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El niño que jugaba a la pelota

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Por: Luis Hector Mendoza Garrido

Hablar de Diego Armando Maradona es sinónimo de polémica, de división de opiniones, de creer que un lado esta bien y el otro no, es hablar de grandeza y pobreza en una misma persona, es, quizás, el ejercicio más crudo cuando se habla de futbol.

Como jugador de clubes posicionó a Napoles en el terreno mundial, endureció al Barcelona y catapultó a Boca Juniors, pero ninguno de sus logros es equiparable con echarse al hombro a una de las selecciones que mejor representa la deidad que es el futbol en el mundo. En Argentina, se dirá lo que quieran pero la realidad es que, no ha habido un 10 que le llegue a los talones a Diego.

Él, entre los Passarella, los Ruggeri, los Valdano y los que se pusieran enfrente, cargó con todos y demostró que para ser el capitán de la selección, el líder de una generación dorada de futbolistas y sobre todo el artífice de una Argentina campeón del mundo, debía tener talento, debía tener garra y desfachatez, pero sobre todo debía tener los huevos bien puestos, ese era el Diego de la cancha.

El animal indomable, imposible de contener, la chispa que desató todo.

Poco queda por hacer para los Messi, los Ortega, los Riquelme… Vendrán nuevos más adelante, ojalá que alguno despunte, mientras tanto, esa declaración que dio queda más vigente que nunca: “Aunque en algún momento yo no haya estado, la 10 va a ser siempre mía”. No mentía.

En el terreno personal, Diego es el mejor ejemplo del cómo una persona que no debe ser domesticada, fracasa cuando alguien intenta hacerle eso.

Diego debía jugar en los mejores clubes y ser una figura porque su talento daba para eso, pero en el camino alguien debió identificar que él no estaba preparado para la vida fuera del campo, fuera del rectángulo de cal.

Ahí fue donde perdió toda la credibilidad, donde ganó la mote de mafioso y tramposo y donde dejó la inocencia con la que jugaba el mejor futbol del planeta. Ese error es quizás el que lo llevó cada vez más al fondo del problema, y ese es el estigma con el cual va a cargar por siempre. “Cuídate Juanito, de las malas compañías…” enuncia en una canción el gran Joan Manuel Serrat y es quizás lo que le hizo falta a Diego, cuidarse de la gente que lo rodeaba, de la gente que lo explotó y de la gente que jugó con él, empezando por él mismo.

Diego Armando es, en palabras de Eduardo Galeano, el más humano de todos los dioses, porque es el único de la historia que se volvió dios jugando a la pelota, sin embargo adoptó toda humanidad en sus excesos, en sus debilidades, ahí fue donde forjó quizás su característica más importante: (por que es importante no dejarte de lado) nunca dejar de ser el mismo, como Keith Richards siendo el primer crítico de los Rolling Stones, como Willem Dafoe personificando al Cristo más humano en “La última tentación de Cristo”.

Y ese Diego, que es para muchos el peor ejemplo de alguien, es como es, desde la Villa Fiorito, hasta San Paolo, y casi siempre olvidamos los logros que el sí concretó: Es el niño que soñaba con ser futbolista, logró ese sueño y se volvió el mejor de todos, que hizo el gol más tramposo del mundo y 5 minutos después hizo el gol más espectacular de todos los tiempos, en el estadio Azteca, ante 100 mil personas y contra la selección Inglesa. Que hizo campeón a un equipo de barrio, de potrero, y que posicionó al Napoli como potencia. Es un héroe para muchos, un villano para muchos otros… Diego Armando es, sin lugar a dudas, la personificación del antihéroe.

En 2005 Maradona entrevistó a uno de sus ídolos, Roberto Gómez Bolaños “Chespirito”, y en un momento de sinceridad, casi equiparable a cualquier persona que lo haya conocido a él, emocionado le expresó una frase que podría tener muchas implicaciones: “Lo único que me quitaba la tristeza luego de perder un partido, era ver el Chavo”, podría referirse a cualquier partido de futbol, pero también podría referirse a levantar al 10 en sus horas más oscuras, en sus momentos más terribles, en la forma de ser tan vulnerable de un ser tan importante para el futbol mundial y que quizás lo único que lo conectaba a tierra en un momento era ver las desventuras de un “niño” mexicano y su grupo de amigos… Ese creo que siempre fue Diego, el niño que jugaba a la pelota.

Maradona ha muerto, y con él se ha ido la calle, se ha ido la picardía, la complicidad y las mañas que empezaron por ser entretenidas y se tornaron cada vez más oscuras. Se ha ido el juego de, por y para el barrio.

Hoy nos quedamos con un mejor futbol, más estético, más cuidado, más profesional. Y sin embargo, para aquellos que solo jugamos en el barrio vemos extinguir un poquito de nuestra historia, esa que solo algunos, como Diego, lograron hacer realidad.

La ficción supera la realidad en todos los ámbitos, el futbol, que es la cosa más importante de las cosas menos importantes, no es la excepción.

Gracias Diego por todo, y a la vez, gracias Diego, por nada.

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