A Antonio Helguera,
en recuerdo de su lucha y de sus convicciones.
“No me voy a poner a atacar a lo pendejo
a un gobierno que esperé toda mi vida”.
Antonio Helguera (caricaturista 1965-2021)
Tres años…tres años, ya…tres años han transcurrido desde aquel domingo 1ro. de julio de 2018 cuando, a lo largo del día, millones en todo el país acudimos a las urnas para que, ahora sí, Andrés Manuel López Obrador pudiera ocupar la silla presidencial.
Con una mezcla de alegría, esperanza, pero también temor -dado lo que había acontecido en las dos ocasiones inmediatamente anteriores cuando, a pesar de los numerosos votos que había obtenido, de una manera u otra (mediante fraude electrónico o compra de sufragios), el régimen se las había arreglado para interferir en contra de la voluntad del pueblo – logramos nuestro cometido.
¿Y dónde nos encontramos hoy? Ríos de tinta han corrido acerca de los logros o de los errores del presidente, de la 4T o de MORENA. Sin embargo, no se ha dedicado tanto tiempo al análisis de las percepciones surgidas sobre la llamada “oposición” a este gobierno y a su proyecto.
Por un lado, hay quienes insisten en que la oposición “no existe”. Esta peculiar perspectiva obedece a sus juicios sobre las estrategias que han desplegado los adversarios (declarados o encubiertos), sobre las propuestas o bien sobre la falta de ellas. En suma, a la brecha entre lo que para ellos está ofreciendo la oposición y la falta de adecuación de esto a ciertos estándares de calidad subjetivos. Si la oposición no se ajusta a los mismos, entonces automáticamente la oposición “no existe”.
Aquellos que sostienen esta concepción pueden distinguirse en dos bloques.
- En uno de ellos se ubican quienes subestiman a los adversarios e, incluso, exhiben machaconamente sus errores ayudando involuntariamente a posicionarlos, para que gente que no sabía de su existencia se familiarice con dichos opositores.
- En el segundo grupo, encontramos a votantes del gobierno actual, que se lamentan porque lo que observan en los medios y en las redes sobre la oposición no les agrada y pretenden que esa oposición de derecha -que es la que cuenta con los recursos para ser difundida a toda hora- presente buenas propuestas que igualen e, incluso, superen lo que el gobierno de López Obrador ofreció cuando, a su vez, era oposición y que está implementando ahora que alcanzó el poder.
Esta pretensión proviene de un error de origen. ¿Cómo aspirar a que una oposición de derecha que fue un gobierno de derecha y que, si alcanzara de nuevo el poder, volvería a ser un gobierno de derecha, presente propuestas de izquierda o medianamente favorecedoras de los intereses de la mayoría de la población y, además, las cumpla?
O más grave, ¿desearían que, mediante las artimañas de la publicidad, de la propaganda, estas propuestas de derecha se disfrazaran de manera convincente (como ya se hizo antes, pero que cada vez resulta más difícil debido al choque con la realidad que han sufrido millones de personas en el mundo) a fin de que parezcan de izquierda o menos dañinas de lo que ya han demostrado ser?
Por otra parte, están quienes afirman que la única oposición que hay es la formada por grupos que luchan contra megaproyectos, por grupos feministas, por grupos ecologistas o cuya bandera es alguna otra causa justa. Por supuesto que es imposible negar su carácter contestatario, pero considerar que no existe otro tipo de oposición es discutible.
En primer lugar, se trata de luchas específicas muy importantes, pero que no contemplan todo el espectro de problemas, estrategias, canales de solución, de otros sectores de la sociedad.
Asimismo, no puede negarse que, en ciertos casos, la derecha está utilizando parte de algunas de estas luchas como una de sus estrategias para obstaculizar proyectos del gobierno actual a fin de socavar el consenso del que goza.
Desafortunadamente debe reconocerse que la mayoría de las luchas legítimas y necesarias de estos grupos no cuentan con los recursos para ser difundidas como merecieran en los grandes medios y, por lo tanto, la mayoría de la sociedad ni se entera de su existencia. Y cuando lo hace, casi siempre se debe a que, de alguna forma, serán utilizadas convenencieramente para satisfacer alguna necesidad política de la oposición de derecha.
