Salvador Dalí a 25 años de su muerte
Por: Andrés Piña
(26 de enero, 2014) – La imaginación nos presenta a Salvador desde el rincón más elemental de nuestra intimidad, dónde, en un caballete, pinta un cristo crucificado que gracias a la perspectiva y al manejo de colores vomita un trazo capaz de subrayar tiernamente lo salvaje y violento de un cuerpo; se vislumbra la cara y el rostro mirando al pueblo. Desde arriba hacia abajo, sube excitada la profundidad y el marco del contenido. Es Cristo, pero también es el pueblo de San Juan de la Cruz, es la agonía y el éxtasis mezclados en un mensaje que explota abiertamente, como un retrato de todo un momento. El “Cristo de San Juan de la Cruz” imparte una misa alucinante, como los discursos religiosos de Van Gogh en los tiempos que predicaba a los obreros, allá en el atardecer del siglo IX.
Por eso la frase: “No recordamos los días, recordamos los momentos” que dijo Pavese, se pinta con relevancia en este año. El momento claro en que Salvador. a 25 años de su muerte, toma el pincel y pinta una jirafa que se escapa corriendo hacia el fin del mundo; es al mismo tiempo el instante en que la radio difusa de España y sus ondas sonoras viajan como besos que se graban en los cabellos de una muchacha que mira por la ventana.
No pierdas la cabeza dice Dalí en un mensaje codificado, no cuentes las horas del reloj como se cuentan los números, no hay tiempo, el tiempo se diluye, se acaba. Es una sustancia viscosa que no tiene densidad, que en verdad no posee ninguna cualidad física, es un elemento mágico moldeable que interviene como los colores intervienen en una obra. No han pasado los días han ido en retroceso, no estamos en el ahora, estamos en el 23 de enero, estamos en la España de la posguerra, estamos viendo a Salvador Dalí pintando mujeres que dan a luz toda una época terrible, llena de monstruos y de mantarrayas azules que se marchan con la noche.




