Hace algunos años, después de varios viajes a México, un amigo canadiense me hizo una pregunta que nunca había pensado responder.
—Ernesto, ¿cómo saben ustedes cómo saludarse?
Lo miré con cara de no entender.
—Unas veces me dan la mano, otras me abrazan, algunas personas saludan de beso… y, sin embargo, ustedes parecen entenderse perfectamente. ¿Cómo le hacen?
La pregunta parecía sencilla, pero no lo era. Para nosotros el saludo es algo tan cotidiano que rara vez pensamos en él. Más allá de si es un apretón de manos, un abrazo o un beso, quizá sea uno de los primeros idiomas que aprendemos sin que nadie nos lo enseñe.
Hay personas que consiguen hacerte sentir bien desde el primer instante. Otras parecen tener tanta prisa que ni siquiera el saludo logra detenerlas. Lo curioso es que, muchas veces, todavía no se ha dicho prácticamente una sola palabra.
Porque hay saludos que empiezan antes de estrechar una mano.
Empiezan cuando dejamos por un momento lo que estamos haciendo, levantamos la mirada y prestamos atención a quien llega. Hay además un gesto sencillo que siempre me ha parecido elegante: ponerse de pie para saludar.
Son apenas unos segundos. Nadie los comenta, pero dicen mucho.
Después viene lo demás. Una mano extendida con naturalidad, mirar a los ojos, una sonrisa cuando la ocasión la permite y, sobre todo, hacer sentir a la otra persona que durante ese breve momento tiene nuestra atención.
Por supuesto, no existe una fórmula.
Todos hemos vivido ese instante en el que uno extiende la mano mientras el otro ya viene decidido al abrazo. Durante un segundo ambos improvisan una pequeña coreografía que nadie ensayó y que, afortunadamente, casi siempre termina en una sonrisa.
Los saludos también cambian con la cultura, con la ocasión y hasta con el lugar. No se saluda igual al llegar a una boda que a un funeral, al entrar a una sala de juntas que a la casa de un amigo. Hay países y ambientes donde se guarda mayor distancia y otros donde la cercanía surge casi inmediatamente.
Los códigos cambian. La consideración no.
Quizá ahí esté también una de las pequeñas confusiones sobre la elegancia. Solemos asociarla con el lujo, el dinero o ciertos protocolos, cuando muchas veces aparece en cosas muchísimo más sencillas. Una de ellas es saber hacer sentir bien a quien tenemos enfrente, sin importar quién sea.
Tal vez por eso nunca pude darle a mi amigo canadiense una regla clara. Porque probablemente no la haya. A veces será una mano, otras un abrazo y, en nuestra cultura, quizá también un beso. Dependerá del momento, del lugar y de la persona.
Al final, quizá ése sea el verdadero propósito de un buen saludo.
No hacerlo por compromiso.
No hacerlo con prisa.
No seguir un protocolo.
Sino hacer que la otra persona se sienta bienvenida.









