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Why the long faces? El Metro en seis distopías

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En el cine hollywoodense existe una larga tradición de producciones, muchas de ellas basadas en novelas o relatos, que muestran el lado oscuro del capitalismo y hacen críticas implacables a la injusticia y la desigualdad en que se basa todo el sistema económico. Muchas de ellas recurren al futurismo y la ciencia ficción: ubicando su trama en un futuro no siempre definido, evitan el aire panfletario y permiten un distanciamiento de las coyunturas siempre resbalosas.

Desde Fahrenheit 451 hasta la superproducción de Avatar, la singularidad de la cultura estadounidense permite la fina ironía de que una industria gigantesca critique el control del mundo por las empresas. Y la todavía más fina ironía de que estas producciones sean absorbidas por el público como meros espectáculos visuales completamente desconectados de los acontecimientos políticos.

Ilustraciones de Pepe Aguilar.

(03 de febrero, 2014).- Detroit, Michigan, un futuro no muy lejano de 1987. La ciudad se encuentra en bancarrota y no puede encargarse de proveer los servicios mínimos. El crimen organizado y las pandillas se apoderaron de la ciudad, que es llamada por sus propios habitantes Vieja Detroit: una ciudad donde nadie quiere vivir y en la que sólo cabe una palabra: decadencia.

Omni Consumer Products (OPC), una empresa que se siente orgullosa de haber hecho una fortuna en sectores considerados no lucrativos –hospitales, prisiones, exploración espacial– se ha hecho cargo del Departamento de Policía. Para hacerlo rentable, OPC termina con todas las prestaciones laborales, entrega a los agentes equipo obsoleto y los hace firmar contratos en los que la compañía queda libre de toda responsabilidad. Su contrato termina en el momento en que sean heridos.

Pero los seres humanos tienen límites y la ambición corporativa no: un policía que trabaje 24 horas 365 días del año, que no coma ni duerma es lo único que está a la altura de las expectativas de un CEO. Convirtiendo –sin su autorización ni conocimiento– a un policía en coma en un cyborg metálico, OPC logra su objetivo. Un solo agente combate todo el crimen y despeja el terreno para la demolición de Vieja Detroit. RoboCop salva el día.

Un contrato le permitirá a Omni Consumer Products demoler la ciudad entera y sustituirla por Ciudad Delta, una megaurbe de millones de habitantes en donde no existirá nada público: cada brizna de aire, cada gota de agua y cada rayo de sol serán un producto provisto y puntualmente cobrado por OPC. Los problemas empiezan cuando resulta que crimen organizado y corporación privada eran un organismo simbionte al que ni siquiera el más sofisticado cyborg puede combatir: RoboCop es propiedad de OPC y su programación le impide arrestar o agredir a cualquier ejecutivo de la corporación, no importa lo que haga.

Una larga metáfora que termina muy mal dos secuelas después.

 Especiales del Metro - Películas - Robocop

Ciudad Gótica, el día de hoy. Una metrópolis necesita un sistema de transporte complejo y sofisticado, pero las arcas públicas se encuentran en bancarrota. Una compañía multinacional que comenzó años atrás como una próspera pero modesta empresa familiar se hace cargo de la situación: empresas Wayne –Díaz, para quienes crecimos en los noventa– es una poderosa corporación que tiene su sede en Ciudad Gótica y está dispuesta a construir y gestionar una red de Metro.

Pero Ciudad Gótica también es azotada por el crimen. La policía se encuentra completamente corrompida y líderes mafiosos controlan prácticamente toda la economía local. Los ricos se encierran o huyen de la ciudad y los pobres no encuentran trabajo. Es difícil que un proyecto tan costoso como el Metro esté a la altura en las expectativas de beneficios. Para que resultara rentable, la tarifa tendría que ser altísima, pero en esta ciudad nadie podría pagarla.

Así que la única manera de no perder dinero en esta aventura es realizar la mínima inversión. Eliminando mantenimiento, seguridad y los más mínimos estándares empresas Wayne sigue adelante mientras el Metro se convierte en el paraíso del crimen al que tarde o temprano habrá de ponérsele final: otro superpolicía se hará cargo de la seguridad, pasando por encima de las instituciones que, nos dicen, parecen servir para nada.

Este justiciero será Batman, conocido en Wall Street como Bruce Wayne/Bruno Díaz.

 Especiales del Metro - Películas - Batman, Joker

Nueva York, 2022. El transporte y la vivienda han colapsado de manera definitiva. No existe manera de atravesar la ciudad. Tampoco es buena idea intentarlo: un toque de queda prohíbe los desplazamientos de los indeseables. En un país que actualmente es el mayor consumidor de carne, todo alimento fresco es un bien escaso y disponible sólo para una reducida élite.

