Elvira Arellano
(29 de agosto, 2013).- Quisiera reflexionar un poco sobre una declaración publicada por el congresista Luis Gutiérrez sobre el tema de la semana pasada en conmemoración de la marcha de 1963, y el famoso discurso del Dr. Martin Luther King hijo, titulado “Tengo un sueño”.
Refiriéndose al discurso de King, Gutiérrez dijo: “Constituyó un llamado para que se actuara y para aceptar la responsabilidad moral, de parte de todos los norteamericanos, por el vacío moral entre las ideales y la realidad. Ahora mismo” dijo Gutiérrez, “vivimos en una nación que ha permitido una tremenda ola de inmigración durante los últimos dos decenios pero que no ha modificado sus leyes para bregar con esa situación. Hemos alentado esta ola de inmigración cuando la economía andaba bien pero ahora que la economía no anda tan bien, pretendemos resolver la situación por medio de represión y deportaciones, pero todos somos cómplices”.
“Hemos apartado la mirada cuando Juan lavaba trastes o Ivan cosechaba la lechuga o María limpiaba la habitación en el hotel. Y ahora nos enfrentamos con la responsabilidad de tener 11 millones de personas que viven aquí sin derechos y bajo un régimen de deportación tan feroz y cruel que separa a las familias, aplasta los futuros y echa a perder la composición moral de comunidades enteras”.
¡Gracias, Congresista Gutiérrez, por decir la verdad!
Tenemos que recordarle a la nación estadounidense que 5 millones de agricultores perdieron sus puestos de trabajo bajo el Tratado de Libre Comercio de América del Norte cuando se permitió que corporaciones gigantescas basadas en los Estados Unidos vendieran granos en México a la mitad del precio de producción. Millones más perdieron sus empleos cuando bancos norteamericanos pidieron la devolución de sus préstamos obligando a México a desvaluar el peso.
Estas políticas tampoco beneficiaron a los trabajadores en los Estados Unidos mientras destruían las vidas de trabajadores mexicanos y sus familias. No fuimos a los Estados Unidos en búsqueda del “sueño americano” sino por la pesadilla norteamericana que habían hecho a nuestros países.
En los Estados Unidos nuestra labor y nuestros impuestos recibieron una calurosa bienvenida, como dice el congresista, cuando la economía estadounidense andaba bien. ¿Qué cambió? Según los expertos, los indocumentados siguen beneficiando a la economía, y lo harían aún más si tuvieron posibilidades de legalizarse. El problema era de los niños que nacieron en los Estados Unidos, con su piel morena y sus ojos y pelo castaños, que ahora constituyen parte de una nueva mayoría en los Estados Unidos. Por eso es que la campaña de expulsar a los indocumentados tiene tanto sabor de racismo.
El congresista, en forma correcta, hizo un llamado para que la nación norteamericana acepte la responsabilidad compartida para las familias que se formaron con los niños que nacieron en los Estados Unidos. Pero la nación, inclusive tanto los demócratas como los republicanos, buscan castigar a los que menos culpa tienen y que son los más vulnerables dentro del sistema de mano de obra indocumentada de que la nación entera ha sacado beneficio.
Damos gracias a lo dicho por el congresista Gutiérrez no solo porque da gusto oír la verdad sino también porque es necesario que todos escuchen este argumento si vamos a lograr la justicia. Antes de que el Dr. King hablara de su sueño de una nación que iba a juzgar la gente a base del “contenido de su carácter y no el color de la piel” había condenado a la nación por sus atropellos y explotación que había infligido a la gente afronorteamericana. Hablaba de la promesa incumplida, el cheque que había regresado marcado “no hay suficientes fondos”.
Para que haya redención es indispensable una confesión. No se va a poder resolver el asunto de los 11 millones de indocumentados, sus hijos y familiares que son ciudadanos estadounidenses, y los soñadores que trajeron consigo, hasta el momento en que la nación acepte la responsabilidad por lo que ha hecho. Y la nación no puede avanzar a un futuro de justicia hasta que responde al “sueño” que el congresista Gutiérrez planteó la semana pasada, “de un propósito en común entre razas y etnias, y responsabilidad compartida para restablecer la justicia para los inmigrantes y sus familias”.
Si los ciudadanos de los Estados Unidos les enseñan a sus propios hijos que deben mirar y aceptar las lágrimas de otros niños cuando hombres con pistolas y placas se llevan arrastrando a sus padres, sus madres, sus hermanas y hermanos, cuando a aquellos otros niños les aplastan sus vidas y sus sueños en momentos de puro terror, los niños que observan quedarán para siempre con los cicatrices permanentes de la indiferencia al igual que a los que se observan les dejarán cicatrices de la rabia de corazones y sueños destrozados.
Pero hoy, los corazones y mentes de millones están buscando una generación en la cual no se lleve las cicatrices de la pérdida y discriminación, ni de la indiferencia y la irresponsabilidad. Son estos corazones que sin cicatrices representaran la fuerza que una nación necesita para guiarla por los retos del futuro.


