El clima de terror que generan grupos ligados a la alta burocracia

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Las elecciones del próximo 7 de junio deben enfrentar dos obstáculos: el clima de terror que están generando grupos ligados a la alta burocracia, y el fatalismo de amplios sectores que tienen la convicción de que no tiene caso votar porque las decisiones ya están tomadas por quienes verdaderamente mandan en el país. En ambos casos quien sale ganando es la clase política y la oligarquía, pues mientras menos votos haya en las urnas más fácilmente pueden justificar un “triunfo” inobjetable.

Las dos situaciones van en contra del imperativo de sacar a la sociedad del pantano en que la tiene sumida el sistema político reaccionario que mantiene el poder desde hace más de siete décadas, el cual aspira a seguir disfrutando. No se trata de acciones aisladas, sino de una estrategia perfectamente planeada, no aquí sino en oficinas en Washington o Nueva York, donde trabajan los “thing tanks” que tienen la encomienda de meter totalmente a México en el carril de la globalización.

Como en los tiempos del maderismo, el embajador estadounidense se entromete con total desparpajo en los asuntos internos de México. Así lo muestran las declaraciones y actividades de Anthony Wayne, realidad que no debe asombrarnos pero sí preocuparnos porque la Casa Blanca en Washington está acelerando el proceso que nos lleva a ser una colonia de la nación vecina, paso fundamental para derrotar la ola nacionalista de los países sudamericanos que no aceptan el fatalismo implícito en la consigna del Destino Manifiesto.

Lo que sí llama la atención es el tono de algunas declaraciones del embajador Wayne, como la que hizo el domingo, con motivo de la conmemoración del Día Internacional de la Libertad de Prensa. Afirmó que “los niveles de impunidad se mantienen alarmantemente altos, y aún no hemos visto una sentencia exitosa a nivel federal para crímenes contra periodistas”. Con ser una verdad irrefutable, él no tiene derecho alguno a decir palabras que significan una intromisión inaceptable en los asuntos internos de México.

Ciertamente, la violencia parece ir en aumento en el país, como lo demuestran los acontecimientos ocurridos en Jalisco, recientemente, y en otros estados de la República. No es gratuita la amplitud de la cobertura en los medios de tan dramáticos enfrentamientos entre supuestos delincuentes y fuerzas policiales y miembros del Ejército. Tal parece que así se quiere justificar el despliegue de militares y policías federales, el cual por sí mismo alarma a la población que lo mira y sufre.

Es muy claro el objetivo que subyace en ambos mecanismos del poder, el de la violencia y el del fatalismo ante lo inevitable: inhibir el interés de la población en votar, porque es muy peligroso salir a las calles y porque no tiene ningún caso emitir un voto que no va a servir de nada. ¿Acaso no se negoció con la Federación Mexicana de Futbol realizar un juego entre las selecciones de México y Brasil el mero domingo 7, día de los comicios? Lo que busca el grupo en el poder es tener manos libres para hacer lo que le venga en gana ese día y los subsecuentes, con el fin de afirmar que obtuvo un “triunfo” inobjetable, aunque el porcentaje de abstencionismo supere el 60 por ciento.

Es obvio también que mientras menos participe la sociedad en política, más fácilmente podrán los grandes grupos de interés maniobrar para influir en el rumbo del país y fortalecer su estrategia desestabilizadora. Tal parece que quieren abonar el terreno para que sea la propia población la que acepte sin chistar la intromisión extranjera como la única “solución” a la terrible descomposición del sistema político mexicano.

Es incuestionable que las grandes decisiones ya no se toman en Los Pinos o en Palacio Nacional, sino en Washington, como lo patentiza la naturalidad con la que el embajador Wayne opina sobre asuntos nacionales; asimismo, es una realidad irrebatible que la globalización es un proceso que obliga al gobierno de México a obedecer las instrucciones de la Casa Blanca. Pero eso no implica que el pueblo deba aceptar con los brazos cruzados un trato de esclavos asalariados, como el que nos quiere asignar a fuerza la derecha en el poder, obedeciendo dócilmente las consignas del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, hábiles instrumentos de los verdaderos amos del mundo.

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