Las mujeres que fueron víctimas de agresiones sexuales la madrugada del 4 de mayo de 2006 en San Salvador Atenco, aseveran que no hay lugar a dudas: lo que les pasó no fue un “accidente” o la ocurrencia de unos cuantos policías que perdieron el control, sino parte de “un sistema que utiliza las violaciones y las humillaciones como una forma de intimidar a las luchadoras sociales”, señalaron en testimonios dos de las agredidas.
Y el recuerdo de esas agresiones, junto con el deseo de que no le ocurran a nadie más, hizo que 11 mujeres sigan adelante en una demanda de justicia que, más de una década después, llegará finalmente a discutirse en la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Coridh).
En víspera de las audiencias que podrían desembocar en el octavo fallo de la Coridh contra el Estado mexicano, La Jornada platicó con dos de las promotoras de la queja. Norma Jiménez Osorio, al igual que muchas otras personas, “llegó a Atenco movida por la indignación. Hace 11 años ella trabajaba en una publicación feminista y le seguía los pasos a La Otra Campaña, del EZLN, pero al enterarse de que el 3 de mayo había muerto un adolescente en los enfrentamientos entre policías y lugareños, decidió trasladarse a la zona del conflicto”.
“Alrededor de las seis de la mañana del 4 de mayo se movilizó “una cantidad inmensa de policías que llegaron por todas partes”. Norma –en ese entonces de 23 años de edad– trató de huir, pero de repente sintió un golpe en la cabeza “y un empujón que la mandó al piso. Lo siguiente que recuerda es a un grupo de alrededor de 10 policías que me patearon por varios minutos”.
Luego de una serie de actos vejatorios sobre los que prefiere no abundar, “porque todo vuelve y se siente como si hubiera pasado ayer”, la estudiante de artes plásticas fue llevada a la parte trasera de un camión, donde fue violada por cinco o seis policías.
“Tomaban turnos y llamaban a otros. No sé cuánto tiempo pasó… fue horrible. Comenzaron a subir a mucha gente más y escucho cómo están torturando sexualmente a otras mujeres”, rememora.
En tanto, Edith Rosales Gutiérrez, quien llegó a Atenco para sumarse en apoyo de los manifestantes. “A las seis de la mañana empezaron a tocar las campanas (del pueblo) porque venían los policías. Al que alcanzaban, era para golpearlo, a tirarlo con lujo de violencia”, narra.
“Cuando me alcanzan, me agarran del pelo y me jalan hacia atrás. Me empezaron a golpear, imagino que con toletes, y empezaron a decir palabras ofensivas. ‘Puta, perra’, mil cosas. Me suben a una camioneta de redilas y ahí es donde… abusan de uno. Me quitan los zapatos y me empiezan a romper la ropa”, dice.


