Si la foto de Lozoya causa revuelo y zozobra, imaginemos dónde pueden estar ahora los otros cínicos corruptos que hoy le apuestan al descrédito del “traidor” para pretender salvar el pellejo. ¿Acaso ahora mismo se encuentran en sus mansiones en México o el extranjero disfrutando de los millones hurtados? ¿O emulando la escena y tomando un muy buen vino en una mesa similar en la que se sentó Lozoya?
En este sentido es ridículo que algunos llamen a boicotear al Hunan por “haber dejado pasar a un delincuente”, así solo nos confirman que lo suyo es la doctrina de la hipocresía. No escuché ni leí a los que hoy piden “boicot” que exigieran un “boicot” contra el Morton’s, por ejemplo, donde fue detenido en 2019 el abogado salinista Juan Collado mientras departía con Carlos Romero Deschamps.
Claro que el problema no radica en los restaurantes que deben velar por la no discriminación en sus accesos sino en que este país se convirtió en una cuna minoritaria y selecta de corruptos que ocuparon lugares exclusivos y excéntricos a costillas del pueblo; que confeccionaron su otro México mientras se acrecentaba la brecha de la desigualdad, germen, por cierto, de la polarización histórica.
En lo que hace a Lozoya, la FGR explica que el proceso en su contra continúa abierto, pero además está obligado cantar y a seguir embarcando a sus exjefes de esa mafia política que ocupó el poder el sexenio pasado. El artículo 256 del Código Nacional de Procedimientos Penales establece que el criterio de oportunidad procede, entre otras cosas, “cuando el imputado aporte información esencial y eficaz para la persecución de un delito más grave del que se le imputa, y se comprometa a comparecer” y tiene hasta el 3 de noviembre para aportar más pruebas.
Por eso quienes han sido implicados por Lozoya como Felipe Calderón, Ricardo Anaya y los exsecretarios Luis Videgaray, José Antonio González Anaya y José Antonio Meade, entre otros, deben estar más que nerviosos. De los dichos de Lozoya dependen nuevas investigaciones y está claro que una elección racional, y más allá de una protección grupal, entre salvar el pellejo o el de sus exjefes, ha optado por la primera opción. Por eso Lozoya no solo es visto como traidor sino evidentemente corre peligro.
Aunque no olvidemos que en el fondo del asunto del caso Lozoya está la compra a billetazos de la Reforma Energética que a su vez fue el pago para empresas como Odebrecht que financiaron la campaña a Peña Nieto. Una reforma nociva que terminó desmantelando a la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y dejándonos a la mayoría de los consumidores a la peor de nuestras suertes.
En este sentido, hoy el presidente Andrés Manuel López Obrador ha optado por corregir el camino heredado y garantizar una soberanía energética que evite que padezcamos una crisis humanitaria como la que hoy se vive en España con aumentos de hasta 500 por ciento de las tarifas eléctricas en 3 años.
La explicación de la iniciativa del presidente es racional y contundente y en el fondo se trata de corregir las injusticias del mercado, sin inhibir la competencia, garantizar tarifas bajas, la soberanía energética y que la CFE tenga un papel principal como garante de la estabilidad en el sector.
La secretaria de Energía Rocío Nahle ha explicado las distorsiones heredadas a tal grado que la reforma de EPN permitió permisos de “autoabasto de electricidad” para fábricas, que terminaron en grandes simulaciones en las que supuestos socios se revendieron la electricidad, algo “ilegal, incurriendo en fraude”. Un esquema de autoabasto en el que hoy están grandes empresas como Bimbo, Kimberly Clark, Oxxo y Femsa.
En torno a Oxxo, AMLO ha dicho que debería darles vergüenza: “¿Cómo van a estar contra Reforma Eléctrica si es inmoral lo que están haciendo, cómo van a pagar menos de luz que las clases populares? ¿Por qué abusan?”. Y encima de todo el presidente reveló la que considera la gran inconformidad de la empresa: “El año pasado les cobramos 10 mil mdp en impuestos, no querían pagar”, manifestó.
Mientras el presidente intenta convencer a legisladores de oposición para que transite la Reforma Eléctrica, unos senadores del PAN aplican el “fuera máscaras”. Como el senador Damián Zepeda quien afirma que es justo que las empresas paguen menos por su recibo de energía eléctrica que la mayoría de los hogares. “Pues claro, porque invirtieron dinero”, dice. Mientras tanto repite la cantaleta de que el gobierno federal quiere “obligar” a que se compre energía “cara y sucia”.
Como si la propuesta de AMLO no pusiera, en el centro de la generación, a los hidroeléctricas de la CFE: energía limpia y barata.
“A robar a otro lado”, ha advertido AMLO a quienes pretenden adueñarse del pastel energético, no sin antes advertir que la mayoría de medios intentan manipular la información pues están al servicio de las grandes corporaciones. “Hablan que vamos a expropiar”, lamenta. Y ha aclarado que privados tendrían 46 por ciento del mercado: “Si quieren hacer negocios está bien”.
En cambio, del otro lado le apuestan a la propaganda y al descrédito: a intentar asustar con los mismos cuentos de siempre. Que se regresa el reloj al México de los setenta o que, ahora sí, seremos Venezuela.
Por lo pronto tengo una pregunta:¿Y por qué no ha ido ni uno de esos comunicadores “expertos” en “energías limpias” y “competencia” a cuestionar a AMLO en las mañaneras por su reforma eléctrica que implica la “Venezualización” del país? ¿O no hay argumentos de fondo para el debate? Su postura hace suponer que no los tienen.


