spot_img

Vestirse para volar: El trayecto también importa

Hubo un tiempo —no tan lejano como parece— en el que viajar en avión era casi un ritual. Las personas se arreglaban como quien asiste a una ocasión especial

- Anuncio -

Por: Ernesto de la Sierra

Hubo un tiempo —no tan lejano como parece— en el que viajar en avión era casi un ritual. Las personas se arreglaban como quien asiste a una ocasión especial. Hombres con saco y zapatos pulidos; mujeres con abrigos impecables, sombreros y guantes. Se viajaba con estilo, con respeto por el momento y, también, por los demás.

Hoy, en algunas filas de abordaje, la escena es otra: pantuflas, chanclas, sudaderas enormes, pijamas, shorts rumbo al invierno europeo y, en casos avanzados, la famosa cobija con mangas convertida en atuendo de viaje. La comodidad tomó el control —y está bien. Los tiempos cambiaron y nadie espera ver traje y sombrero en cada vuelo.

Pero la comodidad no está peleada con la elegancia.

Un vuelo largo —digamos, 18 horas a Asia— sí amerita ropa cómoda. Claro que se vale usar tenis. Pero tenis no significa que vayamos al gimnasio, igual que volar no significa vestir como si el destino comenzara en la sala de abordar. La playa espera; el viaje aún no termina.

Un pantalón suave, una camisa o polo bien elegida, un suéter ligero, unos tenis limpios y estructurados. Capas. Siempre capas. Porque viajar implica caminar, esperar, sentarse durante horas y moverse en espacios reducidos. Los aviones son fríos —y eso lo sabe cualquiera que haya intentado sobrevivir envuelto en la mantita gris de avión—. La persona que viaja con intención se reconoce no por ir formal, sino por ir correcta.

Y luego están los controles de seguridad, ese primer ejercicio de paciencia colectiva. Quitarse el reloj, las pulseras los cinturones, vaciar los bolsillos, pasar mochilas, computadoras, abrigos. Nada extraordinario, salvo cuando la vestimenta complica lo inevitable. Viajar ligero —también en lo que uno lleva puesto— no solo facilita el proceso; demuestra consideración por el tiempo propio y el ajeno. Hay algo silenciosamente elegante en pasar sin prisas, sin drama y sin hacer esperar a toda la fila.

No se trata de pretender glamour permanente ni de regresar a los guantes blancos —aunque, entre nos, no le harían daño al mundo entero—. Lo que sí vale la pena recuperar es la idea de que viajar es ocasión, no rutina, y que la comodidad puede convivir con la elegancia sin problema alguno.

Viajar sigue siendo un privilegio. Un puente entre vidas, culturas, historias y destinos. Honrar el trayecto, no solo el destino, es parte de esa magia. Vestirse para volar no es vanidad; es una actitud. Es declarar que estar en tránsito no nos pone en pausa: también ahí somos nosotros.

La elegancia nunca ha sido sinónimo de incomodidad.

La clave es sencilla: comodidad, sí; descuido, no.

Porque, al final, tu imagen viaja antes que tú.

- Anuncio -spot_img

MÁS RECIENTE

NO DEJES DE LEER