Para el Centro de Estudios Económicos del sector Privado (CEESP), tres son los factores principales que inhiben las inversiones en México: la inseguridad, la corrupción y la impunidad. Esto lo sabemos incluso sin necesidad de que lo afirme una institución seria como la mencionada, porque salta a la vista una realidad que nos afecta a la mayoría de ciudadanos. Lástima que no la quieran ver los miembros del “gobierno” de Enrique Peña Nieto, porque tendrían que actuar de manera muy distinta a como lo han venido haciendo, y se verían obligados a cambiar su orden de prioridades, y eso no lo van a hacer porque se robaron la Presidencia para medrar, no para servir al país.
Esta es la gran diferencia con el sistema político de antes del golpe de Estado de los tecnócratas, cuando la vieja clase política tenía códigos muy precisos que debían ser respetados, y quien no lo hacía era inmediatamente castigado con el ostracismo y la pérdida de pertenencia a un partido todopoderoso, que lo era porque contaba con reglas no escritas que demostraron su efectividad hasta que comenzó la descomposición interna, por las ambiciones de grupos de interés cada vez más reaccionarios. Finalmente se impusieron, a partir del sexenio de Gustavo Díaz Ordaz.
En otras circunstancias, el proceso electoral que culmina el 7 de junio podría ser un elemento favorable al sistema, pero no en la actualidad cuando la mayoría de los electores han perdido confianza en los órganos electorales, como lo reconoce el CEESP, “en particular para el caso del partido que ha violado sistemáticamente la ley electoral”. No dice a qué partido se refiere, pero es indudable que se trata del PRI, aunque ahora bien podría pensarse en los partidos satélites al servicio de la oligarquía, como son el PAN, el PRD y, a últimas fechas, el Partido Verde (PVEM), ante la desconfianza de los priístas al blanquiazul, cuya dirigencia está obligada a manifestar una dosis elemental de oposición para recuperar a sus bases, antipriístas por mero principio.
Ni que decir tiene que la burocracia dorada está sumida en un pantano, del que no podrá salir a menos que decidiera hacer una purga de fondo en sus filas, lo que resulta impensable porque la consecuencia sería igual de fatal que ser tragados por el estercolero en que están metidos; pero a cambio podrían salvar, un sexenio más cuando menos, al sistema reaccionario al cual deben su ascenso político. No lo harán, seguramente, porque la élite en el poder político no tiene visión estratégica como antaño, sino simples tácticas para salir de apuros cada vez que se presentan. El problema es que la periodicidad es cada vez más frecuente.
Hasta el gobierno estadounidense, aprovechando la coyuntura, envía a funcionarios de segunda a dar instrucciones al “gobierno” de Peña Nieto, llamarle la atención por la ineficiencia mostrada y recomendarle una defensa más firme de los derechos humanos. En otras circunstancias, no se hubiera aceptado tamaña injerencia y se habría pedido una disculpa a la Casa Blanca, máxime cuando Estados Unidos es el país que más viola los derechos humanos de las minorías en su territorio y cuenta con un gravísimo historial de terrorismo. Es obvio que su verdadera preocupación es que Peña Nieto no demuestre capacidad para salir adelante, ni tampoco voluntad para imponer, con eficacia y firmeza, un régimen represor, como también lo quiere la oligarquía.
No es que le falten ganas al inquilino de Los Pinos de seguir ese rumbo, sino que no existen las condiciones para dar ese paso, pues una vez dado ya no habrá marcha atrás. En consecuencia, no le queda de otra que dejarse llevar por la inercia de los acontecimientos, con la esperanza de que el trabajo sucio de los partidos reaccionarios (con el apoyo de sus agentes infiltrados en las organizaciones democráticas y progresistas), rinda frutos en las elecciones intermedias y puedan contar con más fuerza en el Congreso en el último tramo del sexenio.
Por eso es fundamental que el pueblo entienda que no votar o anular el voto es hacerle el juego a la derecha. Urge derrotar al abstencionismo y a la simulación, única salida viable a la violencia antidemocrática y al terrorismo del Estado. No votar equivale a brindar apoyo a un estado de cosas que nos lleva al fascismo.

