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‘Te escribo desde la cárcel; voy a contarte mi historia’

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Rodrigo Rojo / @Eneas

 

En las cárceles mexicanas viven 95 mil presuntos culpables. Es decir, inocentes a quienes la autoridad busca, a toda máquina, volverlos criminales en sus expedientes. Mexicanos cuyo único “delito” fue estar en el lugar y momento incorrecto… Como Manuel, un reo que se comunicó con REVOLUCIÓN TRESPUNTOCERO para hablar de su encierro ¿y entierro?

 

(10 de octubre, 2013).-  “Mi historia es la de una parte que nadie ve cuando se trata de una guerra contra las organizaciones criminales”.

Así comienza Manuel a contar su encierro desde un Centro de Readaptación Social (Cereso) en el Estado de Michoacán. Lo hace a través de una laptop que pudo meter de contrabando, mientras me escribe nervioso, con un ojo en la pantalla de la computadora y otro en el pasillo de la cárcel, donde busca escapar a la mirada del celador.

“Mire, tengo acceso a medios de comunicación con el exterior, claro, sólo los uso para mantenerme al tanto con mi familia y no como forma de extorsionar, como regularmente se cree, que de las prisiones salen las extorsiones. La computadora sólo tiene la función de hacer más suave el tiempo de mi sentencia, me distrae”.

“Aunque soy inocente, me dieron 6 años, de los cuales ya he cumplido 3; y eso que a mi me fue bien, conozco casos de inocentes a los que les dieron hasta 21 años. Al final me sentenciaron sólo por portación de arma de uso exclusivo del Ejército, porque los cargos de portación de metanfetaminas me los pude quitar de encima.”

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Desde alguna cárcel de Michoacán, Manuel habla. Tiene una computadora con acceso a Facebook, que usa para mantener contacto con el mundo.

Manuel quiere hablar y, mientras lo hace, va desvelando la corrupción que existe dentro de la policía, las penitenciarías y el sistema de justicia.

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Soy de familia humilde y el único de 11 hermanos que pudo y logró alcanzar un nivel de estudios a nivel profesional. Soy Ingeniero en Electrónica y el orgullo de la familia.

Me agarraron hace 3 años cuando hubo operativos en todo el estado, como ahorita. Cuando llegaron al lugar en donde me encontraba, un bar, me revisaron. Traía 20 mil pesos y joyas de oro, nada gravoso para mi nivel económico de ese momento. Yo era empresario y en mi pueblo –que no puedo decir por ahora cuál es– era fuente de empleo. Me dedicaba a comercializar mango y tenía muchos trabajadores. Yo patrocinaba eventos recreativos en mi pueblo, jaripeos y bailes. Me quieren mucho ahí. Pero fui detenido, secuestrado y torturado para robarme ese dinero y las joyas. Finalmente me procesaron por armas y drogas que nunca vi, ni siquiera conozco. Nunca cometí un acto ilícito y sólo me reunía con los criminales para el pago de algún derecho de los que ellos cobran. Claro que los conozco, como la mayoría de los michoacanos.

Se me han ocurrido algunas razones de por qué me detuvieron, además del robo: pienso que los mandos de los policías los presionan para entregar resultados, o quizás fui una víctima del plan Mérida, que liberaba recursos al país a cambio de presos. Yo no soy el único culpable fabricado en esta guerra. ¿Por qué tenemos que pagar nosotros la impunidad de las autoridades?

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Según el investigador del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), Guillermo Zepeda, en las cárceles mexicanas viven 95 mil presuntos inocentes, es decir, inocentes completos.

Casi la mitad de ellos no sale sino hasta concluir por completo su sentencia. Layda Negrete, una de las abogadas que participan en el documental Presunto Culpable, indica que a las personas las acusan sin pruebas, las juzgan sin un juez y las condenan a casi todas.

“Esto sugiere que hay muy poca investigación y de muy poca calidad”, sentencia Negrete.

A su vez, el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), señala que el 93 por ciento de los presos nunca vio una orden de aprehensión, según su Encuesta de Población en Reclusión.

Zepeda, en su libro “Crimen sin castigo. Procuración de justicia penal y Ministerio Público en México”, asegura que 3 de 4 delitos no se denuncian; mientras que del universo de las denuncias sólo se concluye la investigación en el 4.55 por ciento. Según el experto, sólo en el 1.6 por ciento de los casos se pone a alguna persona a disposición del juez.

