Raymundo Riva Palacio o el síndrome del sesgador

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Las pasadas elecciones intermedias pusieron a los periodistas del poder empresarial en un estado de nervios peculiar. Macario Schettino hacía esfuerzos sobrehumanos diariamente para tratar de convencer a quien lo leyera que la imagen del Presidente y su administración no paraba de caer en la mente de las mayorías. Si ustedes revisan sus columnas en los días inmediatos previos a la jornada electoral, ya se leía con una desesperación mal disimulada; pregonaba de manera torrencial la caída inminente de la 4T en las urnas, evocando “estudios” y “datos” que ya ni siquiera se molestaba en citar con precisión… si es que existían.

Después de la paliza propinada a la derecha en los votos, se esforzó -de una forma que provocaba ya pena ajena- en recoger los pedazos de la “oposición” y hacerlos pasar por victoria, como tratando de esconder un hipopótamo debajo de un catre, y con una aparente laguna mental sobre los afanes triunfalistas que arengaba cuarenta y ocho horas antes.

Por su parte, Salvador Camarena seguía insistiendo en los tópicos oportunistas y más que sobados con los cuales él y sus similares han tratado de acorralar a la opinión pública; pero Camarena no tiene enfado en mostrar de cuando en cuando su ansiedad por la falta de una oferta política sólida y legítima que le permita al status quo corporativo seducir al electorado de forma masiva. Más psicodélico se mostraba Salvador García Soto -esa especie de portador de amenazas de Alta Iniciativa Privada disfrazadas de columnas- quien en vísperas de la elección escribía de manera muy rebuscada sobre el cristianismo de AMLO, no sin rematar arguyendo que el mandatario estaba “preocupado” porque iba a tener que “soltar poder” en una Cámara “más plural” que ya no le permitiría reformas constitucionales para fortalecer su proyecto… O eso quería Salvador que creyéramos…

Podríamos seguir de largo con los demás propagadores del poder económico. Es interesante observar su comportamiento antes y después de semejante coyuntura, porque es en esos trances donde exponen con mayor vigor sus consignas y revelan mucho de las pulsiones ideológicas y estratégicas de la derecha en la batalla por la opinión pública.

Pero ahora bastará con comentar sobre uno de ellos -que en los últimos meses ha peleado con enjundia su lugar en el top 10 del descaro de los granaderos discursivos, que laboran para los grandes antagonistas del gobierno federal-; uno que es especialmente sintomático y representativo si se trata de examinar las maniobras de tergiversación ideológico-política que ejerce este grupo de gente; de calibrar hasta dónde pueden llegar y cómo intentan “voltear” situaciones a como dé lugar.

El “punto ciego” visual puede ser una analogía útil si hablamos tanto de psicología como de comunicación masiva.  Un punto ciego mental es algo que el sujeto no puede registrar, que se le escapa al pensamiento por más minucioso que sea el examen que haga sobre algo; sin embargo, también hay puntos ciegos mentales autoinducidos: hay cierta cosa que sabemos que está ahí, pero nos negamos a datar por que el hacerlo nos mete en ansiedad; “disonancia cognitiva” que dicen los psicólogos.

Y esa negación abarca lo emocional. En la película “JFK”  de Oliver Stone, en una junta del equipo del Fiscal Jim Garrison, uno de los investigadores pierde el control “mal”, cuando Garrison de plano establece por primera vez la tesis del gobierno norteamericano como perpetrador del asesinato de Kennedy. El sujeto se ofende, acusa casi de alta traición al fiscal e insiste en que hay que seguir buscando entre la mafia, Castro y quién sabe qué más.

Después de elaborar su punto ciego rompe indignado, pero también perturbado, con la cuadrilla de Garrison. El punto ciego es un sesgo, incluso a gran escala. La vida cotidiana transcurre para las personas llena cosas que es mejor no pensar, o bien en verdad ignoran. La monumental Bruselas es un espectáculo estético que fácilmente puede mandar a punto ciego el que tal suntuosidad esté montada en gran parte sobre los saqueos genocidas de Leopoldo II.

