Por: Valentina Pérez Botero
tw: @vpbotero3_0
La subasta por la virginidad de Valentina empezó en 50 mil dólares. Sólo su cuerpo cuesta 6 mil a través de internet y Valentina se puede convertir en Ana, Luis, Juana y María con unos cuantos clicks de diferencia que cambian el color, le escogen cuerpo, genitales y color de ojos.
Valentina es una mujer, pero una mujer de plástico. La empresa norteamericana que las fabrica, RealDoll (http://www.realdoll.com/cgi-
La tecnología para crear las muñecas sexuales parte de la más alta tecnología de Hollywood: desde 1996 la empresa ha utilizado implantes de silicona, materiales que se asemejan a la piel humana, uñas, dientes y pelo; todo con el fin de dar una mujer-hombre totalmente articulada y casi real.
Aunque cifras exactas sobre el mercado de las muñecas inflables no existen, el sector no sólo es lucrativo –la cantidad de empresas del sector hablan de una demanda- sino de una rotación de las acompañantes: RealDoll venden kits para limpiar y reparar muñecas de segunda. Y de una visibilización: en Sao Paulo, Brasil, terminó el 10 de marzo la primera Muestra Internacional de Muñecas Inflables en el mundo.
La demanda de juguetes sexuales, como las muñecas inflables y sexbots, tiene múltiples lecturas. Los estudios psicológicos más antiguos hablan sobre el vínculo entre hombres y estatuas, mientras que los sexólogos actuales han etiquetado la extrema dependencia como una patología sexual que busca reducir al máximo el contacto humano y cosifica, inerte, la presencia del otro a través de la simulación.
Este tipo de juguetes es ampliamente usado como elemento de excitación en las parejas y también ha rendido frutos en su uso para personas privadas de su libertad.


