Por Sergio Espinoza / Proyecto Diez
(11 de octubre, 2014).- El tema del que hablaré hoy es viejo, pero no por ello falto de actualidad. En días pasados me enteré, por diversos medios de comunicación, de la muerte de Jean-Claude Duvalier, el famoso Baby Doc, terrible ex presidente de Haití que de 1971 a 1986 ejerció el poder de una forma despótica tal, que un sátrapa oriental poca sombra le podría haber hecho.
Heredero de una dinastía que forjó su progenitor, Francois Papa Doc Duvalier, el recién fallecido fue uno más entre una serie de tiranos latinoamericanos que pulularon con deshonra en las páginas de historia de la segunda mitad del siglo XX.
Los Anastasio Somoza, Rafael Videla, Augusto Pinochet, Alfredo Stroessner, y ¿por qué no?, Fidel Castro son la máxima expresión de una conducción personalísima del poder que caracterizó la era pre-democrática de un subcontinente a medio camino entre el tradicionalismo y la modernidad.
Publiqué en redes sociales la nota y condené abiertamente el ejercicio presidencial del nefasto ex mandatario caribeño, ante lo cual, con asombro, sobrevino una andanada de comentarios en defensa del autoritarismo, derivaciones que por lo general llegaban a matices despojados de rigor analítico y más bien simplones, que sin embargo me pusieron en alerta porque reflejan el sentir de un sector educado (la mayoría de mis remitentes eran ex compañeros de universidad), voces cuyo sentido había visto ya reflejado en estudios de opinión serios con mayor rango de población.
Palabras más, palabras menos, los comentarios oscilaban entre la justificación de un gobierno dictatorial, en su vertiente más extrema, o con “mano dura”, cuando fueron benévolos, que imponga el orden público dada la desastrosa debilidad institucional que sufre nuestro país actualmente, sin atreverse siquiera a mencionar las probables consecuencias de lo que afirmaban.
Habrá quien diga que el carácter autoritario del Estado mexicano nunca desapareció del todo, pero es un hecho que la alternancia política y la gradual democratización de la vida pública le quitaron grandes dosis de poder y discrecionalidad al hombre en turno a la cabeza del Ejecutivo, instituyendo un régimen de contrapesos, bastante ineficiente, sí, pero sin duda alguna preferible al centralismo de antaño.
He ahí el punto medular de la cuestión que la opinión pública ignora: los costes del autoritarismo serían mucho mayores que sus beneficios, porque además hoy en día un régimen autoritario o dictatorial tampoco garantiza el orden o el progreso, como suelen pensar estas personas.
Me interesa aquí detenerme en una peculiaridad que mencioné casi al inicio de mi diatriba, y que tiene que ver con el hecho de que los comentarios defensores de este “despotismo progresista” provienen de personas con estudios universitarios. Algo mal se debe estar haciendo en las universidades en este país para arrojar a la vida a individuos con este tipo de certezas.
El contexto de violencia desorbitada que ha vivido desde hace por lo menos cinco años México puede explicar este tipo de razonamiento, pero entonces cabría esperar una mejor respuesta de los encargados de las instituciones universitarias por inculcar una educación humanista con el criterio fundado suficiente para frenar la tentación autoritaria.
No parece ser el caso, máxime si observamos el conflicto reciente en el Instituto Politécnico Nacional, originado por el contraste entre la exigencia de una educación integral y civilizadora y una visión mucho más utilitaria de la educación. No ignoro, por supuesto, que una de las tareas principales de la Universidad actualmente es proveer de recursos humanos capacitados al mercado laboral, y aún más; adecuar la oferta de espacios al perfil de crecimiento económico que exista en cada nación, pero también sostengo que esta asignatura no tiene por qué estar peleada con la formación de seres humanos responsables y civilizados. O quizá algo estoy perdiendo de vista. Si es así, pido auxilio.
Sobra decir que, cuando advertí que las creencias de mis compañeros y amigos se desviaban hacia la justificación de la concentración de poder, procedí a explicar el por qué estaban pisando terrenos peligrosos y a defender las pocas bondades, cierto, pero bondades al fin, que tienen los sistemas democráticos en detrimento de los tiránicos.
El tiempo dictará su siempre certero fallo.

