¿Una amenaza el hartazgo social?

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A unos días de que se cumpla un año de la desaparición forzada de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa, luego de haber sido detenidos por policías del municipio de Iguala y del estado de Guerrero, las protestas van en aumento con riesgo evidente de que la situación se salga de control, como ocurrió la mañana del martes en la carretera federal Chilpancingo-Tixtla. El gobernador Rogelio Ortega tiene el compromiso de evitar que las protestas de familiares y amigos de los desaparecidos salgan de los límites estatales; tarea imposible, porque el descontento ciudadano, el hartazgo por la ausencia de democracia y justicia social, cubre todo el territorio nacional.

Es también muy claro que la respuesta de las autoridades será tan violenta como lo exijan las circunstancias. Así lo anunció el gobernador Ortega: “Hemos llegado ya a una situación en que el límite de tolerancia extrema ha concluido: cada acción que se realice, sea quien sea, tendrá que responder frente a sus responsabilidades legales”. Es lo mismo que dicen cada vez más ciudadanos, quienes empiezan a comprender que la única manera de frenar la violencia del Estado contra ellos, es dejando a un lado la pasividad y el temor a la represión. En este contexto de polarización, lo único que cabe esperar es una creciente ingobernabilidad.

Esto lo sabe la burocracia dorada, por eso Enrique Peña Nieto se escuda cada vez más en las fuerzas armadas, táctica equivocada que tendrá resultados contraproducentes, que hacen prever un final de sexenio muy complicado. Todos los días aparece flanqueado por los titulares de las secretarias de Defensa y de Marina, Salvador Cienfuegos y Vidal Francisco Soberón, respectivamente. El martes, durante la ceremonia de abanderamiento del 108 batallón de infantería, en Jojutla, Morelos, informó que durante su administración se han construido seis cuarteles en diversas regiones del país, y cinco más están en proceso de construcción.

En el sexenio del panista Felipe Calderón se demostró plenamente que el uso de la fuerza del Estado para combatir a la delincuencia organizada, ocasionó  mayor descomposición del tejido social. Peña Nieto prometió que modificaría dicha estrategia, sin que hasta la fecha lo haya cumplido. Al contrario, ha buscado crear un marco conceptual que justifique la represión. Fue muy explícito cuando dijo, hace varias semanas, que el principal enemigo de los mexicanos “es el populismo”. Afirmó que “fomenta  el odio y ofrece salidas mágicas”, cuando es un hecho que quien está actuando de esa manera es el gobierno federal cooptado por la cúpula oligárquica.

 Cuando lo que hace mucha falta en el territorio nacional son escuelas, la piedra angular de una verdadera reforma educativa, Peña Nieto se decidió por la construcción de costosas instalaciones para las fuerzas armadas. ¿Qué mensaje envía a la población con una orden de esa índole? La respuesta es muy obvia y no merece mayor análisis. Lo que queda de manifiesto es que no es “el populismo” el que erosiona la confianza de los ciudadanos, como ha dicho en varias ocasiones, sino las políticas públicas que fortalecen la desigualdad y la creciente injusticia social, que han empobrecido a cada vez más mexicanos y los hunde en una actitud de sordo rencor social que tarde o temprano habrá de estallar.

La experiencia histórica nos muestra que cuando un Estado no tiene más respuesta a los reclamos ciudadanos que el uso del garrote, los resultados son siempre los mismos: la violencia se le revierte y lo hace naufragar. Esto debieran tenerlo muy en cuenta los ideólogos del grupo oligárquico en el poder, en vez de querer minimizar los problemas nacionales con fórmulas muy gastadas, como la de culpar al “populismo” de nuestro males, cuando es muy claro que éstos provienen de la terrible desigualdad social, del acaparamiento brutal de la riqueza por unas cuantas familias, como sucedía en el porfiriato.

Más se habrán de complicar las cosas, mientras avanza el sexenio, por ese absurdo afán del inquilino de Los pinos de querer engañar a la ciudadanía con un triunfalismo sin asidero en la realidad. Si todo marcha muy bien en el país, si vamos por el rumbo correcto como afirma, ¿por qué tanto interés en apuntalar un régimen militarizado? ¿No será que ya se tiene conciencia en las cúpulas del hartazgo de las clases mayoritarias ante tanta corrupción y cinismo?

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