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¡Viva México!

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Septiembre…la época del año en la que las hojas de los árboles empiezan a colorearse de otoño en el hemisferio norte, mientras que el verde, blanco y rojo pintan las plazas y los edificios de México…el mes idóneo para abordar ese tema tan caro para algunos y tan aborrecido por otros: el nacionalismo. 

Este concepto, esta palabra, este sentimiento, incluso, ha sido atacado por diversas razones, algunas de ellas muy válidas; pero, muchas, en cambio, bastante convenencieras, hipócritas y muy peligrosas.

La globalización ha identificado al nacionalismo con el populismo de manera muy tramposa. Considera al Estado-nación un estorbo, un obstáculo que impide el libre flujo de mercancías, capitales, empresas, inversiones, así como la apropiación y explotación del territorio y de los recursos naturales y humanos de los países que ocupan el planeta. 

El populismo ha sido uno de los grandes pretextos de los voceros de la globalización para atacar a gobiernos que no abrazan acríticamente los preceptos de las instituciones nacionales e internacionales creadas para promover, proteger, apuntalar y mantener a toda costa el sistema económico neoliberal.  Se trata de un término muy discutido y debatido politológica y sociológicamente que ahora no abordaremos. Lo único que sí resulta necesario es tomar el concepto en la acepción más simple utilizada por los partidarios del capitalismo global: sencillamente todo aquello que no obedezca a sus reglas. 

Dentro de esta acepción de populismo en negativo, es decir, todo lo que el capitalismo global no quiere, la propaganda inscribe el concepto de nacionalismo anacrónico, la idea de soberanía y nación como mitos o términos obsoletos y superados por la idea del mercado global que, además, están relacionados de manera nociva con el autoritarismo, con políticas económicas atrasadas y ancladas a condiciones que ya no son aptas ni responden a las nuevas dinámicas cosmopolitas y sofisticadas de la globalización capitalista.

Es absolutamente cierto que el nacionalismo contiene un lado muy oscuro que se manifiesta de modos distintos: el nacionalismo violento, odiador, etnocentrista, expansivo, imperialista, tribal, excluyente, avasallador y fanático que sustituye o acompaña vacíos existenciales y creencias religiosas y que utiliza a la patria como fetiche (como ejemplo, Estados Unidos); o el nacionalismo banal, ramplón, superficial, de ocasión, que celebra los triunfos de la selección nacional,  las fiestas patrias o las medallas olímpicas como pretexto para el jolgorio y el derroche (lo cual no necesitaría ninguna justificación porque la diversión y el entretenimiento son un derecho).

El nacionalismo no es una idea obsoleta ni se reduce a esas oscuridades irracionales que tanto lo han marcado y que no deben dejar de denunciarse y condenarse, pero las características ominosas que ha adoptado históricamente como ideología son las que se enlistan, por lo general, cuando se ataca a los gobiernos desobedientes acusándolos de populistas y diciendo que se aferran, para controlar a las masas y manipular a sus pueblos, a un discurso nacionalista atrasado y retrógrado. 

Sin embargo, lo que dicha propaganda también desea ocultar es que existe otra clase de nacionalismo que, lejos de lo que se le acusa, nace después de la globalización capitalista como una resistencia de avanzada contra este sistema económico que lleva ya cuarenta años de ser la política imperante en el mundo.  

Este nuevo nacionalismo – el nacionalismo racional – constituye una especie de vanguardia progresista porque se muestra como una rebelión que proclama el equilibrio mundial entre las naciones, la igualdad y la simetría de las relaciones internacionales, donde ningún país es más pero tampoco ninguno es menos. Se trata de un nacionalismo que reivindica las causas sociales, que enarbola una praxis económica de soberanía y nacionalización y control, por parte del Estado, de los bienes para fines de la redistribución justa del ingreso y para que sus pueblos puedan salir adelante materialmente. 

Este es el tipo de nacionalismo que la propaganda del capitalismo global trata de encubrir con el nacionalismo negativo y, cuando no puede hacerlo, de todos modos, lo tacha de anacrónico, porque también le molesta, le incomoda…y mucho. Un Estado fuerte y legítimo cuya pretensión consista en regular a los grandes intereses a fin de lograr una mejor distribución del ingreso, así como hacer un uso geopolítico correcto de los recursos económicos y territoriales ejerciendo su soberanía para beneficio de su población, afecta la tasa de ganancia de la clase capitalista trasnacional.

