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La cena de un sibarita: Alfonso Reyes

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Armando Escobar G. / @Escarman

 

No son pocos los que pierden el rumbo en la colonia Condesa. Otros, aquellos que se permiten deambular por ahí, inexorablemente encuentran sus pasos en una de sus arterías principales: Alfonso Reyes. Ya sea por los múltiples antros y bares, por el ruido, el orín de perro o, quizá, por la presunción que es moneda de cambio bastante común en la zona, se ha ido olvidando quién fue Alfonso Reyes y que más allá de lo in de la Condesa encontramos lo deep: la llamada Capilla Alfonsina, la casa ubicada en la calle Benjamín Hill número 122 en la que vivió Alfonso Reyes desde 1939 hasta prácticamente el momento de su muerte. Fue bautizada “capilla” por el escritor español Enrique Díez-Canedo debido al silencio que se percibe en el lugar, idóneo para leer, escribir, pensar, conversar. Y no es para menos, la Capilla Alfonsina alberga un gran tesoro: prácticamente la totalidad de la biblioteca personal de Alfonso Reyes, así como innumerables vestigios de su entrañable amistad con personajes como Ramón Xirau, Octavio Paz o Julio Torri, por mencionar sólo algunos.

Pero estas líneas no son para hablar de una casa, y hasta el momento tampoco hemos dicho quién es Alfonso Reyes, el tipo cuya avenida queda –estupendo simbolismo– flanqueada por la Diagonal Patriotismo y la Avenida Nuevo León. Para empezar podríamos decir justamente eso, que Reyes fue un regiomontano; también que fue hijo de un general porfirista, miembro del servicio exterior mexicano pero, por sobre todo lo anterior y por si no fuera poco, hablamos de uno de los mayores intelectuales del siglo XX. No exagero, como tampoco lo hacía Jorge Luis Borges, otro de sus amigos cercanos, cuando escribió que “la de Reyes es la mejor prosa escrita en lengua española desde que la lengua existe”. Hacer notar sobre la calidad autoral de quién lo declara no tiene ningún sentido, lo tiene en cambio comentar un poco sobre quién lo declara, tomar una pequeña muestra narrativa de Alfonso Reyes para intentar comprender el porqué de esa aseveración tan justa emitida por el valioso escritor argentino: me refiero al breve cuento “La cena”.

Lo más sorprendente de este cuento de savia fantástica es que fue escrito en el año de 1912 y publicado ocho años después en la revista Plano Oblicuo; muy lejos en el tiempo de autores de la región que posteriormente explotarían con éxito la veta de lo fantástico, tales como Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, o el mismo Jorge Luis Borges. Considerado por muchos como una premonición de lo que iba suceder en la literatura latinoamericana cerca de cincuenta años después, “La cena” es un cuento narrado en primera persona (es el mismo Reyes-personaje quien narra) dirigido por momentos a una segunda persona: el lector. En un momento, tétricamente, el narrador nos dirige la palabra:  “Creo haberles oído hablar de flores que muerden y de flores que besan; de tallos que se arrancan a su raíz y os trepan, como serpientes, hasta el cuello”.

Desde las primeras líneas encontramos un cuento sumamente atrayente, marcado por el extravío, la confusión, el delirio de quien narra:

Tuve que correr a través de calles desconocidas. El término de mi marcha parecía correr delante de mis pasos, y la hora de la cita palpitaba ya en los relojes públicos. Las calles estaban solas. Serpientes de focos eléctricos bailaban delante de mis ojos. A cada instante surgían glorietas circulares, sembrados arriates, cuya verdura a la luz artificial de la noche, cobraba una elegancia irreal.

 El tiempo se descompone abruptamente en el relato, descomposición que se nos anuncia en este primer párrafo en las serpientes de focos eléctricos –me hace pensar en las fotografías de André Kertész­– o en las glorietas circulares –imaginen el deleite de Borges al leerlo– a tal grado que se torna incesantemente onírico. Es recurrente relacionar este cuento con el sueño, aunque aseverarlo rompe con toda su intención fantástica, ya que para Alfonso Reyes –como para Julio Cortázar– lo fantástico no irrumpe en el plano real, sino que éste último lo contiene y lo alienta. Recuerdos del pasado, idas y vueltas en el tiempo y en el espacio, son traídas en el cuento a través de potentes imágenes sustentadas en un juego de claroscuros que no hacen más que aumentar la confusión del narrador y con ello, por supuesto, del lector.

Debido a la brevedad del cuento no quisiera ahondar demasiado para no estropear alguna sorpresa. Dejo al lector el propio descubrimiento de sí mismo en la cara de un extraño. Basta advertir que después de leer “La cena”, no volverá a sentir las calles (de la Condesa, si se quiere) de la misma forma y comenzará a caminarlas guiado por la mirada serena de las serpientes.

“La cena” de Alfonso Reyes se encuentra en diferentes antologías del autor. Recomiendo la publicada por el FCE en 2007 en su Colección Popular.

 

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