Inducido o no, el punto ciego conduce a la alienación. Y los medios informativos juegan con este fenómeno tratando de dictar qué es y qué no es lo que debemos considerar “real”.  Es así como las empresas mediáticas que defienden los grandes intereses de negocios en México han estado maniobrando desde siempre, y ahora con mayor fuerza. De ahí la imaginería de los “contrapesos” y su molestia con las conferencias presidenciales matutinas, que fracturan su antiguo y preciado monopolio de la “verdad”.

La palabra “sesgo” está muy al uso (sesgo cognitivo, por ejemplo), pero “sesgador” ya no circula en léxico. Lástima, porque aquí la rehabilitaremos, ya que viene demasiado al caso. Demasiado al caso de Raymundo Riva Palacio y las personas que ejemplifica.

Tuve un encuentro con él en Twitter hace unos años. Le cuestioné algo, reaccionó con vehemencia supuestamente irónica, después me llamó “cobarde” y luego el “valiente” me bloqueó; él, que ahora es prócer de la pluralidad. Lo conocí en la televisión en los tiempos de la campaña de 2006.

No recuerdo tener una mala imagen de él cuando participaba en una mesa con Denise Dresser y Julio Hernández López. Pero han pasado muchos años y quizá no le puse la atención necesaria. Se me hacía un tipo relativamente mesurado. En todo este tiempo pudo haber operado cambios. Ahora es un manipulador profesional, del cual es complicado saber si procede como un mercenario del lado del dinero, o si tiene convicciones ideológicas que lo conducirían a hacer lo que hace incluso gratis. Más bien pienso que hay mucho de ambos.

Peculiarmente significativa de la clase de conducta “periodística” que Riva Palacio practica, es esa   ocasión en la que intentó sesgar a la opinión pública de una manera rebuscada hasta el ridículo. Tenía un trabajo difícil, eso no se puede negar. Un punto ciego psicosocial se había disipado en la consciencia de grandes mayorías con respecto al caso de los 43, culminando en una gran explanada de la Capital del país en la cual se podía ver aéreamente, escrita con veladoras, la gigantesca y quemante frase “Fue el Estado”. Las empresas informativas predominantes no habían logrado “acordonar” mediáticamente los hechos a un asunto local de plazas del crimen organizado. La percepción colectiva despertó y la verdad incómoda flotó: los tres niveles de gobierno, sobre todo el federal, eran responsables de la tragedia. Verdad MUY incómoda para el establishment PRI-PANista y sus millones de militantes de a pie. Pero no sólo para ellos. También para los que en ese tiempo eran oposición política, resultaba deprimente, profundamente hiriente, que el régimen pudiera llegar a fondos como esos. Se trataba de una realidad inocultable y lastimosa para una nación entera, pero que había que aceptar para combatir los motivos.

¿Cómo abatir esta crisis de imagen para el prianato? ¿Cómo redirigir la opinión pública a favor de las autoridades federales? Pues a Raymundo se le ocurrió una idea “genial”: la simple inversión de roles mediante la fabricación de un “punto ciego” artificial. Suena enredado, pero nada perdía con tratar: al contrario, ganaba plata.

En una columna de las más vergonzosas que he visto, argumentaba con tono algo sensiblero -como si a él mismo le estuviera doliendo su “insight” al momento de escribir-, que todas las investigaciones, todo el  debate público, el encono social, los reclamos de justicia,  la indignación y el señalamiento del Estado, eran las capas de un punto ciego, de una realidad inaudita e inaceptable que nadie quería o podía ver. Un auténtico tabú: que los 43 eran unos simples delincuentes.

Según Riva Palacio, aunque nos doliera a todos (incluso a él según su forma de plantear las cosas), lo verdaderamente contestatario era… criminalizar a las víctimas. Quizá le preocupaba lo difícil de creer de esta elucubración, cuando la criminalización de los 43 jóvenes era un relato mayoritario, casi la versión oficial. Para muestra, en otra columna lamentable, Juan Ignacio Zavala, otro golpeador del régimen prianista,  se jactaba del rechazo unánime de las comunidades de la región hacia los normalistas. Narrando un supuesto testimonio según el cual, un médico del servicio de salud local se negó a prestar ayuda a los muchachos heridos de bala. Raymundo apuesta duro…

