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Protestas: ¿Por qué esos ‘vándalos’ no sufren en silencio?

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Leonardo Sakamoto / @blogdosakamoto – BLOG DO SAKAMOTO

Traducción: Armando Escobar G. / @Escarman

(15 de junio, 2013).- ¿En verdad alguien cree que la realidad va a cambiar con protestas on-line o cartas enviadas al líder de un plantón? ¿O que la naturaleza de la ocupación de la tierra, de la recuperación de un territorio indígena, o de una manifestación urbana, no presupone la incomodidad de un sector de la sociedad?

Me puse morado al leer a los que proponen que las manifestaciones en São Paulo comiencen a ser realizadas en el Parque Ibirapuera o en el Sambódromo. ¡Por el amor de las divinidades de la mitología cristiana, sólo pueden estar bromeando! Disculpe quien le tiene asco a la gente, pero la protesta tiene que mover a la sociedad en sí. Si no es así, no es protesta, se convierte en un simple desfile de grupos descontentos que nunca serán atendidos en sus demandas porque dejan de existir simbólicamente.

Parar la ciudad, voltear al campo, subvertir la realidad. Nadie lo hace por causar sufrimiento a los otros (“ah, pero las ambulancias que quedan atrapadas en el tráfico”: hazme un favor y encuentra un argumento decente, plis), sino para ser visto, crear una incomodidad que será resuelta en el momento en que el poder público tome cartas en el asunto.

Ser pacifista no significa morir en silencio, en paz, de hambre, a tiros. La desobediencia civil profesada por Gandhi es una salida, pero no la única y no vale para todas las situaciones.

Marqué estas ideas para otro texto, pero decidí darles continuidad después de leer los comentarios de un post que escribí la semana pasada, sobre las protestas contra el aumento de pasajes en São Paulo. Es trágico ver cómo millares de personas no entienden lo que está sucediendo y, tomando una pequeña parte como el todo, lo resumen en “vandalismo”. No defiendo la destrucción de mobiliario público, por considerarlo contraproducente para el propio movimiento, por la escasez de recursos públicos, y por otras razones de las que ya he hablado antes, pero es imposible que los organizadores de una manifestación controlen todo lo que pasa, aún más cuando –nada raro– es la policía la que agrede primero. Sobre todo, no simpatizo con una vida bovina, de vivir por años del Estado, en todos los sentidos y, por si fuera poco, mostrar otra cara: tragar las insatisfacciones  acompañadas de cerveza y cacahuates en el sofá de la sala.

Muchos detestan a los sin tierra, a los sin techo, a los pueblos indígenas. Abominan la idea de que el derecho a la propiedad privada y al desarrollo económico no son absolutos. Sin embargo, los derechos humanos son interdependientes, indivisibles y complementarios. ¿Qué es más importante? ¿El derecho a la propiedad o a la vivienda? ¿No pasar hambre, transitar libremente o disfrutar de la libertad de expresión? Todos son iguales, ninguno es más importante que el otro. Los intelectuales que pregonan lo contrario tienen que volver a las bancas de la escuela. Los derechos sirven para garantizar la dignidad de las personas, de lo contrario no son nada más que lindas palabras en un documento cuarentón.

Leo los reclamos de violencia en contra de las ocupaciones de tierra –“una violación a la legalidad”– hechas por una legión de pies descalzos empuñando armas de destrucción masiva, tales como, azadones, hoces y machetes. O en contra de los pueblos indígenas que, cansados de pasar hambre y frío, reivindican territorios que históricamente fueron suyos, la mayoría de veces con flechas, azadones, y paciencia. O en contra de manifestantes que exigen el derecho de ir y venir, coartado por el alto precio del transporte colectivo, y que resuelven salir a la calle para mostrar su indignación y presionar para que el poder público recapacite sobre sus decisiones que ignoran la dignidad de la población. Todos éstos son unos vándalos.

¿Por qué la gente, simplemente, no sufre en silencio?

Querido amigo y querida amiga periodista, lo digo con todas sus letras: no existe observador independiente. Tú vas a influenciar la realidad y a ser influenciado por ella. Y vas a tomar partido y, si eres honesto, se lo dejarás muy claro al lector. Sé que hay colegas de profesión que difieren, que dicen que es necesario buscar una pretendida imparcialidad, pero eso es sólo la mitad de la historia. Se debe buscar escuchar con decencia todos los lados de un hecho para reconstruirlo de la mejor manera posible. Afirmar que existe imparcialidad en la cobertura periodística de un conflicto, después de todo, sólo sería posible si nos desprendiésemos de toda humanidad. Sin contar que intentar mantenerse ajeno a las reivindicaciones justas es, claramente, apoyar la estabilidad de un status quo de desigualdad e injusticia; cosa que, por miedo, pereza, ganas de agradar a alguien, falso reconocimiento de clase, agradece mucha gente.

Las manifestaciones populares y las ocupaciones de tierra e inmuebles vacíos significan que los pequeños pueden, sí, vencer a los grandes. Y que los rotos y rasgados son capaces de sobrepasar  a los ricos y poderosos. Por eso, la desesperación inconsciente, presente en muchos reclamos sobre la violencia inherente o involuntaria en esos actos.

Muchas de las leyes corrompidas en protestas y ocupaciones de tierra no fueron creadas por los que sufren en consecuencia la injusticia social, mas sí por aquellos que están en la raíz del problema y defienden reglas para que todo se quede como está. Puedes hacer el omelette que gustes, pero si quiebras los huevos te vas a la cárcel.

Mientras tanto, un indígena más fue emboscado y muerto a tiros en Mato Grosso do Sul. Pero todo bien. Tendría que haber sido un vándalo más, no un hombre de bien.

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