Manuel coincide parcialmente con estos estudios. Desde su punto de vista, el sistema de justicia no puede operar debido a la corrupción y a las malas políticas sociales. El gobierno nunca va a poder ganar pues, mientras la gente siga siendo pobre, va a seguir queriendo trabajar con el crimen organizado. Van a seguir haciendo operativos y la sociedad civil es la que va a seguir pagando el precio.

Un precio de sangre. De cárcel.

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Cuando ocurren estos eventos como el que está pasando ahorita se despliegan miles de elementos a los municipios disque al combate al crimen. Se hospedan en hoteles y hacen sus rondines en grupos cuantiosos, pero nunca alcanzan objetivos ya que los criminales tienen halcones que avisan hasta una hora antes de que lleguen donde se encuentran los jefes. En todos los pueblos hay halcones cubriendo las 24 horas.

Entonces, los policías carecen de resultados y comienzan a ser presionados por los altos mandos. Ahí es cuando se empiezan a fabricar culpables. Según lo que yo he podido observar, en las prisiones hay aproximadamente el 60 por ciento de presos por delito federal que no están siendo juzgados de acuerdo al delito que cometieron o procesos con irregularidades, aproximadamente sólo un 10 por ciento sí es detenido y juzgado de acuerdo a su delito. Esto lo sé muy bien porque acá en la prisión todos nos conocemos. Adentro, entre nosotros, somos como los sacerdotes, nos confesamos todo.

Pero esto no es lo peor: en todos los casos existe un tiempo muerto que no coincide nunca con las declaraciones de los detenidos, con los partes informativos, siempre hay de uno a 5 días que son oscuros entre que te detienen y te presentan a los ministerios públicos. En ese tiempo se investiga a los detenidos y se usa la tortura.

Te tienen resguardado mucho tiempo, a veces esperando hasta rescates, como conejillo de indias, otras veces es sólo para sacar información a punta de amenazas y golpes.

Cuando te torturan, usan métodos muy eficaces para evitar huellas en los cuerpos. La asfixia, por ejemplo, que no deja huella y si llegas a morir eres tirado en algún lugar solitario. Otras veces cubren los rostros con toallas femeninas, arriba de estas ponen vendas y sobre de estas cinta canela, de eso modo golpean sin dejar huella.

Después de 24 horas sin tomar agua ni comer, aceptas el cargo que te pongan. O en ocasiones, cuando son malosos, les sacan información acerca de los líderes de las organizaciones criminales. Pero de nada les sirve, aunque sepan nombres y domicilios nunca van a poder detenerlos porque se van antes.

También sé que en los estacionamientos de los hoteles que cierra la PFP tienen a gente secuestrada, violan mujeres y roban. Por esto hay lugares en donde se hacen marchas en contra de su presencia, pero nadie escucha o nadie cree. Suponen que son campañas del crimen para ahuyentar a los azules.

Yo ahorita a lo que más le tengo miedo es que me trasladen a una prisión federal. Me han contado testimonios de los penales en las Islas Marías, en Monclova y en Matamoros. Personas que fueron llevadas a esos lugares y que trajeron de regreso por medio de amparos me han contado de tratos inhumanos.

***

Manuel tiene razón en tener miedo. Estadísticas del propio gobierno señalan que la mitad de las personas que llegan al Centro Nacional de Arraigo lo hacen con un promedio de 17 lesiones de origen reciente.

La Red Nacional de Organismos Civiles de Derechos Humanos documentó actos de tortura brutal, hacinamiento y condiciones carcelarias infrahumanas en diferentes centros de detención.

Y en el 2009, el problema de sobrepoblación carcelaria alcanzó su máximo histórico cuando llegó al 125% de su capacidad.

No tener miedo resulta ilógico. Absurdo. A pesar de ello, Manuel habla conmigo.

***

Quedé de hablar con Manuel la semana siguiente. Siempre entra a la misma hora al chat de Facebook, porque es cuando tiene menos riesgo de ser descubierto. Como no se conectó le dejé unos mensajes para que los leyera después.

Por las noticias me entero de que la Policía Federal ha trasladado a 200 reos de varios Ceresos michoacanos hacia diferentes penales federales. Allá, dicen, la vida es más dura. Más encabronada.

La ventana de la conversación dice que recibió mi último mensaje a las 3 de la tarde, 2 días después de la última vez que hablé con él.

El cursor sigue parpadeando en la ventana de conversación, como esperando su respuesta.

¿Dónde está Manuel, el presunto culpable?

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