En apenas la mitad del año, las fuerzas federales han desmantelado 96 narcolaboratorios clandestinos, una cifra que ya rebasa lo incautado en varios años completos, revelan datos obtenidos por El Universal vía transparencia a la Fiscalía General de la República (FGR).
Estas instalaciones improvisadas, escondidas en sierras y zonas apartadas, son verdaderos focos de riesgo: operan sin medidas mínimas de higiene, con materiales precarios y sin equipo de seguridad para quienes producen y consumen las drogas.
De récord histórico a amenaza creciente
Entre 2019 y 2024, las autoridades aseguraron 282 narcolaboratorios: Sinaloa encabeza con 152, seguido de Durango (51), Aguascalientes (16) y Jalisco y Michoacán con 14 cada uno. Pero lo que destaca este 2025 es que, en apenas seis meses, la cifra ya supera lo reportado en 2019 (49), 2020 (57), 2021 (25), 2022 (27) y 2024 (22).
La FGR subraya que este resultado es fruto del trabajo conjunto de Sedena, Semar, la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana y otras dependencias.
Improvisación peligrosa
El doctor Gabriel Vera, investigador en Ciencias Químicas por la UNAM, describe los escenarios encontrados:
“En la sierra donde se han localizado los laboratorios, los cocineros sólo tienen unos palos a la mano… antes veíamos cosas de acero, vidrio, incluso equipo de seguridad; actualmente no hay mascarillas, trajes de protección o guantes”.
El experto alerta que los utensilios están impregnados de residuos químicos peligrosos que se reutilizan una y otra vez.
“Esto implica que realizan varios procesos sin control, generando subproductos que ponen en riesgo la vida del consumidor y del propio productor”, advierte.
Fentanilo, el ingrediente mortal
Vera detalla que, para aumentar volumen y ganancias, en ocasiones se mezcla fentanilo con otras drogas, lo que puede provocar sobredosis o daños irreversibles.
“Ya no es sólo que la droga sea adictiva, sino que ahora tiene un potencial letal aún mayor”, remarca.
Esconderse en lo más profundo
El consultor en seguridad Alberto Hidalgo explica que el traslado de los laboratorios a zonas de difícil acceso responde a una estrategia para evadir la detección.
Entre bidones de plástico, ollas ennegrecidas, estufas hechizas y químicos volátiles, el crimen organizado produce sustancias que no solo alimentan la adicción, sino que multiplican el riesgo de muerte. Los decomisos son cada vez más frecuentes y se sigue atacando un gran problema desde su raíz.
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