Oswaldo Varillas Muñoz / @RebelionO
El Acuario en Bangkok, la Ciudad del Gozo en Bangladesh y La Zona en Reynosa Tamaulipas constituyen una topografía política del placer a destajo. El documental de Michael Glawogger La gloria de las prostitutas (Whores’ Glory, 2011) forma parte, junto con Megacities y Workingman’s Death, de un tríptico que da testimonio y reflexión sobre la globalización de los trabajos marginales, haciendo de esta tercera entrega una contrapuntística y descriptiva revisión de la prostitución.
Dividido en tres partes, el potente testimonio fílmico del cineasta austriaco enlaza tres regiones disímiles en donde se practica el mordaz “arte” de la humillación, el cual no es la prostitución per se, sino las brutales condiciones en las que se ejerce.
La progresión formal del documental, casi ficcional, va de un lúdico uso del color y de sobreimpresión por superficies reflexivas, o del pertinente uso de la música (CocoRosie, Maike Rosa Vogel o PJ Harvey) y del rítmico montaje en el fragmento sobre el Acuario a la austeridad casi ascética del plano fijo al interior de las desoladas habitaciones tamaulipecas, pasando por el coordinado uso de la cámara en mano que se traslada por los agrestes y oscuros callejones de la Ciudad del Gozo.
En La gloria de las prostitutas, aun cuando el trabajo se torna incesante siempre existe la posibilidad de mantener un resguardo metafísico. Hay, incluso, el tiempo para reivindicar una purificación y limpia simbólica del lugar de trabajo a través del fuego. A pesar de haber nacido al interior de una casta inamovible de la que es imposible escapar, las jóvenes bengalíes mantienen un feroz sentido de la dignidad: en la Ciudad del Gozo les es necesario resistir a las coordenadas culturales que atan a las servidoras permanentes de la satisfacción a esa inminente faena desde la niñez. También en Tailandia las trabajadoras se dan el tiempo preciso para orar, ante un Buda inconmovible, pidiendo más trabajo, más clientela, más dinero.
Y si es imposible ya confiar en aquel Dios celoso y envidioso que atestigua el epígrafe de Emily Dickinson, con el cual comienza el documental, entonces se puede recurrir a la niña blanca, la santa muerte que augura siempre una protección contra las fatalidades. Es preciso, entonces, marcar el cuerpo con una segunda certeza: no sólo se vive por y para el trabajo sino con la muerte a las espaldas. Y está el cuerpo que la implica, cúmulo hecho de afección y sensación, de encuentro fugaz con ese consumidor efímero, provisional y fugitivo que paga y “ordena”. Está el cuerpo colorido y agazapado, maquillado o tatuado, cuerpo danzante y agitado, cuerpo desolado por las formas de obligación a que se ha amoldado, cuerpo anti-metafísico, que se subleva, con su evidencia, a las grafías precisas de la destrucción, es el cuerpo que resiste a los modos de ocupación que no hayan pagado en efectivo el tiempo preciso que evita la demora y la tardanza.
Así, el filme de Michael Glawogger formula una evidencia casi universal en época de globalidad: el tiempo y el espacio son las formas y condiciones de toda posible experiencia laboral, tiempo como límite efectivo de todo contrato corporal y espacio como territorio de ocupación marginal. El documental suscita, hacia el final y por contrapunto, una estética particular del cuerpo desolado.
Finalmente la gloria que denota el título del filme no viene sino de la alegría por el trabajo ganado en el Acuario de Bangkok, o de la desilusionada conciencia, no por ello menos fulgurante, de saberse atrapada en la región del placer en Bangladesh; o bien, la “gloria” proviene de atenerse a la acertada y ácida convicción que la protagonista tamaulipeca enuncia al final del documental: “Es diciembre y nosotras ya nos la pelamos”.


