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Un testimonio: ¿Hacia una máxima casa de espurios?

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Cuando llegué a hacer el posgrado a la UNAM, me cobraron por la maestría. Sí, como lo leen: PAGUÉ por estudiar. Hasta mucho después me dijeron que eso era totalmente ilegal. Pero en ese lugar al que llegué lo hicieron bastante tiempo, hasta que pudieron, hasta que las quejas se tornaron insostenibles y la práctica se revirtió. ¿Por qué decidieron vulnerar los derechos de los estudiantes? Pues simple: fue un intento local, en un posgrado, de mini-privatización. Y para bailar hacen falta dos. Todo esto era solapado por las autoridades; el alumnado fue el que hizo escándalo. Lo relatado sucedió en la década antepasada, apenas unos pocos años después de la huelga que trató de frenar las tentativas de cobrar cuotas más allá de lo establecido en la legislación.

Lo que me pasó fue un síntoma de algo más grande; de una tendencia que lentamente se ha ido filtrando por discretos intersticios con la anuencia de los gobiernos de 1988-2018. Los amagues de la privatización de la UNAM llegaron con ruido, pero se colaron silenciosos, sutiles, pacientes, mediante un proceso lento que continúa. Como de costumbre, hordas de reaccionarios aprovecharon los dichos del Presidente sobre las universidades públicas y su inminente derechización. Era de esperarse: es una verdad rasposa, que no obstante se quiere usar para fortalecer la construcción social del dictador: “primero los científicos, ahora las universidades”.

En la misma tesitura, ya desde los inicios del siglo, no pocas personas me comentaron que la UAM había entrado en una lógica laboral de rat-race totalmente inclinada al modo neoliberal: precarización del trabajo académico, escasez de plazas y competencia despiadada por un lugar estable en la planta docente. Pregunten a quien quieran, investiguen, y no me dejarán mentir. Para mí es doloroso que la institución que me entrenó en el pensamiento crítico y propositivo sea presa de una incongruencia ética tan vergonzosa en sus hábitos institucionales. AMLO no miente. Un extranjero que estudiaba economía en la UAM me dijo, ya en los noventa: “ Todo eso de la justicia es imposible, no es un asunto de economía. La única posibilidad real es en lo que estamos y no va a parar.” Este ecuatoriano, si regresaba a su país, lo íbamos a enviar adiestrado en el Pensamiento Único, a hacer barbaridades allá. Lo peor es que ni siquiera lo preparamos en el ITAM o el Tec de Monterrey, sino en una casa de estudios otrora conocida por su disidencia ideológica, la cual ya entonces estaba minándose. No quiero ni pensar ahora.

Pero déjenme les sigo contando de la UNAM. No voy a mencionar a qué facultad me refiero, porque ahí se acostumbra, en el mejor de los casos, el aislamiento de las ideas distintas, y en el peor, su persecución política impune, y me puede costar demasiado. Digamos que lo que se podría llamar la izquierda de esa facultad, se divide en dos:

1. Una que ya está integrada, “aggiornamentada”; que practica un discurso vetusto y gritón, pero en los momentos cruciales agacha la cabeza o se pone a negociar con los altos mandos, porque está metida hasta la médula en el poder organizacional.

2. Otra muy minoritaria, emergente, cuya cotidianidad es… cómo expresarlo… Verán: ¿Recuerdan esos juegos que van de pegarle con un mazo a monigotes que asoman la cabeza fugazmente? Pues los sectores poderosos de la facultad –vinculados a las élites universitarias en general- son el jugador, y esta ala izquierda marginal es el topo o cocodrilo que, apenas se arriesga a luchar por espacios, es esperado por un martillazo.

Cuando se trata de personas con prestigio académico, los martillazos solamente logran menguar el ánimo, más no la seguridad laboral ni las amplias prerrogativas y prestaciones conseguidas; pero en el caso de quienes no llegan ni a un tiempo completo, el enseñar el cráneo significa un acoso inmisericorde y, reitero, impune, que no descansa hasta liquidar institucionalmente a quien tenga la osadía de levantar la voz desde sus derechos más básicos, dada su vulnerabilidad.

