Óscar Balderas / @oscarbalmen
(30 de septiembre, 2013).- Es como si a esta ciudad le hubiera caído una maldición. No sé qué habremos hecho o si nos merecemos esto, pero esto ya no aguanta más. Por donde se vea, salen cuerpos. Unos baleados, otros colgados, por allá un ahogado, por acá uno muerto de hambre. Yo tengo una teoría para tanto caos: la pinche mala suerte es porque, por ahí de 2005, este puerto se lo vendimos a los hermanos Beltrán Leyva con la esperanza de que ellos hicieran sus negocios con los turistas y a los que aquí nacimos nos dejaran en paz y barrieran con los raterillos comunes.
Yo creo que fue eso: Acapulco hizo un trato con el Diablo. Y pues, compa, allá abajo alguien se está empezando a cobrar. Tanta fiesta, tanta droga, tanto sexo por donde se viera, tanta pinche maldad escondida en el mar tenía que traer algunos demonios ¡pero ni nos imaginamos lo que se nos venía!
Por allá de 2005 venían chingos de droga, mucha mota y cocaína, de a madres droga por los puertos y todita se quemaba o se aspiraba con los gringos y los chilangos que agarraban la Costera Miguel Alemán, Las Brisas, Punta Diamante, la zona del Parque Papagayo, Caleta, Pie de la Cuesta para apendejarse hasta quedarse sin lana. Había de todo. Merca colombiana, guatemalteca, mota café, verde, amarilla. Y nadie se quejaba, todos éramos felices viendo tantos turistas fajados de billetes verdes que venían a tirar acá. Nadie decía “compa, esto nos lo van a venir a cobrar un día”. No. Era fiesta día y noche y aunque sabíamos que algo andaba mal, mientras llegaran dólares todos nos hicimos bien pendejos.
Los buenos tiempos, le dicen algunos. “Too much party”, les decíamos a quienes venían, como si no supiéramos después que de la fiesta viene la resaca. Este era el paraíso: querías droga, ahí está; ¿menores para coger? aquí tienes; querías armas, las que gustes. Y todos quisieron tener acciones en este negocito. Acapulco se empezó a calentar. Vino la gente del “Chapo” Guzmán y empezaron una matazón por la plaza. Bum, bum, bum. Y ni madres, los Beltrán Leyva los sacaron a cuernazos (de chivo), pero llegaron Los Zetas en 2006 y valimos. La matazón se puso peor y no tiene para cuando acabar.
Acá hay 800 colonias, compa, y cada una ya aporta un muertito. En La Cascada encajuelaron a una señora, en Lomas de Chapultepec mataron a unos chavos que se resistieron a pagar derecho de piso, en Solidaridad le metieron unos cuernazos a un “don” que quiso impedir que levantaran a su sobrino. Así, poco a poco, la guerra entre dos bandos nos fue bajando al infierno, aunque la gente siguiera “subiendo” a Acapulco: por donde mires hay un chingo de cruces en los camellones, las banquetas, los parques, las esquinas. El que le cortaron la cabeza, la que hicieron abortar a patadas, al que levantaron y nunca apareció. Pasas y te da escalofríos, verdad que sí, que aquí sólo el año pasado hayan muerto mil 200 personas, muchos de ellos en casas de seguridad de colonias como Renacimiento y La Zapata, unas pinches cuevas del mal.
¿Qué le pasó al puerto que enamoró a Tintan, a Luis Miguel, a un chingo de directores gringos que veían boquiabiertos a decir “oh, Acapulco very biutiful”? Pues la gente empezó a decir que ésta era la segunda ciudad más violenta del continente. Nada de Ciudad Juárez, Tijuana, Reynosa o Matamoros. Acapulco tenía tanta sangre derramada como mar y nomás nos ganaba en eso San Pedro Sula, en Honduras, que ni siquiera quiero imaginarme entonces cuantos muertos tienen esos pobres compas. Si allá están peor, eso sólo significa que nosotros también podemos estarlo.
Porque tanto pinche muerto ahuyentó al turismo. En 2006 teníamos 350 mil extranjeros chupando, comiendo, azuzándose con droga y sexo en cualquier rinconcito con arena; para 2012, 61 mil nomás. Y nueve pinches cruceros embarcaron acá. Nomás eso ¡ah! Y esos poquitos valientes extranjeros que vinieron ni salían de sus hoteles. Se quedaban ahí en sus restaurantes, sus bares privados, sus playas particulares y lejos de la costera; donde están los obreros, no se paraban ni las moscas.
