México fue el único país petrolero que no recibió ningún beneficio por los precios al alza de hidrocarburos

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Ahora resulta que la década pasada fue “una década dorada”, según el vicepresidente del Banco Mundial para América Latina y el Caribe, Jorge Familiar Calderón. Seguramente usted, amigo lector, no se dio cuenta que América Latina estaba viviendo en el mejor de los mundos posibles. Desde luego que no, porque la bonanza nunca nos llegó a los ciudadanos de a pie. Sin embargo, el grupo en el poder sí disfrutó de ella, y lo sigue haciendo, cuando menos en nuestro atribulado país, donde la riqueza petrolera se esfumó sin dejar rastro, como si un tornado monstruoso la hubiera extraído del subsuelo y se la hubiera llevado por los aires hasta la estratósfera.

En la década pasada, México fue el único país petrolero que no recibió ningún beneficio por los precios al alza de los hidrocarburos. Los mexicanos fuimos castigados con incesantes incrementos al precio de las gasolinas, mientras la mayoría de naciones productoras reducían los precios a los consumidores del energético. Las sumas multimillonarias que se colectaron por las exportaciones de crudo se perdieron en el éter, porque Pemex siguió endeudándose sin límite ni medida, hasta quedar literalmente en un estado de quiebra inexplicable. Por eso no participará en la licitación de la ronda uno para exploración y explotación de yacimientos. La disculpa, por supuesto, es la baja en los precios internacionales de hidrocarburos.

En consecuencia, tal como era previsible, se le dejará el camino libre a las grandes empresas trasnacionales, pero como en ninguna parte de la reforma energética se habla de “privatización de Pemex”, pues no hay tal. Así de sencillo y háganle como quieran. No hay dinero para que la ex empresa propiedad del Estado participe en proyectos que le permitan obtener algún beneficio, lo que la llevará a la extinción, al igual que las miles de pequeñas y medianas empresas que han estado cerrando sus puertas cada año, a mayor velocidad desde el año 2000; pero sí lo habrá para la construcción de un nuevo aeropuerto de la ciudad de México, que requerirá de 95 mil millones de pesos tan sólo en la primera etapa de las obras.

Al anunciar la licitación de 21 paquetes de obra, el secretario de Comunicaciones y Transportes, Gerardo Ruiz Esparza, informó que se solicitará una línea de crédito revolvente por 2 mil millones de dólares, que se sumarán a los mil millones de dólares obtenidos el año pasado mediante la emisión de un bono. ¿Tiene algún sentido una obra no prioritaria, que además podría quedarse a medias, tanto por la extraordinaria cifra que requerirá su terminación como por los conflictos que puedan surgir con los comuneros que se sientan afectados? El mismo funcionario dijo que no podría garantizar que no habrá conflicto con los habitantes de San Salvador Atenco y otros municipios.

Tal parece que no se sacó ninguna enseñanza con el fracaso de la construcción del tren rápido de la ciudad de México a Querétaro, así lo deja ver el empeño en construir una nueva terminal aérea para la que no se tiene garantizado su financiamiento, y en cambio podría ser un campo propicio para nuevos conflictos sociales. Cuánta razón tiene el papa Francisco al afirmar que el “dios dinero” crea sistemas que nos aplastan. Así lo deja ver el hecho de que 208 millones de latinoamericanos estén en riesgo de regresar a la pobreza, según el vicepresidente del Banco Mundial. Aunque su apreciación es falsa, porque sólo unos pocos países de la región lograron tasas de crecimiento, la década pasada, de entre 4 y 6 por ciento. Por supuesto, México no está en ese reducido grupo.

De ahí que sea fácil pronosticar días muy difíciles en los meses venideros, no tanto por los “ajustes” presupuestales, sino sobre todo por la irresponsabilidad con la que sigue actuando el gobierno federal. Sin embargo, Enrique Peña Nieto no tiene empacho en decir que “hoy debemos procurar tiempos de unidad nacional y de trabajo corresponsable en favor de los mexicanos”. El problema es que no pasa del discurso a los hechos, como lo patentizan acciones inexplicables desde una lógica elemental. Y todavía quiere, el grupo en el poder, que haya “unidad nacional” cuando no hay condiciones mínimas para avanzar en esa dirección. Al contrario, cada día se profundiza más el divorcio entre gobernantes y gobernados.

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