I.- El presidencialismo mexicano ha sido copiado del presidencialismo estadunidense. Aunque su ejecución es mucho más autoritaria y es abortado del embarazamiento corruptísimo de las urnas; pues las elecciones siguen siendo amañadas y avaladas por los órganos de control y vigilancia que deberían defenderlas: el INE, el TRIFE, y la misma Suprema Corte que para esos efectos no funciona como Tribunal Constitucional. Ese presidencialismo, hoy en manos de Enrique Peña Nieto y el perverso grupo de Atlacomulco, está en riesgo de no alcanzar la orilla del 2018 para ejecutar y administrar su programa de más contrarreformas que reformas, para lo cual tiene en Luis Videgaray al heredero de la monarquía sexenal, siendo además la eminencia gris del cártel que convenció a Peña Nieto y al PRI-PAN-PRD para suscribir el Pacto por México.
II.- Ese presidencialismo, desde hace 30 años, es decir: en cinco sexenios –que serán seis con el fallido peñismo– estuvo tanteando el terreno y ejecutando las condiciones para poner en marcha el último capítulo del programa privatizador que tenía como último objetivo, no acabar con los monopolios privados, sino desmantelar a Pemex por la vía de otorgar contratos para que toda clase de empresas, nacionales e internacionales, estando las de Estados Unidos particularmente interesadas, encuentren, extraigan y comercien con los yacimientos petroleros y de gas. Y que además participen en el comercio eléctrico. Todo ese negocio sometido al libre mercado, para que la oferta y la demanda del capitalismo salvaje, determinen los precios. Este sistema exige liquidar todos los subsidios. Y que en un país con 30 millones de pobres, con un desempleo reflejado en los 40 millones sobreviviendo en la informalidad callejera y 15 millones muriendo de hambre, todos ellos como consumidores sean los que paguen la apresurada “modernización” del mexiquense.
III.- Es así que sabiendo que nuestra democracia se ha fracturado, al estar por una parte sólo el poder (el kratos) Ejecutivo, Legislativo y Judicial en manos del presidencialismo; y por la otra, como indiferente, el demos (el pueblo), con todo el acelerador adentro, Peña-Videgaray o, mejor dicho, Videgaray y Peña, imponen a sangre y fuego su programa capitalista para llevar hasta sus últimas consecuencias al neoliberalismo económico, como capitalismo salvaje, en el contexto del libre mercado asido a la globalización. Pero protegiendo de sus nefastas consecuencias a las 300 familias multimillonarias en las que está concentrada la riqueza del país, y de las que habló el padre del júnior Azcárraga Jean, el mexicano-estadounidense, Emilio Azcárraga Milmo quien definió a los mexicanos como un “pueblo de jodidos”. Por todo esto, el empobrecimiento mexicano es potencialmente explosivo y más en la medida de cómo se vayan a implantar lo que llaman “reformas estructurales”, con las que se busca darle a las políticas económicas pública y privada, el jalón procapitalista. En la nota de mañana continuaremos analizando ese jalón con el que Peña quiere, dizque “mover a México”.

