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Lucina Rojas: el teatro es comunidad, es “decir lo que no se puede decir, o lo que no se debe decir”

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(20 de junio, 2020. Revolución TRESPUNTOCERO).- “Yo nací con la luna de plata, nací con alma de pirata, soy rumbera y jarocha; nací en el puerto de Veracruz y crecí en esa ciudad maravillosa que además la nombran ‘la blanca Mérida’, la tierra del faisán y del venado, ahí crecí; y finalmente me hago mujer, madre, actriz, en ‘la verde Antequera’, que así le llaman a la ciudad de Oaxaca”, de esta manera se presenta Lucina Rojas, para después afirmar: “He decidido decir que soy mexicana, punto”.

La teatrista de 58 años, que forma parte de la agrupación oaxaqueña Espejo Escénico, relata para Revolución TRESPUNTOCERO algunas de sus reflexiones, experiencias y encuentros en el quehacer teatral, especialmente cuando se hace desde el interior del país.

“Creo, después de todos estos años, que el teatro para mí en Oaxaca es comunidad, no puedes hacer teatro si no tienes claro que estás haciendo un trabajo en la comunidad, desde la comunidad, para la comunidad”, manifiesta.

A decir de Lucina, hacer teatro fuera de la Ciudad de México tiene “otro tinte, otro matiz, es otra cosa”, aunque destaca que Oaxaca particularmente es un caso especial, con la diversidad cultural de sus 570 municipios; de los cuales, 418 se rigen bajo el sistema de usos y costumbres.

“Aquí en Oaxaca, nosotros leemos el texto, nos enamoramos del texto y lo primero que decimos es: ‘bueno, ¿en qué comunidad lo vamos a hacer? ¿A qué público nos vamos a acercar? ¿Qué es lo que queremos decir?” explica.

La actriz y promotora cultural cuenta que desde muy pequeña supo que su espacio era la escena, aunque era consciente de la disciplina que se requiere, pues cuando se enteraba que habría alguna reunión familiar, se encerraba en su cuarto para preparar algún número, ya sea de baile o la recitación de algún poema. “Desde muy chica tenía muy claro este camino”, destaca.

Lucina Rojas es egresada del Centro de Educación Artística (CEDART) de Mérida, Yucatán, con especialización en danza, aunque reconoce que siempre anduvo “coqueteando” con el teatro. En sus tiempos de estudiante, “cuando les faltaba un personaje que era la viejita, o la sirvienta, o la viuda, o la que iba y tocaba la puerta, yo estaba puestísima; siempre les estuve echando la mano, porque era un universo que me gustaba mucho”.

Luego de casarse y mudarse a Oaxaca, debutaría con la obra alemana de culto “Woyzeck”, de Georg Büchner, bajo la dirección de Jesús Alberto Cabrera, interpretando a María (Marie, en la versión original).

“Hice ‘la María’, que me movió el tapete existencialmente y dije: ‘no, yo tengo que estudiar actuación y ya casada y con un hijo me fui a la Facultad de Teatro, a la (Universidad) Veracruzana a estudiar”, comenta.

Tras su regreso a Oaxaca, haría una versión en monólogo de “Casandra”, de Hugo Hiriart, de la mano del director José Palacios, en el Teatro Macedonio Alcalá. 

Otro de los proyectos más emblemáticos en el inicio de su carrera fue “La casa de los siete balcones” de Alejandro Casona, dirigida por Rolando Beattie, “que fue toda una innovación en la época y en la capital del estado: era una obra itinerante en el edificio de la Biblioteca Pública Central, que es un edifico bellísimo de tres patios, de dos pisos, y la gente entraba con nosotros y hacía el recorrido por la casona”, además de lograr la develación de placa por 100 representaciones.

“Develar una placa de 100 representaciones no era una tarea fácil, y sigue siendo una tarea muy difícil en provincia —subraya—. Pudimos girarla, fuimos a Tabasco, fuimos a Zacatecas, fuimos invitados al Festival Cervantino con la obra”.

De manera más reciente, Lucina participa en el montaje “Firmemos la paz” con su grupo Espejo Escénico, junto a Isis Orozco, Georgina Saldaña y Liliana Alberto, bajo la dirección de Cristian David y Fernando Reyes de “Idiotas Teatro”, además de la participación especial de Sonia Solórzano de “Voz en punto”. El proyecto tenía una temporada programada en el Foro “A poco no” de la Ciudad de México desde el último fin de semana de marzo y todo el mes de abril, pero tuvo que ser postergada debido a la emergencia sanitaria por COVID-19.

“El proceso de ‘Firmemos la paz’ ha sido muy rico, ha sido un proceso de abrir nuestros corazones en el trabajo para poderlo compartir con el otro, con la otra o con el otre. Surge porque, de pronto, hablando del machismo y del feminismo, decíamos: ‘pues es que no queremos pelearnos con nadie, lo que queremos realmente es firmar la paz con el otro o con la otra’ (…) Fueron largas tertulias con mezcal, con cafecito, donde hablábamos de nuestros dolores, de nuestras alegrías, de nuestros sufrimientos, de nuestros amores… ese proceso nos llevó a entender que no teníamos que firmar la paz con el otro, que primero teníamos que firmar la paz con nosotras mismas”, describe.

El resultado fue una dramaturgia vivencial que, según la artista escénica, implicó “decir lo que no se puede decir, o lo que no se debe decir”, abrir heridas y mostrar cicatrices que tal vez son muy similares a las de sus mismas compañeras actrices, pero también a las del público.

“Somos cuatro mujeres que cuando hablan de papá, algunas hablan del papá ausente, otras del papá presente pero ausente, otras del papá tal vez alcohólico (…) Creo que ha sido el trabajo más rico en toda mi experiencia teatral, me ha dado mucha fortaleza como mujer, como actriz, como madre; me ha dado mucha entereza este proceso maravilloso de ‘Firmemos la paz’”, señala.

En este sentido, Lucina aclara que fue muy fácil encontrar el nombre del grupo, Espejo Escénico, al trabajar a partir de la relación con uno mismo, pero también con la otredad.

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