(03 de septiembre, 2014).- Atuendo impecable. Agenda perfectamente afinada. Aplausos justo cuando se tenían programados. Anuncios para impactar. Presentes todos los invitados seleccionados con anterioridad para no empañar el lucimiento programado. Ajustados promter y micrófonos. Cuidados al extremo todos los detalles de la recepción de quienes elegantemente ataviados ocuparían su lugar en el patio central mariano del Palacio Nacional. Cabellera y copete bien pintado, sin canas; maquillaje especial para las cámaras de alta definición, para esos aparatos que se muestran crueles con la delgadez y las arrugas. La cortesía presente en ese espacio.
Afuera, el escenario era totalmente distinto. Por primera vez el Zócalo capitalino, el lugar en donde se concentraba la población para los desfiles conmemorativos, los militares, para mítines, como punto terminal de manifestaciones, en el que se reúnen los capitalinos para escuchar a los músicos y cantantes de moda, en donde quienes asisten a las misas dominicales a la Catedral hacen sus paseos, sitio que también ha sido pista de hielo o mega librería, todo ello en un lugar de ciudadanos y para ciudadanos, se convirtió, sin más ni más, en un estacionamiento gigante para que los vehículos de los invitados permanecieran resguardados.
No hubo respeto por la plaza principal de la capital de la República como tampoco cortesía para quienes manifestaron su inconformidad por lo hecho durante dos años de gobierno; para ellos hubo vallas e imposición de un orden que responde al autoritarismo que viene ejerciéndose. Así que no se trata tanta descripción de banalidades, sino que es todo un escenario que dibuja una parte de la realidad nacional, de las grandes diferencias que existen entre gobernantes y gobernados, del alejamiento de éstos de lo que realmente importa a su pueblo, de la falta de comunicación, de los temores que ahora resulta que les infunden los que los entronizaron, los que pagan sus sueldos, los que ven mermado el patrimonio que es garantía de sus futuras generaciones.
Se hizo un reporte y se dieron cifras y, muchas de ellas lograron que la piel se pusiera chinita porque no queda claro si en su exposición hubo una gran dosis de cinismo, si lo hacen con un afán de que se crea que existe ocupación permanente, si se trató de justificar gastos y sueldos. Uno de ellos reveló los millones no solo de pesos sino de platos con comida caliente que fueron repartidos entre los necesitados. ¿Eso es motivo de orgullo? ¿No tendría que ser de vergüenza del grado que ha alcanzado la pobreza en el país y de la incapacidad manifiesta de combatirla, de revertir la situación económica? Carente de cifras sobre producción agropecuaria, sobre hectáreas sembradas, cosechas levantadas, un solo alimento, por lo menos uno que ya tuviera la categoría de suficiente para llevarlo a la mesa de todos los mexicanos, se da a conocer que repartieron comida caliente, que acercaron mendrugos que no han sido arrojados por las decenas de empresarios corruptos con los cuales el gobierno se ha aliado, sino también pagados con nuestros impuestos.

