con orgullo casi demencial lo que son cuando en realidad en los hechos no terminan de ser nada.

Afortunadamente cada vez más gente se da cuenta de que en realidad son simplemente unos aspiracionistas orgullosos de serlo.

Por cierto, Jorge siempre votó por el PAN hasta que recibió su pensión como adulto mayor.

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