Por Pe Aguilar
(12 de noviembre, 2014).- “Julio César está un poco olvidado, no sólo por el gobierno, sino por la gente”, dice Marisa Mendoza, su viuda, en entrevista con La Jornada.
La noche del 26 de septiembre, cuando desaparecieron los normalistas, Julio César se comunicó con Marisa para avisarle que los estaban baleando. Después de eso, su cuerpo fue encontrado con el rostro desollado.
El joven de 22 años acababa de ingresar a la Normal Rural de Ayotzinapa, aunque su vocación de maestro lo había acompañado por años. Primero en la Normal Rural de Tenería, la de Tenancingo, donde estudió medio año hasta la muerte de su abuela Guillermina, situación que lo deprimió a tal punto que abandonó sus estudios.
Tiempo después, trató de ingresar a Tiripetío, Michoacán, pero no aprobó el examen. Finalmente fue aceptado en la Escuela Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero, donde fue asesinado dos meses después del nacimiento de su hija Melissa.
“Cualquiera se aterroriza con sólo pensar que exista alguien capaz de hacer eso”, explica Marisa al recordar que a su marido le robaron los ojos.
A pesar de su juventud y del dolor que la acompaña, Marisa acudió al encuentro en Los Pinos con Enrique Peña Nieto. “Le exigí que no se desentendiera de Julio César, porque a él lo desollaron vivo y esa es una tortura extrema. Un crimen contra la humanidad”.
En casa de los Mondragón, en Tenancingo, siguen llegando cirios. Los vecinos y amigos los regalan como parte de la costumbre para acompañar al difunto en su viaje.
Ahí, en el cuarto donde Julio viviera de soltero permanecen algunos de sus libros: El lobo estepario, de Hermann Hesse; México profundo, de Guillermo Bonfil Batalla; El valor de educar, de Savater.
En esa casa, donde la ausencia de Julio aún no se asimila, el recuerdo de aquella noche aún los atormenta. La noticia de la muerte del joven normalista llegó casi de inmediato, cuando el hermano menor de Julio lo reconoció en una fotografía.
Entre lágrimas, el menor decía con un celular en la mano: “No tío, es su bufanda, es su playera. Y mírele las manos. Julio tenía dos pequeñas cicatrices de quemaduras en una mano”.
Como si la totura hacia Julio y su familia no hubiera sido inhumana, los funcionarios del Servicio Médico Forense (Semefo) de Chilpancingo hicieron pasar a la viuda un momento aún más amargo al no querer agregar en el informe una observación sobre los signos de tortura.
En el acta de defunción número 140301751 se señala como causa de la muerte edema cerebral, múltiples fracturas en cráneo, lesiones producidas por agente contundente. Ese documento continúa en las oficina de Iguala, pues a los familiares se les negó el envío.
La entrega del acta, como la justicia, quedan pendientes para Julio.


