2 de octubre, ¿no se olvida?

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Foto: Rodrigo Rojo
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Los estudiantes entraron por Eje Central a la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Llegaron con los ánimos renovados un día después de que el ejército saliera de Ciudad Universitaria y del Casco de Santo Tomás.

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Llegaban a un mitin convocado por el Consejo Nacional de Huelga; el templete estaba frente al edificio Chihuahua. Pocos se dieron cuenta de las cabezas que alcanzaban a verse en el techo de la Iglesia de Santiago; casi nadie notó a las decenas de personas con guante blanco que zigzagueaban entre la multitud para llegar al tercer piso del Chihuahua.

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Las tanquetas entraron por la calle de Almacenes, a un costado del ex convento de Santiago. Cerca de las seis de la tarde, dos bengalas disparadas desde la torre de Relaciones Exteriores iluminaron el cielo.

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Comenzaron a sonar los disparos. Los estudiantes atacaban a los soldados. No, no eran estudiantes, eran los del guante blanco. Provocaban la reacción de los militares.
Lo lograron. El ejército respondió con ráfagas de metralleta; desconcertados, disparaban a la multitud. Las cabezas que antes se asomaban desde el techo de la iglesia se convirtieron en rifles.
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Dos helicópteros sobrevolaban la plaza. Seguramente, desde la altura se podía apreciar muy bien cómo los estudiantes corrían despavoridos hacia el Eje 2 norte, al edificio Tamaulipas, a donde fuera, lejos del fuego.

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No fue suficiente, los militares los persiguieron entre los edificios. Entraron a cada uno de los departamentos. Desnudaban a todos los jóvenes que encontraban, a culatazos los llevaban a las puertas de los elevadores del edificio Chihuahua para catearlos. A otros se los llevaron al interior del ex convento de Santiago.

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Lo más aterrador era que el sonido ensordecedor de las armas detonando no terminaba. Un tronido que iba acompañado, a veces, de un golpe seco en el suelo.

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Horas después, en la plaza sólo quedaban los zapatos que los jóvenes despavoridos habían perdido en la corretiza. Los zapatos y los militares hollando el piso con sus botas.

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Los camiones de basura entraban vacíos, ágiles, por la calle de Almacenes. Salían pesados, cargados de bultos en bolsas negras, con destino desconocido.

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