Rechazo al sistema, no sólo a Peña Nieto

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El bajo nivel de aceptación que tiene Enrique Peña Nieto no tiene trascendencia en la vida política nacional. Podría argumentarse que es la consecuencia de su falta de carisma, pero en realidad es el reflejo del enojo de la mayoría de la sociedad por los pésimos resultados de una gestión “gubernamental” en bancarrota, aunque no producto del actual sexenio, sino de manera evidente a partir del fracaso de la mal llamada alternancia en el año 2000.

Se trata de un proceso de franco deterioro de las instituciones del Estado, las cuales fueron secuestradas por una élite oligárquica que no acepta ni por asomo que haya democracia en México. Ciertamente, la falta de méritos políticos y personales del inquilino de Los Pinos ha contribuido de modo decisivo a su muy escasa aceptación ciudadana, pero lo fundamental ha sido la quiebra de un sistema político reaccionario, entregado a intereses extranjeros que se olvidó completamente de su responsabilidad al frente del Estado.

Según la encuesta publicada por el periódico “Reforma”, sólo 34 por ciento de la población aprueba el desempeño del abanderado del PRI. Llama la atención que tenga tal resultado apenas a los dos años y medio de haber tomado posesión de su cargo de manera por demás vergonzosa, en cuanto que fue obvia la compra de votos a través de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol), así como el abuso de las argucias de siempre y algunas más novedosas, como la entrega de tarjetas comerciales.

Tal resultado deja ver que no sólo Peña Nieto está en acelerado declive, sino que la sociedad empieza a darse cuenta que es el régimen el que no funciona. La desaprobación es a un sistema cínico que no tiene empacho en actuar sin tapujos en contra de los intereses nacionales, por lo que podría afirmarse que si fuera otro el inquilino de Los Pinos, del binomio PRI-PAN, las encuestas darían el mismo resultado. Quizá no tan bajo como el nivel que tiene Peña Nieto, pero a final de cuentas sería reprobatorio.

Más enojo hay entre amplios sectores ver el exceso con el que se ensañan contra la mayoría del pueblo, mientras que las élites se despachan con “la cuchara grande”, como dice el dicho popular. Nunca como ahora el país ha tenido tal distancia entre la inmensa mayoría de población que carece de lo mínimo indispensable y una minoría cada vez más reducida, que se ha enriquecido de manera brutal y absurda.

Y como siguen bajando los precios internacionales del petróleo, la burocracia dorada toma esta realidad como pretexto para seguir empobreciendo al pueblo, mientras las élites del poder económico y político se siguen enriqueciendo, situación que no escapa a la visión de las clases mayoritarias. Luis Madrazo, titular de la Unidad de Planeación Económica de la Secretaría de Hacienda, anunció el viernes más “ajustes” al presupuesto de la federación con ese pretexto. Las clases mayoritarias seguirán cargando con el peso abrumador de la crisis perenne desde hace más de tres décadas, porque lo prioritario para el régimen es “mantener la disciplina fiscal”, manera hiperbólica de decir que se continuará garantizando una estrategia económica favorable únicamente a la cúpula de la oligarquía.

Así como vamos, se observa muy cuesta arriba el transcurrir del sexenio. Los niveles de aceptación del pueblo a Peña Nieto irán rápidamente a la baja en los próximos meses, lo que redundará en mayor debilidad del grupo en el poder, en más presiones del sector privado y más acelerada depredación de las riquezas nacionales. Como dice otro dicho popular, “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Eso es lo que veremos en los siguientes meses, mientras el sistema político se debilita y se fortalecen las élites del poder, de manera por demás obvia en esta “administración”.

De ahí la urgencia de un cambio de régimen, pues de otro modo estamos condenados a vivir una situación cada vez más caótica y peligrosa. La izquierda tiene la oportunidad de demostrar madurez e inteligencia. No hacerlo, como así ha sido a través de la historia, sobre todo en nuestro país, nos llevará a un modelo fascista de terribles repercusiones en la sociedad en su conjunto. Es preciso que la izquierda entienda que primero tiene que tener el “pastel” en sus manos y luego empezar a repartirlo.

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