
Los estudiantes entraron por Eje Central a la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Llegaron con los ánimos renovados un día después de que el ejército saliera de Ciudad Universitaria y del Casco de Santo Tomás.

Llegaban a un mitin convocado por el Consejo Nacional de Huelga; el templete estaba frente al edificio Chihuahua. Pocos se dieron cuenta de las cabezas que alcanzaban a verse en el techo de la Iglesia de Santiago; casi nadie notó a las decenas de personas con guante blanco que zigzagueaban entre la multitud para llegar al tercer piso del Chihuahua.

Las tanquetas entraron por la calle de Almacenes, a un costado del ex convento de Santiago. Cerca de las seis de la tarde, dos bengalas disparadas desde la torre de Relaciones Exteriores iluminaron el cielo.
Lo lograron. El ejército respondió con ráfagas de metralleta; desconcertados, disparaban a la multitud. Las cabezas que antes se asomaban desde el techo de la iglesia se convirtieron en rifles.

Dos helicópteros sobrevolaban la plaza. Seguramente, desde la altura se podía apreciar muy bien cómo los estudiantes corrían despavoridos hacia el Eje 2 norte, al edificio Tamaulipas, a donde fuera, lejos del fuego.

No fue suficiente, los militares los persiguieron entre los edificios. Entraron a cada uno de los departamentos. Desnudaban a todos los jóvenes que encontraban, a culatazos los llevaban a las puertas de los elevadores del edificio Chihuahua para catearlos. A otros se los llevaron al interior del ex convento de Santiago.

Lo más aterrador era que el sonido ensordecedor de las armas detonando no terminaba. Un tronido que iba acompañado, a veces, de un golpe seco en el suelo.

Horas después, en la plaza sólo quedaban los zapatos que los jóvenes despavoridos habían perdido en la corretiza. Los zapatos y los militares hollando el piso con sus botas.

Los camiones de basura entraban vacíos, ágiles, por la calle de Almacenes. Salían pesados, cargados de bultos en bolsas negras, con destino desconocido.



