Por: Valentina Pérez Botero
La complejidad de insertar el uso del condón en la cotidianidad de las relaciones sexuales, como el único método capaz de prevenir infecciones de transmisión sexual (ITS) y VIH, ancla su problema en la asociación de reducción de placer con su uso.
La conciliación entre sexo protegido y las relaciones sexuales que involucran penetración, tiene una cara doble: por un lado, la creencia en sí de que reduce el placer y por el otro, los inconvenientes de su uso.

Personas alérgicas al látex, por ejemplo, sufren de irritación causada por el mayor y más común componente de los preservativos, lo que desalienta su utilización. Otra razón es que el tamaño convencional de los preservativos no satisface las demandas particulares de grosor y largo, lo que atenta contra la seguridad –en términos de ruptura- y de comodidad, para ambas partes.
Científicos han encontrado que son los hombres entre quienes más prevalece la idea y en consecuencia menos utilizan el preservativo en la cotidianidad de sus relaciones sexuales. El problema radica en que es el condón masculino el más accesible –en precio y mercado-, y al ser ellos los portadores directos quiere decir que la prevalencia de esa creencia va en detrimento directo de su uso.


