Por: Rodrigo González
Tw: @eneas
De vez en cuando enciende su linterna para romper las sombras más por costumbre que por esperar de verdad a que alguien se aparezca: el hotel tiene una sola puerta de acceso y se encuentra rodeado por un río más bien caudaloso y un follaje muy denso. Al ser velador de ese lugar, Felipe pasa la mayor parte de sus noches de trabajo en silencio, en medio de la humedad de la Huasteca. Cuando me acerco a platicar, descubro que es bastante alegre y conversador.
Descubro, también, que a Felipe le gusta pasear en su bicicleta, el medio de transporte que más utiliza. Con ella va y viene a su casa y cubre distancias más o menos amplias. Con ella, también atraviesa la frontera con Estados Unidos y llega hasta San Antonio, en Texas. La tarea, podemos imaginarlo, no es sencilla y Felipe se pone muy contento cuando narra los detalles de sus travesías.
Ya lleva algunos años cruzando gente “al otro lado” con ayuda de las bicicletas y unos mecates: según Felipe es lo único que se necesita. Durante el día pedalea todo lo que puede, tratando de cubrir la mayor distancia. Al aproximarse la noche, llega el momento de usar los mecates para subir las bicicletas a algún árbol y ocultarlas: “la migra te busca en el suelo, nunca voltean para arriba”. Así encaramado al árbol espera a que la policía deje de buscarlo, pueden pasar un par de días para poder bajar. Después, continúa pedaleando y así lo hará por tres días, hasta llegar a la ciudad.
Después de escucharlo un rato, Felipe se ofrece a cruzarme cuando quiera, no tengo que preocuparme por tener mi propia bicicleta o mi mecate. Pero eso sí, me advierte que debo de llevar conmigo 4 mil pesos “para pagarle a los zetas” y que nos dejen pasar. Ellos sí se dan cuenta de quién intenta pasar y quién no, su control sobre la frontera es mucho más estricto que el de los policías “del otro lado”. Está muy claro que este pago es ineludible “si no, te balacean y ahí te quedas”. Felipe, con su playera de “Law Enforcement Explorer” (policía amateur), me avisa también que esta oferta podría expirar muy pronto pues, en unos meses, partirá hacia Estados Unidos para iniciar un negocio “de construcción” y tardará bastante tiempo en regresar. Para evitar malos entendidos me aclara que no es pollero, sólo cruza a gente conocida y no lo hace por dinero.
Al día siguiente lo encuentro cuando termina su turno. Camina al lado de su bicicleta, luce cansado pero no pierde la sonrisa. Al despedirnos, me recuerda que puedo encontrarlo en su puesto de velador cuando decida regresar para cruzar.