Se puso cabrona la cosa. Y dijimos “pues para estas vacas flacas trabajamos tanto, para esto hay gobierno ¿no?” La gente empezó a pedirle al gobierno que sacara de la alcancía todo lo que se ahorró en estos años de bonanza, que abriera la chequera que dejaron los Beltrán Leyva y ayudara a la gente con programas sociales. Digo, ese fue el trato con el Diablo: los acapulqueños dejamos trabajar a la mafia y la mafia pone lana a este pinche lugar.
Pero resulta que nuestro presidente municipal anterior, el priista Manuel Añorve, salió tan mafioso como Los Zetas. En cuanto llegó el nuevo alcalde, Luis Walton, dijo que no había nada de dinero en el gobierno. Que los priistas, cuando se sintieron fuera del poder, agarraron todo y se largaron a la chingada de aquí. Nomás dejaron polillas y una deuda de mil 561 millones de pesos.
Entonces, bien tranquilos, nos dijeron “no hay lana, arréglense como puedan”. Vale madres. Pues peor se puso la cosa: los meseros, lavalozas, valet parking, cocineras, lancheros pues le entraron con los únicos que sí tenían dinero –y mucho– para pagar en efectivo: con Los Zetas, los Beltrán Leyva, el Cartel Independiente de Acapulco o con La Maña. Esos sí pagan. Y empezó un círculo muy enfermo: el narco acabó con la inversión, así que no hay lana, entonces me voy con el narco y mato a balazos a quien me pidan, aunque sea el vecino con el que me tiraba al mar desde niño.
O sea que si aquí no te matan a balazos, te mueres de hambre. Nomás hay de dos: o estás jodido o te metes a la mafia.
Y en esas andábamos cuando llegaron los huracanes Ingrid y Manuel. Ningún municipio –y esto lo dijo la Secretaría de Gobernación– tuvo tanta destrucción como Acapulco. Del Pacífico y del Golfo nos apretó el trato con el Diablo y este puerto se empezó a ir más a la chingada.
Ora dicen que hay 31 muertos, 70 desaparecidos, como 300 mil damnificados y una ciudad devastada por los efectos meteorológicos. Turistas varados, acapulqueños que se treparon a su refrigerador para usarlo como balsa y no morir ahogados en sus casas, porque los ríos se les metieron en la casa como si hubieran construido su sala en medio del caudal. Los compas perdieron todo. Hijos, madres, padres, parejas, todo. Y si tuvieron suerte, nomás perdieron todo lo material.
El Diablo metió la mano. Hay rapiña por todos lados. Si la gente salía a buscar algo de comer, volvían con sus casas vacías; si se quedaban a proteger sus propiedades, se las quitaban a balazos unos tipos que se mueven en autos anfibios. Yo vi eso.
También vi a Peña Nieto tomándose fotos con la camisa empapada, haciendo como que le importa Acapulco; al secretario Miguel Ángel Osorio Chong pasar junto a personas que le reclamaban ayuda y los ignoraba con su séquito de guardaespaldas; a Rosario Robles tomarse fotos con las indígenas, como si fueran souvenir.
Yo vi al gobernador Ángel Aguirre cagarse de risa mientras hacía recorridos. Abajo la gente fregada de Barra Vieja; él arriba en una camioneta del ejército, cuidando de poner cara de preocupado cuando las cámaras lo enfocaban, pero riéndose cuando nadie lo grababa… como si fuera muy gracioso que, en 1994, cuando llegó el huracán Paulina, también lo agarró desprevenido una tragedia.
Y cuando el agua baje, el lodo se seque y podamos levantar lo que se cayó, veremos que no son 31 muertos. Vamos a sacar cuerpos de los escombros, pedacería de gente muy pobre que no tenía para resguardarse en hoteles de lujo, que cerraron sus puertas y dijeron “allá ustedes, nosotros tenemos que proteger los poquitos dólares que nos llegan”.
Por eso, compa, yo digo que Acapulco está maldito. Violencia, muertos, pobreza, deudas, fenómenos naturales. Y acá no se ve la fecha para que esto termine. Es más, por lo que vemos, nomás falta que caiga un pinche terremoto, una plaga, una pinche bomba.
Porque Acapulco está maldito y todo parece, pagar la deuda aún nos va a tomar muchos años.
No nos vayan a dejar solos. Se va a poner más cabrón.
** Entrevista a “El Chenete”, Federico R., reportero del diario Novedades de Acapulco, cronista del puerto y comerciante.

