Boicot al simulacro, no a la democracia

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Por: José Carlos Moreno

Ilustración: Pe Aguilar / @elesepe1

 

Ante las recientes manifestaciones de violencia a diversas oficinas del INE en el país y en vísperas de las elecciones federales, cabe preguntarse si lo que se busca con ellas es un ataque a la democracia o un ataque a la simulación de la democracia que ciclo tras ciclo lleva a cabo la clase política mexicana.
¿Qué mensaje se recoge de una situación como la actual? La situación de los ataques en Guerrero, Chiapas, Oaxaca, Veracruz, Puebla, Michoacán, y otros lugares, en conjunto con las llamadas abiertas al abstencionismo y la anulación del voto por parte de diferentes figuras referentes de lucha y defensa de Derechos Humanos (Sicilia, Solalinde, EZLN, caravana Ayotzinapa), apoyada por sectores y redes sociales, nos comunica que no es sólo una violencia irracional con propósitos de “desestabilización” o “terrorismo”.
México es un país que ha vivido sumergido en una dictadura de poderes fácticos por más de 70 años. Difícilmente podemos hablar de que haya conocido la democracia en su sentido más amplio, ni siquiera en el más inmediato, dados los recurrentes fraudes que ha sufrido a todos los niveles posibles.
Es decir, en México la democracia en los comicios ha sido brillante por su ausencia. Cada ciclo es lo mismo: se preparan campañas millonarias con operaciones de lavado de dinero, fraudes, y financiamientos extranjeros; el país entero se moviliza al compás de los flujos monetarios que se ponen en acción; las bases de todos los partidos se ponen en acción contratando masivamente a jóvenes universitarios o desempleados para el proselitismo; el chapulineo, el compadrazgo, el hueso, la plaza, y otras acciones y migajas de poder entran a escena.
Cada época electoral las personas mexicanas vemos desfilar caras nuevas en toneladas de basura electoral, y muchas con cada vez más pereza, y muchas cada vez con más hastío, y muchas cada vez con más odio por las promesas no cumplidas. Muchas cada vez con más frustración por el orden de las cosas que parece que nunca cambia y sólo se agudiza, se complejiza, se perfecciona.
Y es que los que hacen la política en este país han entendido que el discurso y la imagen lo son todo. Como agentes de una marca internacional, reproducen mensajes vacíos de veracidad y de congruencia, vacíos de verosimilitud, lo que sea por venderse. Y ya una vez en el poder, son los autores y protagonistas de los conflictos de intereses, de las alianzas insanas, de la vendimia de los recursos nacionales, de la corrupción, y de las leyes y las políticas represoras.
Al político promedio en México se le educa  a pensar y creer que hablar no compromete, sucede en muchas Universidades públicas y respetables como la U.D.G. Ninguna afirmación más cancerígena para una persona. Los compromisos que adquirimos como seres humanos con el lenguaje provocan una erupción de consciencia y una tensión a la acción congruente, misma que cuando es acallada firme y sistemáticamente con el martillo de la desvergüenza que requiere la voluntad de poder, termina por bloquearse y dar paso al libre cinismo sin cargo de consciencia.
Y así nacen los políticos corruptos por excelencia. De ahí, a mi parecer, proviene y se entiende una conducta que definirá su vida en general pero para lo que nos importa aquí, definirá su vida política y el “servicio” que realizará a su nación, dando como resultado que el político promedio no se entienda nunca como servidor público, sino como un representante del poder, obligado a ejercerlo primero en su beneficio y en el de los más cercanos, para no atentar contra el juego de la política.
Pero no tienen reparo en sacarse los ojos cuando sea conveniente unos entre otros. La dicotomía del discurso bondadoso y las acciones malignas es la esencia del político promedio, de ahí los comportamientos esquizoides. De ahí que la población se encuentre rehén, presa y con síndrome de Estocolmo: “ahora sí hay que creerles”, es la respuesta de mucha gente.
Los ataques en el territorio nacional, entonces, son contra la simulación de la clase política, no contra la democracia. Todo por fuera es simulación: las elecciones en México son más que nada una puesta en escena para la recaudación y redistribución de dinero y de poder, donde los delitos electorales son el pan de cada día, desde el día uno. Son una campaña empresarial que reactiva economía pero no democracia: esa queda olvidada cada vez con más cinismo al fondo de algún baúl de ideales sociales por los que millones de personas han dado la vida.
Los ataques deben de ser entendidos, si acaso, como muestras legítimas de democracia, muestras legítimas de la expresión reprimida y deben verse como vehículos del hartazgo y de una verdadera ira ante la simulación electoral y la clase política. Como sucede en cualquier relación humana, el engaño recurrente tapado de simulación genera violencia; la violencia no brota de la nada.
Entonces no deberían de sorprender estos conatos violencia. No es irracional que la gente llegue al hartazgo y reaccione violentamente.Tampoco debería de sorprender la incapacidad gubernamental para la conciliación, la mediación, la construcción de Paz. Y la paz no existe sin justicia, y la justicia no podrá existir mientras la voluntad política no se centre en algo más que sí misma, mientras el político actual y en formación no entienda que hablar sí compromete
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