Ése es el mundo de Soylent Green o Cuando el destino nos alcance, que imagina a dónde llegará la humanidad medio siglo después de que apareciera la película en 1973. En ese año, y ahora no es distinto, la mayoría de los habitantes del Tercer Mundo son lo que los antropólogos llaman vegetarianos de facto: no consumen carne porque se encuentra fuera de sus posibilidades económicas. 1973 fue el año en que dejaron de crecer los salarios en Estados Unidos, hoy, 1 de cada 6 estadounidenses se encuentran en inseguridad alimentaria, según su propio gobierno.

 Especiales del Metro - Películas - Soylent Green

Los Angeles, 2159. Desde la puerta de tu casa –o de cualquier casa– puedes ver el paraíso a sólo 300 o 400 kilómetros, dependiendo de la hora del día. Trescientos o cuatrocientos kilómetros, un viaje de cuatro o cinco horas en automóvil; o de 5 minutos en una nave espacial estándar. Porque el paraíso se encuentra orbitando alrededor de la Tierra, y aunque es muy fácil llegar, está prohibido hacerlo. De hecho, trabajas en una fábrica de naves que destruyen a todo el que intente acercarse. Incluido tú.

En Elysium no hay enfermedades, ni hambre, ni muerte. No hay limpiaparabrisas, ni vagoneros, ni viene-viene. El paraíso. Pero sólo puede entrar una persona por cada millón de habitantes de la Tierra. Como el Metro, que ahora sí será de Primer Mundo, aunque no sabemos si todos podrán utilizarlo, porque los salarios en la Ciudad de México seguirán siendo del Cuarto.

 Especiales del Metro - Películas - Elysium

En The Hunger Games vemos a un protagonista luchando contra un régimen totalitario, en donde la fusión de gobierno y sector privado ha dado paso a un mundo de control compulsivo, donde está prohibido moverse y pensar no es una actividad bien vista. Como si un día despertáramos y el Zócalo estuviera permanentemente cercado por granaderos. Como si.

 Especiales del Metro - Películas - The Hunger Games

Total Recall fue estrenada en 1990. Ahora el récord ha sido ampliamente superado, pero en ese momento era la película más cara de la historia. Se filmó en localidades futuristas que debían mostrar un mundo oscuro y ordenado. No Seúl, ni Nueva York o Abu Dabi: la Ciudad de México es la locación donde se desarrolla la parte terrestre de la película.

La glorieta de Metro Insurgentes y las instalaciones del –entonces– recién inaugurado Metro Chabacano muestran una Ciudad de México dinámica y expansiva, apenas repuesta del terremoto y con una sociedad civil que no supo vislumbrar cuánto retrocedería en los siguientes veinticinco años.

  Especiales del Metro - Películas - Total Recall

La Ciudad de México no está en bancarrota, y Emilio Azcárraga tiene muchos kilos de más para vestir un traje de neopreno, pero Miguel Ángel Mancera parece obsesionado con hacer realidad las distopías del cine estadounidense: este año se firmarán los primeros contratos de asociación público/privada para las tareas de mantenimiento en el Sistema de Transporte Colectivo Metro.

Es decir, parte de la administración del sistema de transporte más importante del país quedará fuera del control del gobierno que, se supone, elegimos para desempeñar esa tarea. Una asociación público/privada se lleva a cabo porque el gobierno argumenta no tener los recursos ni la capacidad técnica para llevar a cabo alguna de sus funciones, así que el capital privado provee el financiamiento a cambio de compartir las ganancias.

Sólo hay dos contras: su inversión no cubre lo que el Estado –del que el gobierno es representante– ha gastado antes de la firma del convenio, y además se establece, según la ley que rige estas asociaciones aprobada por Felipe Calderón, que en caso de pérdidas éstas son asumidas por el propio Estado. En el caso del Metro, los privados tomarán control de algo que se construyó con la inversión de más de 4 décadas de los impuestos de todos los mexicanos. De eso no pondrán un solo peso.

La insistencia de Mancera en convertir la Ciudad de México en una “ciudad de vanguardia” mediante el “rescate” de zonas de la urbe por inversionistas privados es otra señal ominosa. Cada vez que se anuncia un “rescate”, la traducción suele ser muy simple: expulsar a los pobres de las calles que han habitado por décadas y convertirlas en zonas de alto plusvalor donde habiten las personas más pudientes de la ciudad.

Donde antes había una vecindad de 200 personas, ahora hay 5 lofts con 1.5 habitantes cada uno. Sólo que en el plan no se dice dónde podemos vivir quienes no tengamos 10 millones de pesos para un departamento frente a la Alameda Central.

Hace mes y medio, Mancera anunció la demolición no de toda la ciudad pero sí de uno de sus espacios más emblemáticos. La Planta de Asfalto del Gobierno del Distrito Federal ha sido regalada a un consorcio privado para que construya ahí Ciudad del Futuro, una “zona de desarrollo económico” donde se asentarán empresas de tecnología. 152 mil 603 metros cuadrados de terreno a cambio de cero pesos para que el capital privado construya su Ciudad Delta.

Quizá ahí resuelvan el problema de inseguridad de la Ciudad de México que, según Mancera, no existe.

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