En esta facultad hay un status quo racista, clasista, aspectista, discriminatorio y plagado de una violencia de género asentada en el organigrama oculto, de muy larga data y profundo arraigo. Los perpetradores de esta enorme violencia estructural han sido protegidos de una manera u otra por cuanto director se sienta en esa oficina. Un puñado de personas, todas de derecha, todas de la “casta” influyente, impusieron ahí un centro de negocios y explotación; lo controlan todo; protegen a sus grupos de choque –académicos y profesores- y pueden hacer lo que quieran casi con quien quieran.

Se utilizan palabras como “democracia”, “derechos”, “diálogo” etc.; sin embargo, sólo sirven para perseguir a quienes cometen el atrevimiento de proponer cambios en el ámbito académico, porque estos podrían reverberar en lo político, en los privilegios, canonjías y abusos hacia estudiantes que no cumplen con los estrictos criterios de clase y fenotipo, o a docentes que cuestionan las ideas dominantes. ¿Cuáles son las ideas dominantes? Un sistema de creencias escleróticas, sin ninguna base racional, pero muy funcionales al capitalismo salvaje. Esto hace de la facultad un centro de adoctrinamiento y maltrato, en el cual los eventos, seminarios, congresos, conferencias, encuentros y demás foros, sirven para simular que hay actividad intelectual, cuando prima un rígido y sumamente reaccionario conjunto de premisas “incuestionables” cual dogmas. Este tinglado monolítico lo integra todo: la discriminación, la visión competitiva psicopática y alienante, la estasis del pensamiento. Se trata de una ortodoxia opresora y asfixiante que de fondo no admite discusión ni debate auténticos, los cuales detonen avances genuinos o evoluciones en la profesión que ahí se mal-enseña; al contrario, esa ortodoxia castiga severamente a aquell@s que la derroten en la esfera intelectual y académica con argumentos razonados, arrollándol@s en lo que es su fuerte: la influencia y el poder políticos.

Como se darán cuenta, dicha facultad no es más que un laboratorio de los vicios de la sociedad neoliberal. Es esta gente la que se rasga las vestiduras –ya sea trabaje o “enseñe” ahí, ya sea como egresada de esta u otras facultades con el mismo pathos, e instalada ya en lugares de injerencia- cuando el Primer Mandatario tiene la “impertinencia” de decir la verdad cruda, fuera del mundo de arcoíris y cielos de colores en donde tod@s l@s científic@s son honest@s porque… pus’ porque son científic@s, y donde las autonomías son paraísos de independencia que contrapesan al siniestro Estado, y no pretextos o pantallas para la opacidad, la codicia y demás voracidades…

Cosa curiosa, la torpeza de los enemigos del gobierno federal y anexas ya no conoce el pudor: el Presidente prácticamente dice que las universidades públicas ya son cuevas de derechistas furibundos, y ¿qué sucede?… que derechistas furibundos del PAN, PRI, PRD, MC y demás fauna fascistoide egresada sobre todo de la UNAM salen a gritar … ¿que eso no es cierto?.

En esta facultad de cuyo nombre no quiero acodarme, reina el autoritarismo dictatorial, el elitismo más abyecto; así en la UNAM, así en la UAM, así en el cerebro de millones de mexican@s. Es cierto, no tod@s las/los miembros o ex-miembros de estas instituciones de noble origen entran en esta abominable amalgama de latifundios, que por desgracia es imperante. Los poderes corporativos de la Alta IP no se conformaron con crear sus propias fábricas de tecnócratas: nos han estado arrebatando poco a poco los verdaderos contrapesos de producción de conocimiento, convirtiéndolos en emulaciones del “realismo capitalista” que acusaba Mark Fisher. Hay que repetirlo: bloqueo y uso discrecional de plazas, incertidumbre laboral, exclusión por edad, outsourcing, escala de prebendas, burocracia dorada, represión, intimidación, mobbing a actores incómodos, el trabajo visto como privilegio y no como derecho… ¿Acaso no lo dijo la mismísima Margaret Tatcher? “A nadie le hace daño que se pague bien a las élites”.

Lamento no poder decir más. El colectivo al que pertenezco ha pagado caro el precio de pensar, y no nos dejarán en paz. Sólo les afirmo algo con certeza testimonial: El Presidente Andrés Manuel López Obrador no se equivoca.

Soy orgullosamente UAM, orgullosamente UNAM; quienes atacan al mandatario para defender a esa UNAM porfirista, no me representan, y les informo que es cierto: nos acercamos lentamente a la distopía de la Máxima Casa de Espurios.

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