Con la misma oportunista cara de cemento de hace seis años, trató hace unos días de sacarle provecho al problema de Haití. También, como en aquella vez, publicó una columna tan penosa como el tuit con el que la presentó. Como ya es sabido, según la  Alta Iniciativa Privada, cualquier tragedia en otras latitudes puede ser aprovechada para devaluar al gobierno de Andrés Manuel López Obrador, así se trate de que cayó un meteorito. La “genialidad” de Raymundo se puso a trabajar, recordándonos cuando las encuestas previas a la elección del 2018  lo empujaban  a arrebatos de ansiedad, y hacía en sus textos llamados desesperados a hacer cosas raras como combinaciones intrincadas entre partidos, con frases como “no todo está perdido” y “hay que pensar fuera de la caja”.

Pues ahora sí rompió la caja, pero de la decencia intelectual. Dice que el magnicidio haitiano   es un espejo del futuro de México. Acusa “debilidad institucional, un sistema de justicia disfuncional, mal gobierno, corrupción y crisis de legitimidad en el liderazgo. Si no corregimos, México será propiedad de criminales”. 

Lo que este “diagnóstico” implica en el contexto de su militancia reaccionaria se puede resumir en lo siguiente: “AMLO está mal porque no se somete a los lineamientos de las cúpulas empresariales, como pasaba con los presidentes en los buenos tiempos. Si no lo hace, todos van a sufrir, se los advierto.”

El hecho de profetizar a partir de un caso de tragedia internacional -del cual muestra un conocimiento cuando menos deficiente- después de la tunda que sus patrones recibieron el 6 de junio, arguyendo deficiencias y disfuncionalidades al borde de la catástrofe (eso parece pretender en sus líneas) en el gobierno, el liderazgo, la institucionalidad y la legitimidad, nos sugiere que Raymundo apuesta por el grado de desconexión con la realidad que tengan sus lectores para tomarlo en serio.

Su “análisis” de Haití es característico, digamos “de manual”, de las narrativas colonialistas que explican la tragedia de ese país en términos de incapacidad, mediocridad, incompetencia, inclinación casi genética a la corrupción… república bananera, para resumir. Raymundo finge no saber -o eso espero- que Haití no es un estado soberano, sino un territorio subyugado de población prescindible para E.U. y otras potencias occidentales, estratégico para el control de América Latina, que va desde portaaviones hasta fuente de materias primas y mano de obra barata. Desde Duvalier, sus gobiernos marioneta han seguido al pie de la letra  los mandatos de la economía neoliberal que la Alta Iniciativa Privada mexicana reclama para nosotros.

Es decir, a Haití le pasa lo que le pasa precisamente por obedecer a ese sometimiento que los altos mandos de gente como Riva Palacio quieren que AMLO asuma, y se quejan iracundos porque no lo hace. En resumen, desmenuzando el texto de Riva Palacio con apenas un poco de precisión, emergen una serie de contrasentidos y vaciladas en las cuales ni él mismo tiene claro nada. Pero es entendible: la columna y el tuit no son para informar, y menos para reflexionar. Son propaganda.

El caso Riva Palacio es, repito, sintomático de la prensa de opinión en la derecha mexicana. Apela a la ignorancia, a la falta de seriedad, a la ausencia socarrona de imparcialidad y argumentación. Lo de menos es la veracidad; más bien se trata de aprovechar la tendencia del cerebro humano a buscar atajos y soluciones facilonas, estereotipos y simplismos para apresurar su explicación del mundo.

Si nos ponemos rigurosos, México había sido durante ochenta años “total propiedad de criminales”, desde los barones del dinero hasta sus brazos armados de la delincuencia organizada. Por primera vez esa “propiedad” se está viendo al menos un poco importunada a todos los niveles. Pero eso va de un análisis extenso y profundo que a los discursos derechistas les urge suprimir. Para eso están sus periodistas: para desorientar, confiando en la pereza mental y la ignorancia. Por ese camino ya quieren forzar el nuevo cuento: “el narco-estado de MORENA.”

Raymundo y sus colegas de armas apuestan por la confusión y el prejuicio. Es el síndrome del sesgador.

Twitter: SinsajoOdi

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