Esto no significa que se desdeñe la calidad de oposición de estos grupos.
Todos los gobiernos presentan fallas o insuficiencias y por eso deben continuar las protestas de quienes sufren a fin de que se visibilicen y logren obtener soluciones. Es este tipo de luchas las que, a la larga, si no obtienen satisfacción por parte del gobierno en turno o este no reivindica y hace suyas sus demandas, pueden conjuntarse y adquirir el consenso mayoritario legítimo para convertirse en esa oposición que, de buena lid, pueda enfrentarse democráticamente al régimen imperante con estándares de calidad deseables.
¿Y la oposición de derecha que supuestamente no existe según algunos? Pues ahí está, todos los días, a toda hora, haciendo gala de su enorme poder (económico y mediático que no perdió en las elecciones de 2018) con la meta bien establecida de recuperar como sea, “haiga sido como haiga sido”, el poder político.
Noticias falsas, amparos en cascada, órganos autónomos sesgados, inercias y resistencias enquistadas en el poder judicial, análisis nacionales e internacionales a modo, etc., en un despliegue constante y sonante a fin de desprestigiar al gobierno actual, de minimizar sus logros, de exagerar hasta el absurdo sus errores
Esta andanada de recursos económicos y mediáticos es directamente proporcional a los intereses que el gobierno de López Obrador está afectando.
Hay riesgos graves que pueden detectarse en estas percepciones sobre la oposición.
Es totalmente falso que no exista oposición.
Todo el tiempo somos testigos en la radio, en la televisión, en las redes sociales, en la prensa escrita, de su muy tangible presencia.
Quienes ingenuamente niegan su existencia, quienes consideran que al estar moralmente derrotada también se encuentra extinta electoral o fácticamente o quienes saben que existe pero que creen que al subestimarla la mantienen a raya, se equivocan.
Asumir el poder político no es suficiente para transformar el país si no se considera el daño que puede causar el descomunal poder económico y mediático y la influencia que ejerce. Las conferencias matutinas diarias del presidente y, ahora, la sección dedicada a desmentir las noticias falsas, constituyen una prueba de que negar la existencia de esta oposición no es el camino. Evidenciarla y hacerle frente, sí.
Y el otro error garrafal proviene de aquellos afines a la 4T que, en su afán de mostrarse críticos, objetivos, plurales, claman por una oposición “verdadera”, “de calidad”. En lugar de apoyar las propuestas y las acciones del gobierno por el que votaron; de brindarle sensatamente y con madurez el tiempo necesario para plasmar dichas propuestas en la realidad. De criticarlo, sí, pero razonadamente y sin basarse en las tergiversaciones, en las noticias falsas, en la manipulación de causas justas o en los argumentos a modo de la oposición de derecha que es la que goza de gran exposición y penetración gracias a los grandes medios a su disposición.
Piden propuestas y debate a poderes fácticos que nunca han mostrado ser dialogantes ni preocuparse por el bienestar de la mayoría y que, cuando supuestamente, solicitan diálogo, sólo lo hacen de manera vacía, hipócrita y mentirosa. No es desde ahí donde se pueden lograr avances para nuestra sociedad, nuestro país. Ya lo demostraron durante los años en que fueron gobierno y lo siguen haciendo ahora que no poseen el poder político, pero sí el económico y el mediático.
La oposición de calidad por la que luchamos pudo, contra todos los pronósticos y a pesar de tener poco a su favor, obtener democrática y pacíficamente el poder político mediante la vía electoral para convertirse en gobierno. No saboteemos ese inmenso logro.
Al contrario, apoyemos y exijamos a este gobierno que queríamos y con el que ahora contamos para que, gracias a sus resultados y a sus éxitos en el alcance del bienestar de la mayoría, se mantenga en el poder durante mucho tiempo, de tal modo que la oposición de derecha no regrese nunca.

