Asómese señor expresidente. Este próximo 1 de agosto sabrá cuánto le reprochan millones de ciudadanos libres pero también cuánta sed de justicia existe aún en el México que usted deliberadamente optó por dinamitar.
Quizá pensó que era sencillo robar a manos llenas y que bastaba con respetar el pacto de impunidad transexenal para que permaneciera intocable. Sonaba fácil. Que disfrutaría de sus riquezas desde el extranjero, la comodidad de sus ranchos o mansiones en el país.
Quizá usted sea el vendedor de ilusiones que desmanteló al Estado y se lo regaló a sus amigos a cambio de volverse socios a perpetuidad y quien provocó el error de diciembre o quien prolongó la crisis hasta las generaciones actuales. O el que sacudió hasta el último centavo de la partida secreta y le ordenó a su hermano que sacara millones de dólares al extranjero.
Tal vez usted fue quien determinó que el rescate bancario debía darse para garantizar la riqueza de unos millonarios y para volvernos aún más millonarios en nombre de “los ahorros de todos”, pasándole el costo a las mayorías de por sí ya desahuciadas.
Quizá usted fue quien decidió que las toallas de la residencia oficial que habitaba no estaban a la altura de su linaje y mandó comprar las más ostentosas o quien pidió hacer unas cabañas adicionales para la comodidad de su familia; o quien antepuso los negocios ilícitos de sus hijastros frente al interés central de la nación.
Puede ser usted el que prometió un cambio y combatir al régimen, pero acabó colocando en manos de su esposa el control del país y terminó pactando con los de siempre y actuando como el peor de los autoritarios, imponiendo a su sucesor.
Quizá usted fue quien decidió -ante un complejo napoleónico de conquistas frustradas y falta de legitimidad- librar una guerra sinsentido sometiendo a la sociedad con la más terrible frialdad (atribuible al peor de los psicópatas) a un baño de sangre. Mientras tanto, sus hombres de mayor confianza negociaban con la contraparte el reparto del botín compuesto por millones de dólares en efectivo con olor a muerte.
Tal vez usted sea quien decidió que la mejor forma de estar a la altura de la realeza europea era convirtiéndose en una pésima imitación de ésta, ocupándose de procurar y cultivar los excesos y a su vez de desatender a las mayorías.
Quizá es usted el que recibió, bajo su adicción al dinero, millones en campaña y regresó con creces el favor a las empresas inversionistas que acabaron por delatarlo cuando todo salió mal. A lo mejor fue usted el que habitó una mansión a nombre de un amigo exproveedor a quien previamente había llenado de billetes hasta el vómito y cuando todos nos enteramos, le exigió a su esposa que fuera ella y no usted quien diera la cara.
Quizá usted ahora tenga la desfachatez de representar a una empresa internacional a quien favoreció en su sexenio bajo la lógica de favor con favor se paga. Y que juntos aún merodeen el presupuesto.
Claro señor expresidente que usted ya no puede dar marcha atrás, modificar el pasado, recomponer sus decisiones, y quizá ni siquiera le interese.
Pero venga, vea, el 1 de agosto sabrá cómo el pueblo es capaz de participar y hacerse sentir a pesar de las campañas de desprestigio y de encontrarse frente a un organizador de la consulta pública que lo hace muy a regañadientes bajo el pretexto de que no hubo recursos adicionales para el indispensable ejercicio democrático.
Claro que el pueblo no es ingenuo, sabe lo complejo y tortuoso que será el tránsito en el laberinto burocrático-jurídico de un juicio para usted y sus pares y que seguramente ya tienen listos un séquito de abogados para ampararlos hasta el infinito si es necesario.
Pero por más escuderos que tenga señor expresidente, influencers orgánicos o alquilados, a partir del 1 de agosto, habrá de reconocer que la nación está de pie no gracias a… sino a pesar de usted. Ése es el mensaje que un pueblo organizado le pondrá en sus manos como un clavo ardiendo.
Ya veremos cómo eventualmente le va ante los órganos de justicia que usted seguramente intentará comprar, aunque para entonces tendrá claro que ha perdido el juicio de la historia, señor expresidente.
Pero quienes tenían la esperanza de reconstruir el régimen de privilegios, del cual usted es fiel representante, serán también parte de la derrota y entenderán cómo es que una restauración en esos términos es ya moralmente impensable e imposible.