Acusan a este nacionalismo racional de no responder a las nuevas realidades (bastante antiguas, de hecho), a esas realidades que el mismo capitalismo global impuso en el horizonte de las naciones como el liberalismo económico, la imprevisibilidad financiera, la contingencia de los mercados, la incertidumbre laboral. Y, por lo tanto, insisten en que el camino que se empeña en seguir el nacionalismo racional es inviable. 

En un mundo globalizado desigual, con potencias dominantes, sobre todo, occidentales, con grandes empresas cuyo poder es mayor que el de muchos Estados, es necesaria la nacionalización de los recursos económicos y es, entonces, cuando el nacionalismo ya no constituye un mito sino una cuestión pragmáticamente necesaria porque de ello depende el bienestar de los pobladores o de las naciones oprimidas. 

Con este juego perverso de manipulación mediática tratan de enturbiar este nacionalismo que funciona hacia al exterior (como lo muestra lo que está haciendo Andrés Manuel López Obrador al intentar combatir a órganos hegemónicos como la OEA y sustituirlos por otros nuevos) al reivindicar la autoevaluación de las naciones en desarrollo, pretender acabar con el mito – no del Estado, no de la soberanía, no de la nación – sino con el mito de la prosperidad a través del mercado global y de la existencia de países superiores genéticamente, del darwinismo social disfrazado en donde colocan a los países en desarrollo como los únicos culpables de su perdición por una condición de inferioridad hipócritamente argumentada por las grandes potencias de primer mundo. 

Pero este nacionalismo racional moderado también opera hacia el interior. Busca la igualdad hacia afuera, pero también hacia adentro porque es más flexible y no tiene una relación violenta con las autonomías, las diversidades étnicas, los pueblos originarios y todas las luchas sociales. Las incluye, trata de no interferir en sus procesos, con todos los costos que ello implique. Hasta ahora, no se ha tocado a ninguna resistencia antiestatal, por más que algunos integrantes de la izquierda no electoral acuse de esto al gobierno de AMLO, sin ninguna prueba y, teniendo que reconocer en varios casos, a regañadientes, los esfuerzos de conciliación y cooperación que está llevando a cabo el proyecto de la 4T. 

Este nacionalismo implica un concepto nuevo de Estado que no necesariamente es ya un Estado colonial ni neocolonial. Se está intentando despojar de sus genes coloniales occidentales al Estado que había servido para mantener el imperialismo, aunque de una forma más compleja y supuestamente “civilizada”.  Podemos hablar politológicamente del nuevo Estado y del neonacionalismo racional progresista, basado en la pragmática económica y la soberanía de los recursos y, a la vez, flexible, abierto, inclusivo, que se está proponiendo desde Latinoamérica, con gobernantes como Andrés Manuel López Obrador, y que se replantea las relaciones asimétricas de esta región con los demás países del mundo y, con ello, reconsidera las relaciones de las naciones en desarrollo en aras de algo mejor. 

Este nuevo Estado presenta como discurso y como práctica el nacionalismo racional reivindicador y subversivo. Va acompañado de la autovaloración nacional, pero igualitaria, respetuosa de las diversidades étnicas y culturales. Se desfasa del concepto de nacionalismo negativo el cual le quieren endilgar. 

Por eso ahora sí es tan importante la celebración del mes patrio bajo la nueva perspectiva de esta discusión actual bien propuesta desde la izquierda no electoral acerca de la posibilidad del Estado, es decir, ¿el Estado posee genes coloniales irreversibles o es capaz de renovarse y entrar en una fase de inclusión en la cual sus mismos adversarios de izquierda se ubiquen dentro del espectro de la discusión pública?

Solamente bajo este nacionalismo que implica un nuevo concepto de Estado y de soberanía, es que en este mes patrio habría que estar muy orgullosos de ser mexicanos, en el mejor sentido de la palabra. 

Y, por eso, a final de cuentas, y desde esta óptica de nacionalismo racional reivindicador en resistencia y en busca del equilibrio en la simetría internacional: ¡Viva México!

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